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Inteligencia Artificial en el aula 2026: de prohibir a gobernar

La escuela llega a 2026 con la Inteligencia Artificial adentro: estudiantes y docentes ya la usan, pero normas y evaluación corren detrás. Urge gobernarla con criterio ya.

El 76% de chicos y chicas de 9 a 17 años dice conocer ChatGPT

El 76% de chicos y chicas de 9 a 17 años dice conocer ChatGPT

Archivo MDZ

Estamos a las puertas de un nuevo ciclo lectivo en Argentina y la escuela transita un cambio que ya no es hipotético: la Inteligencia Artificial, y en particular la IA generativa— dejó de ser un asunto “de tecnología” para convertirse en una capa transversal de lectura, escritura, estudio, convivencia digital y gestión escolar. Un indicador contundente llega desde Kids Online Argentina 2025 (Unicef y Unesco): el 76% de chicos y chicas de 9 a 17 años dice conocer ChatGPT y el 58% afirma haberlo usado alguna vez; entre quienes lo usaron, dos de cada tres lo hicieron con fines escolares.

El dato no solo habla de adopción: explica por qué la discusión de 2026 no puede limitarse a “permitir o prohibir”. El mismo estudio muestra que el acceso y los dispositivos condicionan el uso. Aunque el 96% tiene Internet en el hogar, las computadoras están mucho menos presentes que el celular: para estudiar o hacer tareas, solo 6 de cada 10 chicos y chicas pueden usar una computadora en casa, proporción que cae a 3 de cada 10 en hogares de nivel socioeconómico bajo. Esta asimetría importa porque gran parte de la “escuela con IA” se vive desde pantallas chicas, con conectividad desigual y con menos posibilidades de producción extendida (redacciones complejas, edición, programación, trabajo con fuentes) que en una computadora.

IA EDUCACION
Las computadoras están mucho menos presentes que el celular.

Las computadoras están mucho menos presentes que el celular.

El 76% de chicos y chicas de 9 a 17 años dice conocer ChatGPT

Por eso, en 2026 la pregunta exigente no es “IA sí/IA no”, sino qué prácticas escolares cambian, cuáles se defienden, cómo se legitiman aprendizajes auténticos y cómo se reduce el daño colateral (fraude, dependencia, violencia digital, sesgos, filtración de datos). En esa línea, Educ.ar relevó en el primer trimestre de 2025 una encuesta sobre “usos y representaciones” en la comunidad educativa: el 75% de docentes dijo usar herramientas de IA en sus tareas y el 73% de equipos directivos también declaró utilizarlas. Entre estudiantes encuestados (con fuerte presencia de nivel superior), el 79% señaló usar alguna herramienta de IA para tareas vinculadas con el estudio.

Estos datos muestran la textura del fenómeno: en docentes se mencionan ChatGPT (34%), Gemini (13%), Canva (8%) y Copilot (7%), entre otras; en estudiantes se repite la centralidad de ChatGPT (35%), seguida por Meta IA/WhatsApp (9%), Gemini (7%) y Copilot (4%). Es decir: la IA no llega como una plataforma única adoptada por el sistema, sino como un ecosistema de herramientas usado de forma distribuida y, muchas veces, sin encuadre común.

IA ESCUELA
La Inteligencia Artificial no llega como una plataforma única adoptada por el sistema, sino como un ecosistema de herramientas.

La Inteligencia Artificial no llega como una plataforma única adoptada por el sistema, sino como un ecosistema de herramientas.

La lectura obligatoria es incómoda pero útil

Estudiantes y docentes ya usan IA, mientras que la institución —normas, criterios de evaluación, resguardo de datos, acuerdos de autoría— viene corriendo detrás. Esa brecha explica gran parte de los conflictos de 2025. El más visible fue la evaluación. Hubo un retorno parcial y tensionado a formatos presenciales “desconectados” como reacción al uso masivo de IA en trabajos domiciliarios. Docentes de secundario y de nivel superior cambiaron su modo de evaluar al recibir entregas hechas íntegramente por IA. El dilema es pedagógico: si una consigna domiciliaria se resuelve con “copiar y pegar”, ¿mide aprendizaje o administra un trámite? Y más delicado aún: ¿cómo sostener la justicia de la calificación cuando conviven estudiantes que delegan la escritura en IA con otros que producen con esfuerzo, errores y voz propia?

Un segundo choque, más silencioso pero profundo, es el de la escritura como proceso cognitivo. Si un estudiante pide a la IA una respuesta, copia y pega y obtiene una nota alta sin haber leído o pensado el texto, se acelera la automatización de la producción escrita y se empuja hacia una estandarización del lenguaje. En clave 2026, esto se traduce en una pregunta práctica para cada docente: qué parte del aprendizaje debe ocurrir sin asistencia, cuál con asistencia y cuál a partir de discutir críticamente esa asistencia.

Un tercer conflicto es el “aprendizaje superficial” o la delegación cognitiva: cuando el estudiante recibe una respuesta servida, se saltea pasos que construyen comprensión. Si la IA entra al aula, debe hacerlo con criterio pedagógico; de lo contrario, la escuela corre el riesgo de que la IA abierta ocupe de facto un rol formativo sin mediación. Esto aparece incluso en la voz estudiantil relevada por Educ.ar: entre las desventajas mencionan dependencia y pérdida de pensamiento crítico, aunque valoran rapidez, organización y apoyo para comprender. No falta intuición sobre los riesgos; falta un marco escolar que convierta esa intuición en alfabetización crítica.

