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Jorge Ignacio García Cuerva pidió recuperar el buen trato: "Hay palabras que las hemos quitado del diccionario"

El arzobispo reflexionó sobre la cordialidad, la ansiedad y la necesidad de detenerse para escuchar a Dios en una sociedad marcada por la urgencia.


En el marco de las fiestas patronales de la Parroquia Santa María de Betania, monseñor Jorge Ignacio García Cuerva compartió una reflexión centrada en distintos pasajes del Evangelio y en las enseñanzas que, según planteó, pueden trasladarse a la vida cotidiana.

Uno de los primeros aspectos sobre los que puso el foco fue el gesto de Jesús de despedir a la multitud después de la multiplicación de los panes. Para el arzobispo, ese gesto no debería pasar inadvertido: implica detenerse, saludar y reconocer al otro. A partir de allí, cuestionó una sociedad en la que el buen trato parece haber perdido espacio y en la que algunas palabras sencillas, como “hola”, “gracias”, “perdón”, “permiso” o “de nada”, parecen haber desaparecido del lenguaje cotidiano. García Cuerva invitó así a recuperar la cordialidad y el respeto en los vínculos, incluso en situaciones habituales en las que las personas terminan tratándose como obstáculos o adversarios.

Monseñor Jorge Ignacio García Cuerva y la imagen de Santa María de Betania.

Recuperar las palabras que parecen olvidadas

El religioso vinculó esa necesidad de recuperar el buen trato con la casa de Marta, María y Lázaro, donde Jesús se sentía cómodo y era recibido con afecto. Según su reflexión, Betania podía representar precisamente ese espacio de encuentro en el que existían respeto, cordialidad y pequeños gestos capaces de hacer sentir al otro bienvenido. Para García Cuerva, esos gestos no son cuestiones menores, sino elementos fundamentales para construir vínculos y enfrentar una época marcada por la indiferencia. En ese sentido, llamó a pedirle a María de Betania que ayude a recuperar esa actitud de cercanía y atención hacia los demás. La propuesta no quedó limitada al ámbito religioso: se presentó como una invitación a modificar conductas cotidianas y a comprender que la manera en que las personas se relacionan también puede contribuir a aliviar las dificultades de una sociedad atravesada por tensiones y conflictos.

Frenar la ansiedad y recuperar el silencio

Otro de los ejes de la reflexión fue la necesidad de detenerse en medio de una vida marcada por la velocidad. García Cuerva recordó que, después de despedir a la multitud, Jesús se retiró a rezar. A partir de esa escena, cuestionó el ritmo de una sociedad que definió como apurada, activista y ansiosa, en la que muchas veces parece que detenerse equivale a perder el tiempo. Frente a esa lógica, reivindicó el valor de la oración como una pausa necesaria para recuperar fuerzas y volver a conectarse con aquello que verdaderamente importa. Comparó ese momento con una estación de servicio en la que se carga combustible para continuar el camino. La oración, explicó, puede asumir diferentes formas: desde participar de una celebración o rezar frente al Santísimo hasta hacerlo en la propia casa, durante un viaje o mediante el Rosario. Lo importante, sostuvo, es reservar diariamente un momento para hablar con Dios y, sobre todo, para aprender a escucharlo.

Monseñor Jorge Ignacio García Cuerva, junto al Padre Salvador Gómez de la Parroquia Santa María de Betania.

En ese punto, la figura de María vuelve a ocupar un lugar central. Frente a la actividad de Marta, María eligió sentarse y escuchar a Jesús. García Cuerva utilizó esa escena para plantear una pregunta sobre la capacidad actual de las personas para detener la marcha y hacer silencio. El celular, las pantallas y la búsqueda permanente de respuestas inmediatas, según advirtió, contribuyen a una cultura en la que todo debe suceder rápidamente. Por eso consideró necesario recuperar espacios de pausa y escucha. No se trata solamente de una práctica religiosa, sino también de una manera de interrumpir por un momento la vorágine cotidiana. En una sociedad en la que la ansiedad y la urgencia ocupan buena parte de la vida diaria, la propuesta consiste en aprender nuevamente a detenerse, escuchar y darle lugar a aquello que suele quedar desplazado por las obligaciones.

La necesidad de abandonar viejas seguridades

El tercer eje de la reflexión estuvo relacionado con la capacidad de abandonar aquellas seguridades que impiden avanzar. García Cuerva tomó como referencia el episodio en el que Pedro deja la barca para acercarse a Jesús que camina sobre el mar. La barca representaba la seguridad disponible en medio de una tormenta, pero Pedro decidió abandonarla cuando escuchó la invitación de Jesús. El arzobispo relacionó esa escena con María, quien también se animó a romper con las expectativas sociales de su época para seguir a Jesús. En aquel contexto, recordó, las mujeres tenían un papel limitado al ámbito doméstico y no era habitual que siguieran a un maestro. Sin embargo, María y otras mujeres se animaron a hacerlo pese a las críticas y a las convenciones de entonces.

A partir de esos ejemplos, García Cuerva trasladó la pregunta al presente: ¿cuáles son las seguridades que cada persona se resiste a abandonar? Ideas, prejuicios, broncas, rencores, costumbres o formas de pensar pueden convertirse, según planteó, en equipajes demasiado pesados. También cuestionó la tendencia a aferrarse a la idea de que las cosas deben hacerse siempre de una determinada manera. El desafío, sostuvo, consiste en reconocer aquello que ya no permite avanzar y animarse a soltarlo. La invitación no implica abandonar las convicciones, sino revisar aquellas certezas que se transforman en obstáculos para aceptar cambios. Como Pedro y María, la propuesta es abandonar algunas seguridades para abrirse a una experiencia diferente, aun cuando hacerlo implique atravesar incertidumbre o exponerse a las opiniones de los demás.

García Cuerva trasladó la pregunta al presente: ¿cuáles son las seguridades que cada persona se resiste a abandonar?

Mirar más allá de la tormenta

Finalmente, el arzobispo utilizó la imagen de Pedro caminando sobre el mar para referirse a la manera en que las personas enfrentan sus problemas. Mientras Pedro mantiene la mirada puesta en Jesús, consigue avanzar. Cuando comienza a mirar la tormenta, las olas y el peligro que lo rodea, empieza a hundirse. García Cuerva encontró allí una metáfora para situaciones cotidianas: cuando una persona concentra toda su atención en aquello que está mal, corre el riesgo de quedar atrapada en el problema. La dificultad no desaparece por ignorarla, pero tampoco ayuda convertirla en el único centro de la vida. Frente a las tormentas personales, el desafío consiste en poder mirar también aquello que sostiene, acompaña y permite seguir adelante.

En esa misma línea ubicó a María de Betania como una figura capaz de atravesar el dolor sin quedar completamente atrapada por él. La muerte de Lázaro representó para ella un momento de profunda angustia, como también ocurre con los discípulos en medio de la tormenta. Sin embargo, según la reflexión de García Cuerva, María mantuvo su mirada puesta en Jesús y en la esperanza de la vida y la resurrección. Por eso, el mensaje final estuvo concentrado en cuatro pedidos: recuperar el buen trato y la cordialidad, reservar diariamente un tiempo para la oración y la escucha, animarse a abandonar aquellas seguridades que pesan y aprender a transitar las dificultades sin permitir que los problemas ocupen todo el horizonte. Con esas cuatro claves, el arzobispo invitó a la comunidad a construir vínculos más humanos, recuperar el silencio y atravesar las tormentas de la vida con una mirada puesta en la esperanza.