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La emocionalidad del voto en Argentina: entre la ilusión del cambio y el cansancio colectivo

Las elecciones en Argentina se viven como un drama emocional. Entre la ilusión del cambio y la desconfianza, el voto refleja más sentimientos que proyectos.

Militante de Fuerza Patria tras conocerse los resultados de la derrota en las elecciones.

Militante de Fuerza Patria tras conocerse los resultados de la derrota en las elecciones.

Marina Espeche/MDZ

Las elecciones se viven en Argentina como si fuera algo absolutamente definitivo; dudo que en otros países la gente esté tan atravesada por cada voto como suele suceder aquí. En otras latitudes los gobiernos cambian y, más allá de que pertenezcan a partidos políticos opuestos, en general se sostiene una línea de continuidad.

Aquí cada elección se parece a una mudanza emocional; según quien gane o pierda, embalamos esperanzas, promesas, broncas y nos instalamos otra vez en la ilusión de que, ahora sí, todo va a cambiar.

Cada elección se parece más a una catarsis que a un ejercicio cívico. Y en esa montaña rusa de emociones, lo que está en juego parece no ser un modelo de país, sino la ilusión de encontrar a alguien que nos salve.

El reflejo del cansancio colectivo

El domingo pasado, las elecciones legislativas mostraron una nueva redistribución del poder, con La Libertad Avanza obteniendo la mayoría. Pero más allá de los porcentajes, lo que más llamó la atención fue el ausentismo: solo el 67,8% del padrón votó, la cifra más baja desde el retorno de la democracia.

Ese número dice más que los discursos: muestra cansancio, desconfianza, y quizás también una sociedad que empieza a mirar para otro lado.

El infantilismo político: enemigos, padres y Mesías

Elección tras elección, todos los sectores eligen un enemigo con quien polarizar, a quien culpar de todos los males y al que endilgar el presente heredado. Las campañas ya ni siquiera presentan propuestas: se reducen a encontrar a quién temer o a quién odiar.

Terminamos votando por descarte, eligiendo al que “menos roba”, al que “nos cae bien” o simplemente al “mal menor”. En vez de pensar proyectos, actuamos por reacción emocional.

Parece que necesitamos enemigos para sentirnos unidos, como si el conflicto nos diera identidad. Y cuando no los tenemos, los inventamos. Nos aferramos a la grieta como un niño al enojo, porque sin ella no sabemos quiénes somos.

En el fondo, es un voto emocional, casi infantil: seguimos buscando un padre político que nos ordene o nos castigue. El líder de turno se convierte en una figura de transferencia, depositaria de nuestras frustraciones y deseos de reparación. Si “el nuestro” gana, sentimos alivio; si pierde, nos invade la sensación de abandono.

Este modo de vivir la política es profundamente psicológico. En lugar de asumir nuestra parte en lo que no funciona, proyectamos en los gobernantes todo lo que no podemos resolver. Cuando nos defraudan, no solo sentimos enojo: sentimos una herida narcisista, como si nos hubieran engañado.

Y entonces, el ciclo vuelve a empezar: decepción, bronca, desconfianza… hasta que aparece otro Mesías que promete redimirnos.

El costo emocional de la grieta

Cuando cada elección se vive como un drama personal, el conflicto se cuela en nuestras relaciones. Amistades rotas, familias divididas, redes convertidas en trincheras.

Cada discusión por política refleja lo mismo: la dificultad para aceptar la diferencia y la necesidad de tener razón como si en eso se nos fuera la identidad.

Al final, lo que se erosiona no es solo el debate público, sino el tejido emocional del país. Perdemos algo más valioso que una elección: la posibilidad de seguir sintiéndonos parte de una misma comunidad.

De hijos decepcionados a ciudadanos adultos

Si queremos romper este ciclo, no alcanza con cambiar de gobierno: tenemos que cambiar la manera en que nos vinculamos con la política.

Madurar políticamente no significa perder esperanza, sino dejar de delegarla. Implica informarse, involucrarse, pensar con criterio propio y asumir que nuestras decisiones cotidianas también construyen país.

La verdadera transformación empieza cuando dejamos de esperar que un presidente nos salve y comprendemos que el poder no solo está en la Casa Rosada, sino también en cada aula, comercio, barrio o mesa familiar.

Cierre: Democracia, patria y madurez emocional

Hace más de cuarenta años recuperamos la democracia, y eso no fue un regalo: fue una conquista. Pero la democracia no se defiende solo votando; se sostiene con responsabilidad, empatía y compromiso cotidiano.

Tal vez sea hora de dejar de comportarnos como hijos decepcionados y empezar a actuar como adultos que aman a su país.

Porque la verdadera patria no se juega cada vez que hay elecciones, ni se celebra solo cuando Argentina sale campeón. Se construye todos los días, en los gestos, en la palabra y en la decisión de seguir creyendo, sin ingenuidad, pero con esperanza.

Mauricio J. Strugo, Lic. en Psicología MN 41436, Sexólogo Clínico, Autor del Podcast HDP Hora de Pensar; Instagram: @elpsicologoysexologo.