Hiperpaternidad: cuando el miedo a poner límites deja a los hijos sin un "no" que los cuide
Padres informados, pero agotados: confunden límites con autoritarismo y ceden ante pantallas y berrinches. La autoridad sana empieza por el adulto.
Ejercer el rol de padre o madre en el mundo digital requiere una presencia que implica ponerle el cuerpo, y eso en algún punto, cansa.
Archivo.Vemos casi a diario en consultorio, una escena repetitiva que parece definir a nuestra época: los padres están agotados, sumamente informados, pero paralizados frente a la mirada de un niño de ocho años. Algunos la definen como "la era de la hiperpaternidad", con tips de crianza consciente y respetuosa, donde el bienestar emocional del niño está en el centro de la escena. Sin embargo, en este noble intento por no repetir las rigideces del pasado, muchos padres han caído en un nuevo y sofisticado tipo de desorientación: el miedo a ejercer la autoridad.
La paradoja tan fascinante como patética. Tenemos una generación de padres que leen sobre neurociencia y sus avances, que conocen el impacto del cortisol en el cerebro infantil y que busca desesperadamente que sus hijos tengan una gestión socio-emocional impecable: buscan hijos resilientes, empáticos y seguros de sí mismos. Y acá aparece el elefante en la habitación, cuando intentamos enseñarles a los niños a navegar sus emociones cuando nosotros mismos naufragamos ante el primer signo de frustración de nuestros hijos. ¿Cómo enseñar aquello que aún, como adultos, no sabemos hacer? Reconocer, manejar y hablar de las emociones es una asignatura pendiente para los padres de hoy.
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El espejo de la gestión emocional
Educar no es lo que decimos, es lo que somos. Muchos padres modernos están tan preocupados por "no traumar" a sus hijos que han confundido el límite con la agresión. Se confunde la firmeza con el autoritarismo y el orden con la opresión. Esta confusión nace de una carencia propia: la incapacidad de gestionar la propia incomodidad que genera el conflicto. Y claro, la cultura apoya esta confusión, para que, en el desorden, seamos más maleables como sociedad.
Cuando los padres no pueden sostener un "NO" ante el pedido incesante de un caramelo, a menudo no es por el bienestar del niño sino por la incapacidad del adulto de tolerar el llanto o el enojo del hijo. Queremos que ellos gestionen sus emociones, pero nosotros no sabemos qué hacer con nuestra culpa, frustración y enojo. La autoridad, entonces, se diluye en una negociación perpetua que deja al niño en una orfandad simbólica. Un niño sin límites carga con la responsabilidad de decidir cosas para las que su psiquismo aún no está preparado. El límite es un necesario marco de contención que dice: "hasta aquí llegas tú y aquí empiezo yo a cuidarte". El niño no pierde libertad, al contrario, la gana dentro de un espacio controlado; el niño que no tiene límites, desarrolla una ansiedad por imprevisibilidad y angustia por la incertidumbre.
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El dilema de las pantallas: el síntoma de la ausencia
Este conflicto alcanza su punto álgido frente a las pantallas. La tecnología se ha convertido en el chupete electrónico de la infancia y en el mayor desafío para la autoridad parental. Muchos padres saben, por teoría, que el exceso de exposición digital daña la atención y la paciencia, pero sienten miedo al retirarle el dispositivo al hijo porque temen la explosión emocional que vendrá después.
Aquí es donde la autoridad se pone a prueba. Ejercer el rol de padre o madre en el mundo digital requiere una presencia que implica ponerle el cuerpo, y eso en algún punto, cansa. Es mucho más fácil ceder a un rato más de pantalla que sostener la mirada, el berrinche y el aburrimiento del niño. Pero la autoridad se construye precisamente ahí, en la capacidad de ser impopulares por el bien de nuestros hijos. Como orientadora familiar acompaño a padres a darse cuenta que el problema no son las pantallas en sí, sino el vacío que estas llenan cuando los padres no se sienten con el derecho o la fuerza de marcar el ritmo de la casa.
El arte de construir la propia autoridad
La Orientación Familiar se encarga de acompañar a los padres en un viaje de autodescubrimiento para que sean su mejor versión. No se trata de dar recetas mágicas, sino de ayudarles a conocer cómo ejercen su rol y desde qué lugar construyen su autoridad. Muchas veces, descubrimos que el miedo a poner límites es un eco de su propia historia personal, de heridas no sanadas con sus propios padres o de una necesidad excesiva de ser "amigos" de sus hijos para evitar el rechazo.
Construir una autoridad sana implica aceptar que los límites son necesarios para la salud mental
Un límite bien puesto es un acto de amor profundo. Orientamos para que cada familia descubra cuáles son sus valores, qué cosas con negociables y cuáles no, cómo hablarse eficazmente para llegar a buen puerto y que empiecen a mirar lo que sus hijos necesitan de ellos: referentes claros, seguros y tranquilos.
La gestión socio-emocional empieza por el adulto. Si queremos hijos tranquilos, debemos trabajar nuestra propia ansiedad. Si queremos hijos que respeten acuerdos, debemos ser nosotros los primeros en sostener la palabra dada, algo que la modernidad ya no respeta ni valora. La autoridad no se impone a gritos: se emana desde la coherencia. No es un poder sobre el otro, sino un servicio para el otro. La paternidad y la maternidad son oficios que se aprenden en la práctica, y el error es parte del camino. Lo peligroso no es equivocarse, sino renunciar al timón por temor a la tormenta.
Hay esperanza para los padres que hoy se sienten perdidos
Para aquellos padres que sienten que sus hijos han tomado el control o que la armonía del hogar se ha roto entre pantallas y llantos. El primer paso para recuperar el rumbo es reconocer que necesitamos ayuda para mirar hacia adentro. No es tarde para reconstruir ese vínculo, para volver a ser el puerto seguro que nuestros hijos necesitan. Pero es momento de orientarse ya, de buscar las herramientas necesarias y de asumir la responsabilidad de guiar, para no seguir perdiendo el rumbo en este viaje tan desafiante como maravilloso que es el arte de ser familia.
* Lic. Milagros Ramírez.
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