El cuasi extinto arte de fabricar un barrilete
Fabricar barriletes era un arte que se transmitía de padres a hijos, en una forma casi mística. Hoy casi ya no existe.
Una vez listo el dispositivo, sólo quedaba remontarlo.
Archivo MDZLlegada cierta época del año, en que los vientos empezaban a soplar con más fuerza, resultaba habitual ver a pares de personas compuestas por un padre o madre y su hijo o hija, partiendo hacia la librería-papelería del barrio y comprando un pliegue del denominado “papel barrilete”, plasticola y un rollo de piola lo más largo posible, con el firme propósito de construir un volantín (que es sinónimo del ya antes nombrado barrilete), con el firme objetivo de remontarlo por los aires, sin prisa ni pausa.
Hágalo usted mismo: instrucciones precisas
El rito de construcción comenzaba midiendo el papel, para asegurar que el mismo fuera cuadrado; luego se cortaban cuatro piolas, un poco más largas que el papel, y se pegaban en los cuatro bordes, doblando un cachito el papel sobre el cordel, quedando así un cuadrado con cuatro vértices en los que sobresalían dos cuerdas, una de cada uno de los lados de esa esquina. Como el papel barrilete es un papel muy finito, resultaba necesario dejar secar bien la plasticola antes de seguir adelante; aprovechando ese ratito, los artesanos partían hacia algún cañaveral de esos que abundaban en los baldíos, y elegían una caña para darle cuerpo al futuro volantín. De nuevo en casa, y cuidándose los dedos, el artesano padre cortaba con un cuchillo o navaja dos trozos de caña, de aproximadamente un centímetro y medio de espesor. Una de las varillas tenía un par de centímetros más de largo que la diagonal del barrilete, y pasaba a ser el “brazo vertical” del dispositivo. La otra varilla era bastante más larga, y en forma de arco se colocaba en la diagonal horizontal, con la curvatura apuntando hacia el mismísimo cielo, soñando ya preventivamente con la búsqueda del sol que, en no mucho tiempo, iba a realizar sin duda alguna.

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En las dos puntas de cada una de las cañas era indispensable hacerle unas muescas, ya que allí se ataban las piolas, y era importantísimo lograr que la atadura no se corriera. Así, una vez cortadas y atadas con los cordeles de los vértices, las varillas tensaban al barrilete, dejándolo casi listo para el despegue. Sólo faltaban algunos detalles: primero, atar las dos varillas donde se cruzan, para evitar que la caña más larga, arqueada hacia arriba, se moviera; segundo, realizar tres pequeños orificios, por los que atravesarán tres piolas de más o menos treinta centímetros de largo cada una, las que se unirían a estos tres orificios: dos equidistantes de la varilla vertical, sobre el recorrido del arco de la caña horizontal, una a la derecha y otra a la izquierda. El tercer agujerito iba sobre la varilla vertical, cerca del borde inferior. Como estos orificios servían para que los tres tensores guíen al volantín, resultaba indispensable reforzar con algún cartoncito el papel en el lugar del agujero para evitar desgarramientos, y hacer unas muescas en el sitio de las cañas en que se ataban las piolas, para que no se corrieran.
Así finalizaban los trabajos sobre el cuerpo del barrilete, quedando diferenciadas las dos caras del mismo. En una de ellas se veían las cañas, las ataduras y los cartoncitos de refuerzo: esa era la cara posterior; en la otra sólo se observaban tres agujeritos y tres piolas: esa era la cara principal del volantín. Para balancearlo, resultaba indispensable agarrar las tres piolas, y con la cara principal hacia arriba juntarlas hasta que el barrilete quedara perfectamente paralelo al piso. Una vez lograda esta situación, se ataban los tres tensores, y atado a ese nudo era desde donde el rollo principal de cuerda iba a guiar, más temprano que tarde, al cuadrado de papel rumbo al infinito (y más allá).
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Nuevos vientos, viejos recuerdos
Si se cumplían los pasos prefijados, los artesanos tenían en su poder al auténtico barrilete, y ya estaban listos para salir al descampado más próximo para realizar, in situ, los ajustes finales. Para esto resultaban necesarios algunos trapos viejos, ya que todo barrilete necesitaba una “cola”. La cola consistía en algunas tiras de telas no muy anchas, atadas una a continuación de la otra, con el objeto de contrapesar al volantín. La longitud de la cola dependía del armado del barrilete, y de las condiciones climáticas. Si el viento estaba muy fuerte, resultaba fundamental mayor contrapeso. Una vez listo el dispositivo, sólo quedaba remontarlo. Si el artesano hijo no era muy ducho en volantines, era conveniente que en las primeras incursiones se limitara a tener al barrilete para que el padre lograra hacerlo despegar; una vez en el aire, ya habría tiempo de disfrutar, dándole piola cuando “pida”, o recogiéndola cuando disminuyera la brisa.
Como sucede con tantos otros casos, los artesanos fabricantes de barriletes fueron brutalmente demolidos por el progreso. Un maldito año aparecieron unos pseudo-volantines de plástico, con varillas de madera perfectamente cortadas, y con flecos en lugar de cola: al parecer, un chinito en Taiwán ocupó el lugar de miles de artesanos locales. Los coloridos batman, superman y donatelos reemplazaron en el cielo a los otrora indispensables papeles de un solo y frágil color. En repudio al progreso, el viejo y querido viento enredó por años, en los postes más insignificantes, a cuanto plástico intentó sustituir a los antiguos barriletes; no se logró con esto el retorno de los tradicionales cuadrados de papel, pero al menos se consiguió un empate en el olvido que, es tiempo de reconocerlo, no ha resultado para nada reconfortante.
Texto basado en el cuento “El arte de fabricar barriletes”, publicado en el libro “Artes, oficios y otras hierbas” (1998)
* Pablo Rafael Gómez, escritor autopercibido
IG: @prgmez


