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Guardianes de semillas: quiénes son y cómo cuidan la memoria de la tierra

En el Valle de Uco, un grupo de guardianes de semillas resguarda variedades de hortalizas y legumbres de generación en generación. Quiénes son y qué rol cumplen.


En el Valle de Uco, un grupo de guardianes de semillas guarda, selecciona y comparte variedades locales para asegurar su producción y contribuir a la soberanía alimentaria. Cada temporada separan las mejores semillas de la cosecha, las siembran y sostienen de esta manera la memoria genética de variedades adaptadas a la región, además de un legado familiar que se transmite de generación en generación.

Esta labor se hace visible cada año en la Feria de Intercambio de Semillas de San Carlos, un encuentro que reúne a productores de diferentes puntos de Mendoza para compartir las semillas que conservan y los saberes vinculados a su cultivo.

Una memoria que se pasa de mano en mano

Los sobres pasan de mano en mano. Adentro hay semillas de diferentes tamaños y colores. Los paquetes son casi artesanales y no cuentan con un código de barras. Quienes los entregan dicen el nombre de las variedades como recitando algo aprendido de memoria hace mucho, mucho tiempo: “Zapallo coreano, poroto pallares, tomate perita”. No hay marcas ni etiquetas estandarizadas. Hay, en cambio, historias: cuánto tiempo lleva esa semilla guardada, quién la pasó, qué inviernos sobrevivió.

Esta escena se repite en los encuentros que organizan quienes resguardan semillas para cultivar e intercambiar. Es, en sí misma, un valor: no se mide en dinero, sino en la voluntad de que algo perdure. Las semillas circulan con generosidad, sostenidas por redes de productores que se van tejiendo dentro de las comunidades para proteger ese recurso.

María Janco (22), de Vista Flores, sigue los mismos pasos que su papá: guardar semillas para la próxima siembra

¿Qué es un guardián de semillas?

Ser guardián de semillas no es un título ni un cargo. “Es un concepto construido por las organizaciones”, cuenta Laura Costella, de Crece desde el Pie, la organización que impulsa la feria en el Valle de Uco. La definición, explica, tiene que ver con personas que guardan su propia semilla, “con diversidad y con la claridad de saber qué está guardando”. Algunos conservan apenas lo que necesitan para su próxima siembra; otros, un poco más, “para compartir”.

Según Costella, las semillas que los guardianes conservan están adaptadas a sus territorios porque fueron multiplicadas durante años por agricultores. Además, no son híbridas ni transgénicas y no fueron tratadas con agroquímicos.

Actualmente no existe un registro que indique qué persona conserva determinada variedad, ni cuántas de esas semillas se encuentran distribuidas en una comunidad. Cuando esa información existe, permanece en cada localidad y en las redes que se construyen entre quienes las conservan.

Por eso, el sostén de esta práctica depende, en última instancia, de esos espacios de intercambio: encontrarse, compartir información y saber quién guarda qué, para que ese conocimiento no dependa de una sola persona ni se pierda si deja de sembrar.

“Ser soberano de nuestras semillas es ser soberano de los alimentos”, dice Marisol Cortez, agricultora, y destaca algo que atraviesa el trabajo de los guardianes: no alcanza con conservar la genética, también importa el vínculo que se construye con ella. “No solamente es importante la semilla criolla porque la hacen los agricultores y agricultoras, sino porque la trabajan con amor”.

Ana y Mario Ovejero, de 76 y 78 años, son guardianes de semillas de San Carlos. Guardan sus propias semillas para producir sus alimentos e intercambiarlas con otros agricultores.

¿Cómo cuidan la memoria de la tierra?

El cuidado no tiene ningún secreto tecnológico: es repetición, paciencia y memoria puesta en el cuerpo. Cada temporada, antes de cosechar todo, los guardianes separan una parte (los frutos más sanos, las plantas que mejor se dieron) y de ahí obtienen la semilla que volverán a sembrar al año siguiente. Es un gesto que se hace a mano, planta por planta, y que se aprende mirando. María Janco (22) lo resume con la sencillez de quien lo hizo toda la vida: “Siempre recolectamos las semillas y de ahí hacemos nuevos plantines”, cuenta sobre una costumbre que heredó de su papá.

