La deuda del mercado laboral con los jóvenes argentinos
La informalidad, la precariedad y la falta de oportunidades limitan el acceso de muchos jóvenes al trabajo formal.
Qué está pasando con el trabajo de los jóvenes en Argentina.
Archivo MDZLa cabeza piensa donde los pies pisan. Qué está pasando con el trabajo de los jóvenes en Argentina. Leo tiene 21 años y vive en Berazategui. Creció en un barrio donde están sus amigos, donde su familia tiene un comercio y donde —según cuenta— después de las 20 ya no se puede andar tranquilo.
Hace poco, en el marco de un programa de formación laboral de Fundación Empujar, visitó una empresa tecnológica multinacional. Allí no solo conoció el funcionamiento de una compañía global: también se sentó a conversar con directivos que habían llegado desde San Francisco, Texas y Montreal para participar de distintas instancias de trabajo. En ese cruce de mundos, Leo accedió a espacios de acompañamiento y a herramientas concretas para fortalecer su perfil laboral. Al final del encuentro, mientras almorzaban, Leo miró a sus compañeros y dijo: “¿Alguno de ustedes se imaginaba que trabajar en un lugar así es posible?”
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El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier diagnóstico. Esa pregunta, tan simple como incómoda, expuso las heridas abiertas de nuestro país y la deuda que aún tenemos con sus jóvenes. No se trata solo de habilidades, ni de falta de talento. Se trata de distancia. De una brecha profunda entre el mundo del trabajo formal y la realidad cotidiana de millones de jóvenes. Trabajar desde una casa propia, con una computadora, en un entorno cuidado, con un horario previsible: para muchos jóvenes argentinos eso no es una opción. Ni siquiera es una aspiración. Es, directamente, algo que no entra en el radar de lo posible.
¿Cuántos jóvenes como Leo se animan a dar el paso y se postulan a una empresa así? ¿Cuántos siquiera lo intentan? No hay una cifra exacta. Pero hay un dato que no admite dudas: 7 de cada 10 jóvenes con empleo trabajan en la informalidad, una cifra que se agrava en contextos de mayor vulnerabilidad. Más allá de la estadística, lo que preocupa es otra cosa: cómo esas condiciones moldean expectativas, deseos y decisiones. Porque la cabeza piensa, sueña y construye proyectos, donde los pies pisan. Y hoy, los pies de muchos jóvenes pisan un suelo marcado por la precariedad, la incertidumbre y la falta de referencias cercanas de movilidad social. En ese contexto, postularse a un empleo formal, competitivo o en una gran empresa no es una decisión: es un salto que muchas veces ni siquiera imaginan.
Ahí es donde aparecen experiencias como las de Fundación Empujar que buscan achicar esa distancia: mostrar, acercar, generar encuentros, traducir códigos, acompañar procesos. No sólo para “insertar” jóvenes en el mercado laboral, sino para ampliar su horizonte de posibilidades. Cada 1° de mayo que pasa, nos deja la invitación a celebrar el trabajo. Pero también debería invitarnos a preguntarnos quiénes están quedando afuera de esa conversación. Hay miles de jóvenes que buscan trabajo y no lo encuentran. Otros que trabajan en condiciones precarias. Y también están aquellos que ni siquiera levantan la mirada para buscar una oportunidad, porque la sienten demasiado lejana.
El desafío no es solo generar empleo
Es reconstruir la idea misma de que el trabajo formal, digno y con proyección puede ser una posibilidad real. Que vuelva a ser algo imaginable.
* Florencia Segal, de Fundación Empujar.


