En pleno centro, un callejón dentro de otro esconde una joya artística original del siglo XX
Dentro de un callejón hay otro más pequeño que esconde una obra de arte original de uno de los pintores más influyentes de Mendoza.
El callejón se llama Roberto Azzoni y esconde, en pleno centro mendocino, un mural original del artista.
Milagros Lostes - MDZ
La curiosidad parece un motor para buscar activamente, saber cosas nuevas y a veces, simplemente te empuja. Así nos pasó. Caminando y "curioseando" entre calles y pasajes mendocinos fuimos al infaltable callejón Lemos. Lo que no sabíamos es que al 600, entre Colón y Pedro Molina, hay otro callejón escondido. Una mamushka de callejones en pleno centro.
El hallazgo en un rincón oculto de Mendoza
Puede pasar desapercibido para cualquiera, pero al entrar algo llama la atención: donde topa hay una puerta y un mural de trazo firme, figuras contundentes, colores con carácter y un estilo que se sentía conocido.
La curiosidad empuja otra vez y lleva a preguntar. Un vecino confirma lo que parecía intuición: ese rincón lleva el nombre: Roberto Azzoni. Y no es casual. Al tocar el timbre de esa casa, una mujer -se llama Emilia y es esposa de uno de los hijos de Azzoni- abre la puerta y suma una pieza clave: allí vivió el artista, y ese mural es una obra original. Esta escena funciona como umbral para ingresar a la vida y obra de uno de los nombres fundamentales del arte mendocino.
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Formación y arraigo
Roberto Azzoni nació en Italia en 1899 y llegó a Mendoza con apenas dos años. Aquí encontró su territorio artístico y humano, formó su hogar y a muchos artistas que se destacaron en la provincia. Su obra se nutrió del paisaje cuyano, de la vida rural y de una identidad que adoptó como propia. Fue discípulo del pintor español Ramón Subirats, una figura decisiva en su formación, de quien incorporó no solo recursos técnicos sino también una concepción del arte ligada al entorno y a la sensibilidad social.
Además, fue parte de la comisión fundadora de la entonces Academia Provincial de Bellas Artes. Fue docente del Taller de pintura y también la dirigió durante casi una década en su rol tanto de director como vicedirector. Hoy es la escuela de Bellas Artes. También se desempeñó como docente universitario en la cátedra Dibujo y Pintura entre 1948 1963 en la Escuela Superior de Artes de la UNCuyo. Fue, en palabras de sus contemporáneos, una figura formadora clave, tanto en lo académico como en lo humano.
Compartió espacios con artistas e intelectuales como Jorge Enrique Ramponi, Antonio Bravo o Fidel de Lucía, en una etapa de intensa producción y construcción colectiva del campo artístico mendocino. No era un docente distante: su presencia en actividades estudiantiles y su cercanía con los estudiantes marcaron una impronta que perduró en generaciones.
La evolución de una mirada
La obra de Azzoni atravesó distintas etapas, reflejo de una búsqueda estética constante. La mayoría de ellas se encuentran en colecciones privadas y otras son conservadas por su familia. Sus comienzos se inscriben en un realismo impresionista, como puede verse en “Capilla de San José de Tupungato”. Luego avanzó hacia un postimpresionismo más definido, visible en piezas como “Chañar en flor”. Este último se encuentra en el museo Casa de Fader.
En su búsqueda por consolidar una identidad pictórica propia, incorporó la figura humana como eje central de sus obras. Algunos enrolan su estética a un “expresionismo americanista”. Aparecen en sus obras trabajadores de la tierra, vendimiadores, mujeres en las viñas y lavanderas.
Sus figuras, robustas y macizas, transmiten dramatismo y solemnidad. Los personajes parecen atravesados por emociones que los conducen a una suerte de quietud, aunque, al mismo tiempo, se integran a un espacio donde la figura y el fondo alcanzan un equilibrio expresivo y, en ocasiones, se resuelven en una síntesis de tendencia bidimensional.
“El hombre ha sido la temática de mi pintura. El hombre en su ambiente, en su paisaje y con los elementos propios de ese paisaje”, sintetizaba el propio Azzoni, dejando en claro el eje conceptual de su producción.
Ese ideario se materializa con claridad en el mural “El hombre, el trabajo y los frutos”, ubicado en la Facultad de Ciencias Médicas de la UNCuyo. La obra integra un conjunto inaugurado el 15 de agosto de 1970 junto a trabajos de Mabel Betri, Beatriz Buberoff, José Bermúdez y Mario Vicente.
Azzoni pinta la realidad local y lo humano. Los personajes son trabajadores y trabajadoras agrícolas que no aparecen como escenas costumbristas, sino como figuras esenciales. Una escena que refleja el fin de una jornada laboral.
Reconocimiento, visibilización y deudas pendientes
A lo largo de su carrera, Azzoni obtuvo distinciones relevantes. Entre ellas, en 1988 fue declarado Ciudadano Ilustre, consolidando su lugar en el patrimonio cultural mendocino.
En los años 80 defendió la continuidad de la Academia de Bellas Artes por su valor artístico formativo. Murió en 1989, pero gran parte de su obra permanece en colecciones privadas o en manos de su familia; solo un número reducido puede verse en el Museo Fader. En este marco, desde la UNCuyo proyectan una muestra para el mes de mayo con el objetivo de visibilizar a los artistas detrás de los murales universitarios, incluyendo a Azzoni.
Esa situación expone la fragilidad de las políticas culturales para preservar y activar este legado. El interrogante sobre el lugar que ocupa este patrimonio en la agenda pública se vuelve inevitable, ya que la obra de Azzoni no sólo tiene valor estético, sino también educativo: fue formador, constructor de instituciones artísticas que hoy perduran y su producción está profundamente ligada a la historia social mendocina, por lo que recuperarlo implica también reactivar una memoria colectiva.
El arte que resiste en la ciudad
Aun así, el arte persiste en lo cotidiano. En el pequeño callejón Roberto Azzoni dentro del callejón Lemos al 600, sin cartel que indique donde estás parado, donde la ciudad late sin ceremonias, su obra resiste al olvido: un mural original en la entrada de la casa que habitó uno de los artistas mendocinos más influyentes del sigo XX.
En lo cotidiano, en lo que pasa desapercibido, en lo que no figura en las agendas, ese rincón escondido recuerda que el arte no desaparece: se queda, está y nos invita a prender el motor de la curiosidad y a abrir un poco más los ojos.