Ana y Mario Ovejero, que producen desde hace más de medio siglo en La Consulta, lo explican con la misma lógica: seleccionan y guardan, siembra tras siembra, porque conocen esa semilla y saben cómo se va a comportar en su tierra. Por eso no compran híbridas. Esas -señalan-, no se vuelven a dar. Guardar la propia semilla no es solo una cuestión de identidad o de ahorro, es una forma de asegurarse de que aquello que se siembra vuelva a responder en ese mismo suelo.

Cuando hablan de memoria, los guardianes se refieren además a algo que va más allá de la semilla. Está la memoria genética de una variedad que, durante años, se adaptó a un clima determinado. Pero también está la memoria cultural: quién pasó esa semilla a quién, qué generación la trajo, qué se cocina con ella y qué historia lleva consigo. Por eso, cuando Laura Costella habla de semillas que “pasan de mano en mano”, habla también de un conocimiento que se transmite junto con ellas.

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Feria de Intercambio de Semillas y Saberes del Valle de Uco

La Feria de Intercambio de Semillas y Saberes se realiza desde 2015 en San Carlos. Actualmente, el punto de encuentro es la Casa de Semillas de Crece desde el Pie, la organización mendocina que agrupa a guardianes de semillas del Valle de Uco y el sur de Mendoza. El fin de semana se realizó la décima edición.

No es solo un espacio de trueque: es el punto de encuentro anual entre agricultores, técnicos y vecinos que llegan con sus propios sobres, dispuestos a cambiar lo que guardaron por alguna variedad que no tienen.

“Este es el lugar más real que existe: del abrazo, de comer comida sana”, dice Guni Cañas, de Crece desde el Pie, y lo describe como un ensayo de otra forma de vivir: “Esto recrea un poquito el mundo que queremos vivir, y no es una utopía: se está viviendo en este momento”.

Crece desde el Pie realiza dos ferias al año, una en el Valle de Uco y la otra en Real del Padre.

Alrededor del intercambio se arma una jornada completa, con talleres, música en vivo y puestos de comidas tradicionales. La convocatoria reúne cada año a personas de distintos lugares. Este año participaron productores de San Martín, San Rafael, Maipú y Potrerillos, e incluso llegaron participantes desde Buenos Aires.

La Casa de Semillas, además de ser sede del encuentro, funciona como un archivo: lleva un registro con el nombre del productor, el año y las características de cada variedad. “Las semillas son el inicio de los alimentos, son mensajeras de saberes, son la esperanza de cosechar y son la soberanía de los pueblos, cuando circulan libremente”, señalan desde la organización. En sus colecciones, aclaran, nunca se cobrará “un royalty o patente”.

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La defensa por las semillas libres

“Estamos en peligro, lo hemos estado desde hace mucho tiempo, con el asunto de que quieren ponerle precio a nuestras semillas, que sean privatizadas”, señala Guni Cañas.

En Argentina, desde 1973, una ley reconoce a quienes crean nuevas variedades de semillas el derecho a cobrar por ellas, en un esquema similar al de una patente. Pero establece una excepción clave: el productor puede guardar parte de su propia cosecha y volver a sembrarla al año siguiente sin pagar por ello. Es lo que se conoce como “uso propio” y, en esencia, es una práctica que también sostienen los guardianes: guardar y volver a sembrar.

En la feria, algunas semillas se entregan a cambio de un valor simbólico que reconoce el trabajo de siembra, cosecha y selección de los agricultores

Ese equilibrio está en discusión desde este año. El Gobierno firmó un acuerdo comercial con Estados Unidos por el que se comprometió a avanzar en la adhesión de Argentina a un tratado internacional que amplía los derechos de las empresas semilleras y limita el margen de ese “uso propio”. Si esos cambios avanzan, la práctica que sostienen los guardianes podría quedar limitada o empezar a tener un costo.

“La semilla es nuestra, es de las comunidades campesinas, y es necesaria para el alimento sano. No vamos a permitir que este elemento clave de la vida sea privatizado”, sostiene Cañas, para quien el valor de una semilla está en el trabajo de quienes la cultivan, no en lo que una empresa puede modificar genéticamente.

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