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La "argentinidad" del mundial se puede trabajar en la familia

La innegable pasión argentina por el futbol demuestra fortalezas y debilidades que podemos trabajar desde las familias.

Como Orientadora Familiar, suelo mirar estos fenómenos colectivos a través del prisma de los vínculos y ese alma colectiva que nuestros hijos maman  desde que son muy chicos. 

Como Orientadora Familiar, suelo mirar estos fenómenos colectivos a través del prisma de los vínculos y ese "alma colectiva" que nuestros hijos maman  desde que son muy chicos. 

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Hay un concepto profundo en nuestro país que todos entendemos y no necesitamos demasiada explicación, que es el de la "argentinidad". En épocas mundialistas como estas, de alta exposición social, este sentimiento deja de ser una definición abstracta sociológica y se transforma en algo que se respira en las calles, que se sufre y se celebra con todo el cuerpo. Como Orientadora Familiar, suelo mirar estos fenómenos colectivos a través del prisma de los vínculos, la construcción de la identidad y ese "alma colectiva" que nuestros hijos maman desde que son muy chicos.

Si tuviera que definir esta concepción de argentinidad, diría que es una forma única de habitar el mundo desde la intensidad total, la contradicción y, por sobre todas las cosas, una necesidad visceral de comunidad.

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Si tuviera que definir esta concepción de argentinidad, diría que es una forma única de habitar el mundo desde la intensidad total.

Si tuviera que definir esta concepción de argentinidad, diría que es una forma única de habitar el mundo desde la intensidad total.

Es una identidad sostenida fundamentalmente en tres grandes pilares:

  1. El fútbol como lenguaje vincular y ritual de comunión, que suspende, maravillosamente, las diferencias políticas o económicas.
  2. La resiliencia del argentino que es un sobreviviente crónico de crisis cíclicas.
  3. Una pasión desbordada que nos otorga un orgullo enorme por lo propio, pero que carece por completo de grises.

Somos una gran tribu que puede pasar de la euforia al canibalismo social en cinco minutos, pero que se sabe unida en una red afectiva innegociable ante la adversidad.

Radiografía de la familia argentina

Mirar esta realidad nos obliga a hacer lo mismo que hacemos dentro de una casa cuando nos sentamos a trabajar con una dinámica familiar: abrazar con fuerza nuestras virtudes y, con mucha honestidad, ponerle límites claros a aquello que nos perjudica. La pasión, la capacidad de resistir y el sentido comunitario son motores gigantescos para cualquier sociedad, pero si no aprendemos a gestionarlos adecuadamente, terminan descarrilando en intolerancia, desprotección o en un destructivo " la ley del más fuerte” y “seguir la marea". El gran desafío que nos queda por delante es encontrar lo positivo para potenciarlo y corregir lo malo desde el entorno familiar.

Necesitamos practicar una profunda honestidad para mirarnos: mirarnos puertas adentro, errores adentro, flaquezas adentro y virtudes afuera, habladas, potencialidades y deseos de superación en pos de una familia más saludable. Ese es el objetivo de este ejercicio psicoemocional, lograr ser una mejor familia cada día: las bendiciones son inconmensurables, se esparcen en el camino hacia la superación y, como todo lo bueno, es contagioso y podemos ser modelo para muchos más, no solo para nuestros hijos.

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Somos una gran tribu que puede pasar de la euforia al canibalismo social en cinco minutos.

Somos una gran tribu que puede pasar de la euforia al canibalismo social en cinco minutos.

Con sinceridad: reconocer lo bueno…. Y también lo malo

Para potenciar lo positivo, el objetivo principal debe ser convertir la "tribu" espontánea en una red de contención real y permanente. Nuestra mayor riqueza social radica en las redes afectivas que somos capaces de tejer, no en las estructuras institucionales rígidas. En primer lugar, es indispensable fidelizar el "ritual del encuentro" puertas adentro, si somos capaces de suspender cualquier grieta por una alegría compartida, debemos blindar esos espacios en la cotidianidad de nuestros hogares. El almuerzo del domingo o el mate de la tarde no son meros momentos de ocio: son cimientos que construyen verdaderos espacios de salud mental colectiva, es donde los hijos aprenden a escuchar, los adultos a descargar tensiones sin agresividad… es donde se vive la vida en familia.

