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El mejor viaje de mi vida

Hay experiencias que corresponde compartir, para que quien se acerque a estas letras conozca cual es el mejor de los destinos


He tenido el placer de dormir en camas muy pero muy lejos de esta ciudad que hoy me cobija. Y a pesar de haber visto lugares maravillosos, no tengo ni la más mínima duda al momento de elegir cual ha sido “el viaje ” de mi vida: hace ya más de tres décadas que empecé a ser padre, y no he parado hasta la fecha de serlo; y no pienso detenerme, hasta que la muerte me separe. No quise darle muchas vueltas al tema, para evitar que alguien piense equivocadamente que me ando refiriendo a machus pichus o auroras boreales. La verdad es que, más allá de lo que el planeta tenga para ofrecerme fuera del barrio, es por acá por donde más he disfrutado de los placeres de la vida.

Y es que la paternidad y la maternidad consisten en un viaje que podés pagar en cómodas cuotas, si es que de dinero hablamos; resulta necesario aclararlo porque he escuchado a gentes por ahí renunciar a tener descendencia invocando específicamente esta excusa, la monetaria, porque al parecer la compra de pañales impide a algunas personas bañarse en aguas del caribe, o al menos esa es la justificación que utilizan mientras se sacuden la blanca arena de las patas. Puede ser que, económicamente hablando, se tenga que optar entre algunos placeres u otros; pero el goce de tener a un pequeño ser en brazos, ver su desarrollo y crecimiento, y acompañarlo en sus aciertos y errores, es como dice aquella propaganda de la tarjeta de crédito: no tiene precio.

Dese el lujo pues, tenga un bebé, y ahí sí que va a gozar de los placeres refinados de la vida.

Que el color del pañuelo no te tape el bosque

Entiendo a quienes no quieran o no puedan tener hijos, pero me resulta necesario dar mi opinión al respecto, sin que se me caiga el pañuelo verde del cuello, ante la trivialización de la paternidad y su comparación con cosas superfluas: no hay nada que se parezca, ni de lejos, al placer de ser padre o madre, siempre por supuesto con la alegría de elegir tener descendencia, y disfrutando de optar libremente por gozar del placer de una sonrisa y un abrazo filial. Que acá no se trata de creencias o de dogmas, sino de mimos y de responsabilidades, mechando a los unos con las otras, avanzando por la vida sin manual, porque es así nomás como se aprende, con miedos y dulzuras, pifiando y acertando, pero siempre con la mejor buena voluntad, y con las ganas de dar la vida de ser necesario por esos seres que nos sonríen y nos reconocen; que nos permiten vernos reflejados en cada gesto, y en más de una virtud o defecto. Atención a este dato: todo indicaría que no es necesario ser perfectos para tener descendencia.

Los placeres hay que dárselos en vida

La paternidad y maternidad es un goce que también recomiendo a sibaritas y hasta a individualistas extremos: dese el lujo pues, tenga un bebé, y ahí sí que va a gozar de los placeres refinados de la vida. Si usted es de gustos exigentes y delicados, le recomiendo cambiar un pañal de ese pequeño ser que (le juro mire) va a amar más que a nada y a nadie en esta larga vida, y le va a permitir en esa simple acción gozar de una de las experiencias sensoriales más sofisticadas: es tan grande el amor que uno siente por su bebé que, sin exagerar ni mentir, su caca (y hasta su vómito) no tienen mal olor. No es chiste, es solo la descripción real de lo que le puede generar el hecho de estar iniciando “el viaje” de su vida. Y eso es solo el comienzo: le esperan en el futuro trasnoches y esperas de whatsapeos, levantadas a deshora y hasta falta de sueño, corridas al médico y angustias varias. Pero son todas situaciones que, una vez resueltas, generan un goce por lejos superior al que se siente cuando se tiene que esperar casi hasta la medianoche para ver a la selección de fútbol, o lo que se disfruta al despertar antes que el sol, solo para ver una carrera de fórmula uno que se disputa en la otra mitad del planeta. Colapinto y Messi son la nada misma, con perdón de la comparación, al lado de ese ser amado profundamente, que requiere de su tiempo día y noche, sin siquiera dejar de hacerle disfrutar hasta los fines de semana.

La compra de pañales impide a algunas personas bañarse en aguas del caribe, o al menos esa es la justificación que utilizan mientras se sacuden la blanca arena de las patas.

Los nacimientos han disminuido, en la última década, casi a la mitad. Quizá los robots puedan en el futuro cercano realizar las tareas que esos seres humanos faltantes nunca llevarán adelante. Pero la tristeza y el vacío espiritual que van a sentir los no padres ni madres de todo el planeta, es algo que no le deseo a nadie: es una de esas libertades que es preferible dejar pasar de largo, dentro de lo posible, y con todo respeto y cariño por aquellas personas a las que la vida misma no les permitió, por esto o por aquello, realizar el viaje más hermoso.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.

IG: @prgmez