El sable corvo de San Martín y su histórica (desconocida) relación con Mendoza
Una vez más, San Martín siendo pionero. Habría sido el Libertador el primero en introducir este tipo de sable en América.
Una vez más, San Martín siendo pionero. Habría sido el Libertador el primero en introducir este tipo de sable en América.
Ilustración de Ramiro GhigliazzaDurante mucho tiempo, y con razón, se sostuvo que San Martín tras solicitar la baja al ejército español llegó a Londres para embarcarse en la “Fragata George Canning” que lo traería hasta el puerto de Buenos Aires. Fue durante su estancia en tierras británicas donde adquirió en un anticuario de los suburbios londinenses el mentado sable corvo que lo acompañará en toda la gesta libertadora americana.
Por décadas creímos que ese sable estaba confeccionado con acero europeo y que había sido fabricado en Inglaterra. Pero un estudio metalográfico de 1967 efectuado por el perito químico Daniel Vassallo en el Laboratorio de Metalografía del Departamento de Materiales de la prestigiosa Comisión Nacional de Energía Atómica develó un secreto histórico: el acero del sable resultó que era originario de Damasco (actual capital de Siria) y que poseía una aleación con mayor presencia de carbono que de hierro, lo que lo haría más resistente, fino, liviano y filoso, habiendo sido forjado con una técnica diferente a la europea. Y así la articulación interdisciplinaria entre química, metalúrgica e historia arrojó además la conclusión que ese sable adquirido en 1811 por San Martín tenía ya más de 100 años de vida.
Te Podría Interesar
Un auténtico "Shamshir"
Los sables han tenido un papel trascedente en la historia de la humanidad, ocupando lugares hasta sagrados y míticos en distintas culturas milenarias del mundo. El sable sanmartiniano corresponde a la familia de las “cimitarras”, que son los sables de hoja curva y larga, originarios de Oriente Medio y utilizados históricamente por los pueblos persas, turcos y árabes. Icónicos en la historia militar y popularizados por figuras como Saladino o en cuentos como “Las mil y una noches”, siendo adoptados recién en Europa durante los tiempos contemporáneos por los oficiales de Napoleón tras la campaña de Egipto.
Las cimitarras componen un extenso grupo, encontrándose entre ellos los famosos sables Kiliç (turcos), los Saif (árabes), los Talwar (indios), los Pulwar (afganos), los Mimcha (magrebí) y los Shamshir, de origen persa, con empuñadura de madera de ébano (el doble de resistente que la madera de roble) y cuya etimología es: “garra de león”.
Más tarde, San Martín armó el Regimiento de Granaderos a Caballo con este tipo de sables, ya que los consideraba ideales para los ataques de carga de caballería.
El sable mendocino
Cuando San Martín llegó a Mendoza en 1814 como Gobernador Intendente de Cuyo, traía consigo el histórico sable corvo. A tal punto que fray Luis Beltrán habría confeccionado varios ejemplares tomando como modelo la cimitarra de San Martín, pues era un arma estratégica para los combates de la caballería. Los sables corvos pesaban menos de un kilogramo y median casi un metro, poseyendo un filo muy cortante. Ese será el primer momento del sable corvo en Mendoza: desde la llegada de San Martín y la gestación del ejército hasta su partida para cruzar Los Andes.
El sable corvo lo acompañó a San Martín durante toda la campaña libertadora que concluyó con la independencia del Perú. Así, tras la entrevista con Bolivar en Guayaquil (1822), regresará a Chile y desde ahí, nuevamente volverá a Mendoza, donde permanecerá durante casi todo un año (1823), para inmediatamente exiliarse en el viejo continente en febrero del año siguiente. Ese será el comienzo del segundo tiempo del sable en Mendoza.
Tras el retiro de San Martín a Europa, el arma quedó en la Ciudad de Mendoza, en manos de María Josefa Morales de los Ríos, viuda de Pascual Ruíz Huidobro, una persona de intima confianza del Libertador.
Pasará muchos años el sable al resguardo de mendocinos, hasta que en una carta de 1833 escrita desde Paris a su hija Mercedes, quien se encontraba junto a su marido Mariano Balcarce en viaje por Buenos Aires, para luego trasladarse a visitar viejas amistades de Mendoza, le reclamará que por favor recuperé el histórico sable que lo había acompañado en toda la gesta. “Traigan mi sable corvo, que me ha servido en todas las campañas en América y servirá para algún nietecito si es que lo tengo”. Así pues, desde el mismo momento en que su hija le hizo entrega del sable recuperado en Mendoza, San Martín lo tuvo colgado en su cuarto, como lo señalaron muchos ilustre que lo visitaron.