El cuarto conflicto fue la tentación institucional de resolver la crisis de autoría con “detectores de IA” como si fueran pruebas concluyentes. En 2025 circularon casos de acusaciones basadas en herramientas imprecisas, con retractaciones y crisis de confianza. El juego de policías y ladrones no beneficia a nadie: tercerizar la “verdad” de la autoría en un score automatizado expone a injusticias individuales y erosiona la autoridad pedagógica. La salida pasa por repensar evaluación y acuerdos de producción, no por perseguir.

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Qué parte del aprendizaje debe ocurrir sin asistencia, cuál con asistencia y cuál a partir de discutir críticamente esa asistencia.

Qué parte del aprendizaje debe ocurrir sin asistencia, cuál con asistencia y cuál a partir de discutir críticamente esa asistencia.

El 2025 también mostró respuestas más estructuradas

A nivel nacional, Educ.ar informó el lanzamiento de Paideia (Programa Argentino de Innovación de la Educación con IA), una iniciativa oficial orientada a transformar prácticas pedagógicas con un enfoque interdisciplinario y humanista, con objetivos que incluyen pensamiento computacional y, según edades, aplicación y desarrollo de IA. El anuncio lo vinculó con la creación de un Observatorio Permanente de IA en Educación, aprobado por el Consejo Federal de Educación, para monitorear impactos, sistematizar evidencia y trabajar marcos éticos y normativos. En términos de gobernanza, es una novedad: la IA deja de ser un apéndice y se busca instalar capacidad estatal de evaluación continua.

En el plano subnacional, la Ciudad de Buenos Aires publicó en 2025 una guía para un uso crítico de IA en la escuela. Su valor de cara a 2026 es que traduce el problema en criterios operativos: principios, marco normativo y recomendaciones con foco en protección de datos, propiedad intelectual, sesgos, y alfabetización frente a fake news y deepfakes. También advierte sobre el pedido de datos personales en muchas herramientas y recomienda evitar compartir información sensible, priorizar cuentas institucionales o gestionadas por docentes y verificar cumplimiento de marcos como la Ley 25.326. El puente entre normas y aula también aparece en materiales prácticos, como recursos de Educ.ar para incorporar IA generativa con estrategias de prompts y foco en uso seguro y responsable. No eliminan el conflicto, pero ayudan a que 2026 no repita el error de 2025: dejar la adopción librada a la improvisación individual.

El puente entre normas y aula aparece en materiales prácticos

Si 2025 fue el año del choque, también fue el año en que empezaron a verse implementaciones con diseño pedagógico explícito. Un caso visible es Mendoza. En enero de 2025, el Gobierno provincial comunicó que trabajaba para llevar al aula una herramienta de IA aplicada a necesidades pedagógicas y curriculares, con implementación inicial en 100 escuelas y enmarcada en planes de alfabetización y matemática. En mayo informó el despliegue de “Mendoza Aumentada”, un proyecto con contenidos de matemática, lengua y ciencias para entrenar resolución de problemas y con componente de formación docente. La lección es clara: cuando la IA llega con planificación, criterios, entrenamiento y evaluación, deja de ser amenaza abstracta y se vuelve herramienta curricular gobernable.

En el plano internacional, la idea central es que la IA educativa funciona mejor cuando se acota a problemas concretos, se mide impacto y se protege la agencia docente, en lugar de plantearse como reemplazo generalista. Unesco advirtió que el ritmo de lanzamiento supera la adaptación regulatoria, dejando desprotegida la privacidad y a instituciones sin preparación para validar herramientas. También subrayó un déficit global de formación: pocos países desarrollaron marcos o programas sólidos para el desarrollo profesional docente en IA. En Reino Unido, por ejemplo, se impulsa un asistente de planificación de clases (Aila) con protocolos de seguridad y evaluación experimental de impacto. Y plataformas como Khan Academy reportan expansión masiva de tutores de IA, lo que refuerza una tendencia: la IA se vuelve infraestructura blanda y el desafío escolar es gobernar calidad, privacidad y propósito. En América Latina, marcos como el de Ceibal (Uruguay) y documentos como “PotencIA el aprendizaje” (Chile, 2025) aportan una señal compartida: el debate no es meramente tecnológico, sino curricular, ético, pedagógico y de política pública.

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En el plano internacional, la idea central es que la Inteligencia Artificial educativa funciona mejor cuando se acota a problemas concretos.

En el plano internacional, la idea central es que la Inteligencia Artificial educativa funciona mejor cuando se acota a problemas concretos.

La Inteligencia Artificial ya está en el aula, queramos o no

Los aprendizajes de 2025 muestran que prohibir, negar o improvisar no es sostenible. Hay señales alentadoras de integración con propósito y acompañamiento docente, pero falta camino: trabajo sostenido, inversión, formación continua y una conversación honesta entre escuelas, docentes, estudiantes, familias y decisores. La tecnología avanza más rápido que las instituciones; relajarse hoy es hipotecar el aprendizaje de mañana. La oportunidad está sobre la mesa: convertirla en impacto educativo real dependerá de la responsabilidad con la que se actúe ahora.

* Eduardo Laens, CEO de Varegos y docente universitario especializado en IA y autor del libro Humanware (declarado de interés para la Comunicación Social por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires)