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El número cinco: ¿héroe o villano?

No todos los números son igual de importantes, pero algunos se autoperciben por encima de sus claras posibilidades, y es necesario desenmascararlos

Cinco ese es el número de dedos de una mano.

Cinco ese es el número de dedos de una mano.

Freepik.

Alguien podría pensar, inocentemente, que todos los números son iguales. Tienen distinto valor, eso sí, pero como que resulta difícil, a simple vista, poder elegir a uno por sobre otro. Como si solo fueran dígitos que están ahí, impávidos, esperando a que los busquemos para complicarnos la vida con una simple raíz cuadrada o una división por dos cifras.

Pero no es así: hay números y números. Para empezar, tenemos que aceptar que hay claras diferencias entre los pares y los impares, ya que estos últimos siempre han sido considerados como especiales. Podemos hacer un pequeño análisis tomando como referencia (para simplificar la cosa) a los números positivos menores de diez, o sea, a los que se escriben con un solo dígito; en ese pequeño conjunto, ya notamos que la mitad son impares, por lo que la verdad es que no parecen ser tan especiales… al menos si tenemos en cuenta la cantidad que hay. Pero, de todos modos, es como que los números pares son más ordenaditos, más predecibles, y los impares son más “locos”, más de ir por la vida, como declara su definición de diccionario, sin par, como si fueran únicos, singulares. Aun así, no todos los impares (de entre estos menores de diez) se comportan de acuerdo a su clase; al menos eso creo yo con mi ignorante conocimiento de las matemáticas.

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Ya los romanos le dieron un símbolo específico en su numeración.

Ya los romanos le dieron un símbolo específico en su numeración.

Veo (con serio riesgo de equivocarme) como unas ínfulas especiales en el cinco; como que quiere estar a un nivel superior del de los otros impares, casi como si quisiera ser un número par. Es cierto que ese es el número de dedos de una mano (o de un pie); cinco son también los sentidos y las vocales del lenguaje occidental. Se asocia además con ese número a los elementos, según algunas filosofías: agua, tierra, aire, fuego y éter. Y así podríamos seguir, hasta contando los brazos de una estrella de mar o a la misma palabra que nombra al número en castellano, que tiene cinco letras. Pero eso no le da al susodicho el derecho de considerarse más especial que el resto, al menos en mi opinión. Ya los romanos le dieron un símbolo específico en su numeración, a diferencia de sus amiguitos tres, siete y nueve, que se escriben en ese sistema como una combinación de otros símbolos. La legua y el lustro, son también dimensiones que declaran al cinco como importante; es además la mitad del diez, valor máximo y supremo de nuestro sistema de numeración, lo que le genera a este (al cinco en cuestión) un agrande del que es difícil bajarlo.

Por otra parte, y en paralelo a lo que ocurría en Europa con los romanos, ya en la América precolombina los Mayas tenían a esta cifra como un valor importante en su sistema numeral. Cuando llegaron Colón y sus compinches, la cosa se simplificó (no digo que por suerte, porque no fue así) porque se llevaron por delante todo lo que tenía que ver con nativos americanos, incluido el número cinco Mayalguien podría argumentar que son cosas de la civilización; esa tampoco la comparto. Pero en definitiva: a el cinco, avalado por imperios de ambas márgenes del Atlántico, sigue lo más campante por la vida, como si fuera una S, pero más rígido; hasta la tabla del cinco es diferente: fácil de aprender, casi al nivel da la tabla del uno y la del diez, que claramente son superiores, y eso no hay quien pueda refutármelo.

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Los Mayas tenían a esta cifra como un valor importante en su sistema numeral.

Los Mayas tenían a esta cifra como un valor importante en su sistema numeral.

Un marxista diría que es un número pequeñoburgués, que se cree más de lo que es, sin entender que comparte el destino de los otros impares proletarios. Un peronista podría declarar que es un número de clase media, que pretende una alcurnia que no tiene, a pesar de su origen popular como el del uno, el tres, el siete y el nueve. Pero el cinco se declara apolítico. O mejor dicho no se declara, porque es un número, no una persona; o sea… no habla. Cualquiera puede refutarme diciendo que el resto de los números tampoco declaran nada, ya que ningún número habla; pero ese no es el caso: solo estoy hablando del número cinco, no voy a aceptar que me cambien de tema. Admitir eso es permitir que metan ruido en esta exposición tan clara y simple.

Así las cosas y como para ir terminando, declaro que no me gusta el número cinco: para qué negarlo. Y si es necesario voy a gritarlo a los cuatro vientos, que ese sí que es un flor de número; el cuatro, digo. Finalizando, y en un acto de repudio, dejo acá constancia de que no voy a usar a ese cinco apátrida (ni a sus múltiplos) para poner la hora en ninguna de mis alarmas, ni tampoco los voy a elegir en el volumen del control remoto del tele; por más que me acusen de que con estas acciones simplemente estoy justificando mis TOCs. No es así: solo es un poco de justicia numérica, que pretende poner las cosas en su lugar. Al pan, pan, y al cinco, cinco.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.

IG: @prgmez