El vino no es una bebida... y eso los millennials todavía no lo entendieron
Mientras el mundo del vino envejece, una generación entera mira hacia otro lado. Hay mucho en juego y casi nadie lo dice en voz alta.
Recuperar la cultura del vino.
Hay una conversación que el mundo del vino viene evitando por miedo a sonar elitista, anticuado o, peor aún, irrelevante. Yo la voy a tener igual.
Los jóvenes argentinos —y me refiero a los de 20 a 35 años— se están alejando del vino. Lo reemplazan con cervezas artesanales, con tragos de moda, con bebidas que no exigen nada, y algunos casos con otras cosas que ni vale la pena nombrarlas porque no caben en mi cabeza. Y la industria, en lugar de sacudirlos, los corteja con etiquetas divertidas, con precios de entrada y con discursos de "el vino es para todos". Bien intencionado, pero equivocado.
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La verdad está en el vino
El problema no es el precio ni la accesibilidad. El problema es que nadie les está diciendo la verdad: el vino no es una bebida. Es otra cosa.
Una lata de cerveza artesanal no tiene historia. Un fernet con cola no tiene terruño. Un gin tonic no viene cargado con siglos de civilización, con guerras ganadas y perdidas, con religiones que la consagraron y culturas que la hicieron parte de su identidad más profunda. El vino sí.
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Cuando abrís una botella de un Malbec de altura, no estás eligiendo un trago. Estás tocando un suelo específico, un año concreto, las decisiones de un viticultor que apuesta su vida a ese pedazo de tierra. Eso no existe en ningún otro producto que se consume en una copa o en un vaso.
El vino: bebida y también alimento
Y hay algo más que casi nadie menciona: el vino es uno de los pocos alimentos —sí, alimentos— que tiene una relación orgánica, honesta y milenaria con el medioambiente. La vid es parte del paisaje y el viñedo es ecosistema. El ciclo del vino es el ciclo de la naturaleza, donde en una época donde la generación más joven se dice ambientalista, donde el origen de lo que se consume importa, donde la trazabilidad es valor. Allí el vino tendría que ser la bebida perfecta. Y sin embargo, ahí está, mirando desde afuera.
La desconexión no es culpa de los jóvenes. Es culpa del relato. Del mundo del vino que durante décadas habló para adentro, que construyó una barrera simbólica de copas correctas, temperaturas exactas y vocabulario de iniciados. Eso espanta y te digo, es bastante entendible.
No hay que perder lo que se hizo
Pero la solución no es bajar el nivel. La solución es cambiar el idioma sin cambiar el contenido.
El vino tiene todo lo que una generación consciente debería buscar: origen verificable, legado cultural, relación con la tierra, identidad territorial y una profundidad que no se agota. La cultura del vino es, literalmente, cultura. La historia del vino occidental es la historia de Occidente.
Que los jóvenes se interesen en el vino no es una cuestión de gustos. Es una cuestión de herencia. Y las herencias, si no se reclaman, se pierden.
El vino no necesita ponerse un disfraz para ser relevante. Necesita interlocutores que sepan contar lo que realmente es.
Yo soy uno de ellos. Y voy a seguir diciéndolo.