En segundo lugar, debemos canalizar la empatía callejera hacia una solidaridad cotidiana: esa capacidad de abrazar a un desconocido en la calle a causa de un gol, es un superpoder afectivo que no puede apagarse cuando termina la copa del mundo. Es tarea de los padres enseñar a los chicos que el vecino adulto mayor que está solo, la familia del barrio que la pasa mal económicamente o un joven con una discapacidad también forman parte de nuestra tribu.

Por otro lado, corregir lo negativo implica aprender a regular nuestra intensidad. El lado B de nuestra forma de ser es la preocupante falta de grises: pasamos del amor al odio y de la euforia a la catástrofe en un parpadeo, lo cual daña severamente la convivencia humana, tanto familiar como social. Para sanar esto, es vital educar en la "desdramatización" dentro del hogar: vivir todo bajo el código de epopeya o tragedia constante resulta desgastante, no es realista, infructuoso para encontrar soluciones y hasta físicamente agotador. Debemos enseñar a los chicos que los errores, las frustraciones y las pérdidas cotidianas no representan el fin del mundo (en especial en la adolescencia, que naturalmente suelen vivir sus eventos personales de esta manera tan radical), bajando los niveles de cortisol social. Si un niño observa que un adulto rompe un objeto o insulta desmedidamente ante una frustración, asimila que las emociones negativas se gestionan mediante la violencia. Ese modelo será aprehendido e imitado, replicado en su ambiente social y cuando de la escuela los citen como padres, no aleguen “no entiendo por qué reacciona así”, ya que habrá sido algo que, justamente, aprendió en casa.

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Corregir lo negativo implica aprender a regular nuestra intensidad.

Corregir lo negativo implica aprender a regular nuestra intensidad.

Por eso mismo, resulta imperativo y urgente ponerle límites al salvajismo discursivo: la pasión jamás puede ser un campo libre para el maltrato, violencia verbal o la descalificación personal. Corregir nuestros defectos colectivos implica aprender a discutir sin anular la existencia del otro. En la mesa familiar debe practicarse la tolerancia más pura: comprender que se puede opinar distinto sin dejar de pertenecer al núcleo afectivo. Si logramos que los hijos vean que los adultos debaten con vehemencia, pero con absoluto respeto, estaremos criando ciudadanos que mañana no van a necesitar "prender fuego" a quien piense diferente, anularlo o eliminarlo.

Trabajar en esto, no es un “así nomás” argento

Finalmente, debemos transicionar del clásico "atado con alambre" hacia una cultura de la previsión. Si bien la improvisación creativa nos rescata en las crisis, a largo plazo genera adultos estresados y entornos desprotegidos; si bien es el ambiente natural que conocemos y que sabemos vivir, debemos hacer el esfuerzo de mejorar para dejarles uno mejor a nuestros hijos. Construir hábitos de organización, estructura y previsión dentro del hogar ayuda a contrarrestar la inestabilidad crónica del exterior.

Estos temas hay que hablarlos en la mesa familiar, en la reunión parental, en las reuniones de padres. Si no hablamos de estos excesos y errores corremos el peligro de seguir cometiéndolos. Es entendible la pasión y que se nos hierva la sangre, pero nunca puede justificar 7 minutos de insultos a los gritos al réferi por una mala acción que no cobró. Miremos a nuestros hijos y pensemos cómo lo entienden ellos, acorde a sus edades y madurez evolutiva: ¿y si no entienden cabalmente que gritamos así solo ahora y no en el resto de nuestro día? ¿y si hablamos así cada vez que me cruzo con alguien a hablar del partido? ¿Y si lo compara con cuando manejo e insulto? ¿o cuando no me atienden en una oficina de atención al cliente?

La clave de la Orientación Familiar respecto a nuestra identidad es clara: no se trata de cambiar el ADN argentino, sino de madurarlo. Consiste en potenciar la comunidad para que nadie se sienta solo y en educar la viga de la intensidad para que la pasión sea un fuego que abrigue, y no un incendio que nos destruya. Al final del día, la familia es la escala pequeña de la sociedad, de esta gran nación. Si logramos equilibrar la balanza y sanar los vínculos puertas adentro, inevitablemente se va a notar puertas afuera, y logremos ser una Argentina mejor.

* Lic. Milagros Ramírez. cadafamiliaesunmundo.com

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