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Genocidio armenio: la receta contra el olvido empieza por reconocer el crimen aún impune a 111 años de los hechos

Las políticas negacionistas de Turquía y Azerbaiyán crean las condiciones propicias para la repetición del genocidio.


Un genocidio que se niega es un genocidio que se repite. La frase no es solo una advertencia, sino también una síntesis de cómo funciona el negacionismo. Lejos de ser un fenómeno del pasado, es una práctica activa que busca borrar, distorsionar o relativizar crímenes ya comprobados.

La negación del Genocidio Armenio, perpetrado por el Estado turco entre 1915 y 1923, fue uno de los primeros ensayos modernos de impunidad internacional. Porque cuando el mundo mira para otro lado, no solo olvida: legitima. Sus mecanismos son conocidos. Por un lado, la racionalización: discursos que se presentan como “objetivos” o “técnicos” pero que en realidad manipulan fuentes y descalifican testimonios. Por otro, la reducción: minimizar la cantidad de víctimas para relativizar la gravedad del crimen. También apelan a invertir la acusación, que es culpar a las víctimas por lo ocurrido. Y finalmente, la distorsión general del relato, que mezcla datos verdaderos con falsos hasta volver irreconocible la historia.

Cuando Turquía y Azerbaiyán niegan, deliberadamente buscan eludir responsabilidades. Instalan la duda sobre lo ocurrido porque no necesitan convencer a nadie de lo contrario. Se apoyan en una idea aparentemente razonable: “escuchar las dos campanas”. Y así ponen en discusión hechos que están ampliamente documentados. El negacionismo no aparece después del crimen, lo acompaña desde un principio. Comienza cuando se señala a un grupo como una amenaza, luego se lo acusa de conspirar o de ser responsable de todos los males, y, una vez que se lo deshumaniza, se promueve la violencia y el crimen ocurre. Allí la negación busca completar el proceso, que es borrar las pruebas, desacreditar a los testigos y reescribir la historia.

Genocidio Armenio

Cuando Turquía y Azerbaiyán niegan, deliberadamente buscan eludir responsabilidades.

Entre 1915 y 1923, alrededor de un millón y medio de armenios fueron asesinados y el pueblo armenio perdió cerca de tres cuartas partes de su territorio histórico, dando origen a una diáspora que hoy supera los 10 millones de personas en los cinco continentes. Durante más de un siglo, la República de Turquía buscó además borrar sus huellas mediante el cambio de nombres de ciudades, la destrucción de escuelas e iglesias y la eliminación de todo rastro de la presencia armenia. Esa misma lógica se replicó recientemente en la República de Artsaj (Nagorno Karabaj), donde entre 2020 y 2023 se llevó adelante un proceso de limpieza étnica contra el pueblo armenio. Allí también atacaron a la población civil, realizaron un bloqueo genocida, destruyeron monumentos y otros bienes del patrimonio cultural y forzaron el desplazamiento de 120 mil armenios, en línea con prácticas que el derecho internacional reconoce como formas de genocidio. A esto se suman las capturas ilegales de rehenes que aún continúan presos y torturados en las cárceles de Bakú aguardando que se atienda el reclamo mundial por su inmediata liberación.

La impunidad ha demostrado, una y otra vez, que habilita la repetición de crímenes masivos sin consecuencias reales. Por eso es que decimos que el negacionismo no solo mira hacia el pasado, sino que proyecta condiciones para el futuro.

Argentina tampoco está al margen

La historia argentina ofrece una experiencia valiosa. A lo largo de décadas, la articulación entre el Estado y la sociedad (impulsada por organismos de derechos humanos) logró consolidar políticas de memoria, verdad y justicia que son reconocidas a nivel internacional. Juicios a los responsables, recuperación de identidades, señalización de sitios de memoria; todo eso permitió enfrentar la impunidad y construir un consenso democrático más sólido. Sin embargo, hay un resurgimiento de los discursos negacionistas y esto representa un riesgo para nuestra democracia. Ninguna sociedad está inmunizada. Cuando se discute la existencia de un crimen, se relativiza el terrorismo de Estado o se intenta reinstalar teorías que justifican la violencia, lo que se busca es, en definitiva, erosionar nuestros consensos básicos. La idea de que “todo es discutible” se ha extendido por igual entre quienes tratan estos temas con rigor y quienes, desde la desinformación, intervienen sin conocimiento ni vocación de comprender.

genocidio

La impunidad ha demostrado, una y otra vez, que habilita la repetición de crímenes masivos sin consecuencias reales.

Una reflexión necesaria

Frente a esto, la respuesta no puede ser la indiferencia. La memoria no es un ejercicio del pasado, es una herramienta del presente. Recordar, enseñar, discutir y sostener la verdad histórica es una forma de defensa colectiva frente a la repetición de la violencia. Militar contra el olvido no es una consigna abstracta. Es una tarea concreta que implica desarmar discursos de odio, cuestionar las falsas equivalencias y defender los consensos básicos que hacen posible la vida democrática. También implica entender que donde se niega el sufrimiento humano, lo que crece no es el debate sino la impunidad. Porque el problema del negacionismo no es solo de quienes lo promueven, sino también de quienes lo dejan pasar, dudan por comodidad, relativizan para no asumir posición o eligen no involucrarse.

La historia no se repite sola

Necesita de silencio y dosis elevadas de indiferencia. La pregunta no es “qué hacen los negacionistas”, sino “qué haremos frente a eso”. El primer paso es conseguir que los perpetradores, en este caso el Estado turco, reconozcan su responsabilidad en la perpetración del genocidio. El segundo, que reparen el daño.

* Agustín Analian. Coordinador de Asuntos Institucionales. del Consejo Nacional Armenio de Sudamérica -CNA-