Por ende; ese sable corvo permaneció en Mendoza por casi 20 años, contando el tiempo de la gobernación de San Martín, su estancia al regreso de Chile en la chacra de Los Barriales y su estadía en Ciudad de Mendoza en manos de Josefa, hasta que lo recuperó Mercedes llevándolo a Francia.
La nueva batalla del sable histórico
La historia nos contará el largo derrotero de un sable. En el último testamento de San Martín, redactado el 23 de enero de 1844, dispuso en su artículo Nº 3: “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina Dn Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como Argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la república contra las injustas pretensiones de los Extranjeros que trataban de humillarla”.
Mariano Balcarce, una vez ocurrida la muerte del Libertador, comunicó a Rosas la decisión testamentaria. El sable le fue remitido a Rosas dando cumplimiento a lo establecido en el testamento, quien tras ser derrotado en Caseros (Rosas) se exilió en Southampton, llevándose consigo el sable corvo, y pidiendo que a su muerte sea entregado a su yerno Juan Nepomuceno Terrero (marido de su hija Manuelita). Tras la muerte de Juan Terrero, el sable pasará a posesión de su hijo Máximo Terrero Rosas.
Será entonces, cuando un liberal (cuya familia fue claramente anti – rosista) Adolfo Carranza, fundador y primer director del Museo Histórico Nacional, solicitó a la familia Terrero Rosas la donación del sable de San Martín, pedido al que la familia accedió gustosamente, dando ambas partes (antagonistas y acérrimos adversarios sus familias por décadas) una prueba cabal de poner el acento en lo prioritariamente importante.
“Me permito solicitar de V. con destino al Museo que dirijo, aquella espada redentora de un mundo, para que aquí, en el seno de la patria que le dio ser, pueda ser contemplada por los que la habitan y sea ella en todo tiempo la que les inspire para defender la soberanía nacional, como en la ocasión que originó se la obsequiaran a su señor padre”, escribió Adolfo Carranza a los herederos del sable.
La vigencia del legado y el debate
Desde aquel entonces (1897) el sable corvo de San Martín permaneció en el Museo Histórico Nacional (con intermitencias: dos robos políticos en 1963 y 1965 por parte de la juventud peronista, una intervención militar de Ongania que lo llevará al Regimiento de Granaderos sin poder ser visitado y una restitución al MHN en 2015) hasta que la vieja grieta argentina empezó a hacer de la suyas. Sumergiendo el respeto patrimonial y los principios fundantes de la patria en un debate que terminará frivolizándose, y donde ni los símbolos más queridos de la argentinidad, ni los propios honorables Granaderos, quedaron al margen de las típicas mezquindades de los nuevos tiempos. Obviando en ocasiones como la presente (y siendo respetuosos de los dictámenes determinados por la justicia) los temas realmente necesarios y pendientes para debatir: identidad, patrimonio, acervo, pertenencia, memoria, conciencia cívica, historia, cultura, educación, patria. Cayendo solamente (y una vez más) en una simplificación binaria (aquí o allá; ella o él; Granaderos o museo), desconsiderando brutalmente lo realmente profundo.
Me reconozco un admirador fanático del Regimiento de Granaderos y de sus honrosos integrantes, pero sostengo que el sable debería permanecer en el MHN. Siempre reconocí en San Martín un extraordinario militar, considerado entre los mejores conductores militares de todos los tiempos. Pero San Martín fue mucho más que un corajudo, inteligente y brillante estratega militar. Fue por sobre todas las cosas, un gran humanista que en Mendoza cumplió un papel de gobernante y estadista, y a lo largo de toda su historia fue un ejemplo cabal de honestidad, humildad y coherencia.
Fue un hombre de Estado. Político ilustrado y teóricamente muy avezado, que en Mendoza consolidó esa virtud. Hasta ese momento de la llegada de San Martín a la provincia cuyana como gobernador siempre había cumplido, por más de 25 años, solo un rol militar. Dando órdenes y recibiendo órdenes, pero en Mendoza tuvo que gobernar, asumiendo un cargo de administrador de Cuyo, ocupándose de los requerimientos cotidianos de la gestión.
Será ahí cuando aparece una faceta sanmartiniana superadora, donde las ideas políticas no serán ya especulaciones o reflexiones teóricas, debiendo imperiosamente impulsar decisiones concretas en relación a una realidad plagada de dificultades, potenciando entre cientos de acciones, la apertura de escuelas, teatros, bibliotecas y museos. Abiertos, plurales e indefectiblemente al alcance de todos, que reafirmarán la cultura y la historia de los pueblos, convirtiéndose desde aquellos momentos en una nota ineludible de nuestro tiempo: pluralidad, búsqueda de consensos, respeto por las historias, todos valores sustanciales del legado sanmartiniano, y paralelos a la función social prioritaria de los museos que promueven la cohesión comunitaria, democratizando el conocimiento y preservando el patrimonio para fomentar la identidad y la reflexión crítica.


