Gran nivel artístico, desprolija organización: la otra cara de Música Clásica por los Caminos del Vino
El concierto celebrado en el marco de Música clásica por los caminos del vino, quedó opacado por una mala organización que atentó contra la experiencia y el patrimonio.
El Museo Fader fue escenario de la última edición de Música clásica por los caminos del vino.
Durante los primeros días de abril se celebró Música clásica por los caminos del vino, uno de los eventos culturales más relevantes de la provincia. Organizado por la Secretaría de Cultura, el festival despliega su propuesta en distintas locaciones, combinando el circuito vitivinícola con la música clásica. Hasta ahí, la promesa.
Este año tuvo lugar la edición número 16, con más de 55 conciertos distribuidos en distintos puntos de Mendoza, y con extensiones a San Juan, San Luis y Chile, por segundo año consecutivo. Un crecimiento sostenido que, en los papeles, debería traducirse también en una mejora en la experiencia.
Uno de los conciertos se realizó en el Museo Provincial de Bellas Artes Emiliano Guiñazú - Casa de Fader, un escenario que por sí solo eleva cualquier propuesta. Allí se presentó el Círculo Armónico el viernes 3 de abril a las 20 hs.
Lo bueno
La velada estuvo a cargo del Círculo Armónico, un conjunto formado en 2021 que se especializa en repertorio de los siglos XVII y XVIII con instrumentos de época. Una apuesta que, de entrada, suma valor.
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El programa giró en torno a compositores del barroco inglés y alemán, con obras de Georg Friedrich Händel, Johann Sebastian Bach y Henry Purcell. De este último, destacó La reina de las hadas, adaptación de Sueño de una noche de verano de William Shakespeare, uno de los puntos más altos de la noche.
La interpretación fue sólida, precisa y a la altura del contexto. Hubo talento, hubo criterio y, sobre todo, hubo respeto por el material. El problema es que no alcanzó.
Lo malo
Un concierto con estas características, en un espacio como el Museo Fader, tenía todo para ser uno de los puntos más altos del festival. Pero la organización jugó en contra desde el minuto uno.
El evento requería canje previo de entradas por la capacidad limitada del lugar. Aun así, la Secretaría de Cultura permitió el ingreso de mucha más gente de la que el hall podía soportar. El resultado fue inmediato: sillas insuficientes, espacio colapsado y una sensación constante de desborde. No cabía un alfiler. Y aun así, siguió entrando gente. Obvio, esto retrasó el comienzo del concierto unos veinte minutos.
Muchos asistentes tuvieron que ubicarse de pie a los costados, mientras que otros directamente se recostaron sobre murales y cuadros originales del museo, obras pintadas a mano por Fernando Fader a comienzos del siglo XX. Una postal tan absurda como preocupante. No solo porque nadie del museo llamó la atención de estas personas, sino porque ninguna de las mismas se percataba del posible daño al patrimonio histórico del museo.
Como si no fuera suficiente, se utilizó lo que aparentaba ser mobiliario original de la casona para improvisar asientos en un espacio que ya había superado cualquier límite razonable.
Lo que debía ser una experiencia cultural de primer nivel terminó siendo un ejemplo claro de cómo una mala organización puede arruinarlo todo. Porque cuando el contexto falla de esta manera, ni siquiera una gran interpretación alcanza para sostener la noche.
Está claro que el éxito y la demanda de Música clásica por los caminos del vino sigue creciendo edición a edición. La demanda existe y hay, cada vez más, interés por este tipo de propuestas. Sin embargo, cuando se trabaja con patrimonio, con público y con propuestas artísticas de este nivel, la organización no es un detalle menor, es parte central de la experiencia. Porque si el contexto no acompaña, y peor aún, si atenta contra el propio espacio que se busca poner en valor, el resultado no solo queda lejos de lo esperado, sino que expone una falta de criterio difícil de justificar. Y ahí es donde el festival, más allá de su trayectoria y su crecimiento, queda en deuda.





