La deuda invisible: por qué la ley actual no es la solución
Hay decisiones que un país toma creyendo que resuelven un problema, pero que en el fondo revelan algo más profundo: cómo miramos a los más vulnerables.
Hay deudas que ninguna ley puede saldar si no cambia primero la forma en que nos miramos como sociedad.
Archivo.Desde la sanción, en 2020, de la mal llamada ley de interrupción voluntaria del embarazo, el debate público pareció cerrarse demasiado rápido. Como si una votación alcanzara para clausurar una discusión que, en realidad, toca el corazón mismo de nuestra convivencia: qué valor le damos a la vida y qué lugar ocupa el cuidado cuando todo se vuelve frágil.
Se dijo que era una conquista. Que traería soluciones. Que ordenaría una realidad compleja. Sin embargo, hay una pregunta incómoda que sigue en pie: ¿de verdad resolvimos el problema… o simplemente lo desplazamos?
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Detrás de cada decisión hay historias concretas
Mujeres atravesadas por la soledad, la presión, la incertidumbre. Contextos donde la libertad muchas veces no es tal, sino la forma que toma la falta de alternativas. Y allí es donde la ley muestra sus límites más crueles: cuando la respuesta estatal es la eliminación de una vida en lugar de la presencia activa, la contención sostenida y las opciones verdaderas. Jamás podría ser una alternativa válida eliminar una vida si lo que falta es acompañamiento real.
En paralelo, en algunos distritos han empezado a tomar forma políticas de acompañamiento inspiradas en la llamada “Ley de los mil días". Son esfuerzos valiosos, que buscan estar cerca, sostener y ofrecer alternativas dignas para ambos. Y cuando ese acompañamiento llega, la vida encuentra camino. El problema es otro: con el esquema vigente, muchos de esos casos ya no llegan. El sistema ofrece antes otra respuesta, y así se pierden oportunidades de cuidado que podrían haber cambiado historias.
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También es legítimo preguntarse qué mensaje cultural se consolida cuando la respuesta principal frente a una situación límite es eliminar el problema en lugar de enfrentarlo con más humanidad. No se trata de simplificar realidades complejas, sino de asumir que toda decisión pública educa, moldea y deja huella.
Una sociedad madura no es la que elige lo más rápido
Sino la que se hace cargo de lo más difícil. Y lo más difícil siempre es cuidar. Cuidar a la mujer, antes, durante y después. Cuidar al niño por nacer. Cuidar las condiciones que hacen posible elegir en libertad de verdad, no en medio de la desesperación ni de la soledad. El problema de fondo nunca fue solo jurídico. Fue —y sigue siendo— cultural y humano. Tiene que ver con cómo respondemos frente a la vulnerabilidad. Si la abrazamos o si la descartamos. Si construimos redes o si dejamos a cada uno librado a su suerte.
Tal vez haya llegado el momento de volver a mirar. Sin frases hechas. Con honestidad. Preguntarnos si estamos mejor, si hay más cuidado, más comunidad, más presencia. O si, en el fondo, seguimos teniendo la misma herida… solo que ahora nos acostumbramos a verla menos. Y todavía estamos lejos de sanarla.
Porque hay deudas que ninguna ley puede saldar si no cambia primero la forma en que nos miramos como sociedad. Y porque hay realidades que, cuando se miran de frente, exigen decisiones. Esta es una de ellas. Y esta ley ya no da para más.
* Rodrigo Fernández Madero. Director General de OPEN GROUP Consultores. Referente de Unidad Provida.




