La historia menos conocida del vínculo entre Alberto Zimerman y el papa Francisco
El dirigente de la comunidad judía evocó en Entrevistas MDZ su vínculo con Jorge Bergoglio, entre llamados, cartas y una defensa firme de la convivencia.
Alberto Zimerman en Entrevistas MDZ, recordando al papa Francisco.
Santiago Aulicino / MDZA un año de la muerte del papa Francisco, Alberto Zimerman reconstruyó en Entrevistas MDZ una relación personal que comenzó mucho antes de que Jorge Bergoglio llegara al Vaticano. Referente de la comunidad judía, recordó que el primer contacto fue en 1998, cuando integraba una organización judía de derechos humanos y participó de una gestión para pedir la Catedral de Buenos Aires con el objetivo de realizar allí una conmemoración por la Noche de los Cristales Rotos. Lo que en ese momento parecía una reunión más terminó siendo el inicio de un vínculo que se fue profundizando con los años.
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El comienzo de una relación inesperada
Zimerman enmarcó ese acercamiento en un momento de cambio más amplio dentro de la Iglesia católica, especialmente en su relación con la comunidad judía después del Concilio Vaticano II. En ese contexto, destacó que Bergoglio ya mostraba una apertura singular hacia el otro. “Era amigo de todos”, resumió, al recordar que su cercanía no se limitaba a una comunidad en particular: incluía a judíos, musulmanes, agnósticos y no creyentes. Para Zimmermann, esa disposición al diálogo no era un gesto protocolar, sino una convicción profunda que luego también marcaría su papado.
Un gesto simple que marcó el vínculo
La relación tomó un giro más personal a partir de una escena cotidiana. Zimerman contó que un día lo cruzó a Bergoglio caminando por Avenida de Mayo y dudó si acercarse a saludarlo. Finalmente lo hizo, y la respuesta del entonces cardenal lo sorprendió: lo reconoció de inmediato y lo llamó por su nombre. Ese gesto, sencillo pero significativo, le hizo sentir que no estaba frente a una figura distante, sino ante alguien con una capacidad poco común para registrar al otro y hacerlo sentir cercano. Desde entonces, comenzaron a encontrarse con más frecuencia en distintas actividades y la confianza empezó a crecer.
En ese recorrido también apareció con fuerza otro rasgo que Zimerman recordó con admiración: su humor. Lo definió como un hombre de “humor a toda prueba”, capaz de responder con agudeza y calidez al mismo tiempo. Para él, ese sentido del humor era una muestra concreta de su inteligencia, pero también de su humanidad. No se trataba solo de una chispa personal, sino de una forma de vincularse, de romper distancias y de construir cercanía sin solemnidad. En sus recuerdos, Bergoglio aparece como alguien lúcido, rápido y a la vez profundamente accesible.
Lo encontré en la Avenida de Mayo y fui saludarlo
Llamados, cartas y una relación sostenida en el tiempo
Con el correr de los años, el vínculo salió del ámbito público y ganó una dimensión más íntima. Zimerman relató que Bergoglio comenzó a llamarlo por teléfono los viernes para saludarlo, saber cómo estaba y preguntarle por su vida cotidiana. Más adelante, ya como papa Francisco, la relación continuó a través de cartas y correos electrónicos. Según contó, él le escribía todos los viernes y recibía respuesta entre el sábado y el domingo. Esa rutina epistolar no solo consolidó el vínculo afectivo, sino que además se convirtió en un ejercicio intelectual exigente: escribirle implicaba pensar, revisar, leer y estar a la altura de un interlocutor que lo obligaba a profundizar.
En ese intercambio también hubo lugar para momentos personales que Zimerman conserva con especial afecto. Recordó, por ejemplo, las últimas Navidades compartidas con Bergoglio antes de su partida a Roma. Al enterarse de que pasaría la Nochebuena sin compañía porque al día siguiente debía levantarse temprano para ir a una villa, decidió junto con su esposa acompañarlo. Para Zimerman, esas escenas muestran con claridad el perfil austero y sencillo del entonces arzobispo: alguien que vivía con sobriedad, que no buscaba privilegios y que mantenía una cercanía genuina en lo cotidiano.
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La huella del papa Francisco
Al hablar de su ausencia, Zimerman admitió que la muerte de Francisco le dejó un vacío personal. No solo extraña a un amigo, sino también una práctica que durante años formó parte de su vida: escribirle cada semana, reflexionar antes de enviarle una carta y esperar su respuesta. En ese vínculo, explicó, había afecto, pero también aprendizaje. Francisco lo empujaba a pensar más allá de su formación profesional, a leer autores, a ampliar la mirada y a entrar en conversaciones que exigían profundidad. Por eso, su recuerdo no se agota en lo emocional, sino que también se proyecta en lo que le dejó como experiencia humana e intelectual.
Zimerman sostuvo que el legado de Francisco trasciende a la Iglesia católica y alcanza a toda la humanidad. A su entender, una de sus ideas más fuertes fue la de la convivencia, entendida no como una mera tolerancia, sino como la aceptación real del otro en su diferencia. Esa convicción, dijo, estuvo presente a lo largo de toda su vida, desde Jorge Bergoglio hasta sus últimos días como pontífice. En ese sentido, remarcó que Francisco fue un hombre que sostuvo sus ideas “con las botas puestas” hasta el final, convencido de su rol y comprometido con una construcción paciente de paz, diálogo y encuentro.




