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El giro de las mujeres de 50: comprar menos cosas y vivir más experiencias

A partir de los 50, muchas mujeres revisan sus prioridades y descubren que las experiencias aportan más bienestar que los objetos acumulados.


Hay un momento, en mujeres cerca de los 50 años, en que una abre un cajón, encuentra algo comprado hace tiempo y se pregunta: ¿por qué lo compré?, ¿para qué? No porque no pudiera pagarlo, sino porque en ese momento creyó que ese objeto iba a darle algo que nunca llegó.

Eso que se buscaba no estaba en el cajón. Estaba en otro lado: en la experiencia, en la presencia, en la vida que se vive y no en la vida que se acumula. Durante décadas nos vendieron una ecuación simple: más cosas equivalen a más felicidad. Una cartera nueva, ropa, un electrodoméstico o cualquier objeto prometían hacernos sentir diferentes. Y muchas veces lo lograban, pero solo por un rato. Después aparecía la adaptación, ese mecanismo silencioso por el cual lo nuevo se vuelve invisible. La psicología lo llama “adaptación hedónica”. Nos acostumbramos rápido a los objetos. Lo que hoy emociona, mañana pasa a formar parte del fondo del armario. Además, las cosas alimentan comparaciones: compramos algo nuevo y nos encanta hasta que alguien cercano tiene algo mejor. Entonces aparece una carrera sin llegada.

Las experiencias, en cambio, funcionan distinto

El psicólogo Thomas Gilovich, profesor de la Universidad Cornell, lleva más de veinte años estudiando la relación entre dinero y felicidad. Su conclusión es clara: el consumo de experiencias produce mayor bienestar que la compra de objetos físicos, incluso cuando esos objetos duran más tiempo. “Uno de los principales enemigos de la felicidad es la adaptación”, sostiene Gilovich. “Compramos cosas y lo logramos, pero solo por un tiempo. Las cosas nuevas nos emocionan al principio, pero luego nos adaptamos a ellas”.

MUJER 5.0

Eso que se buscaba no estaba en el cajón. Estaba en otro lado: en la experiencia.

Las experiencias tienen otra potencia. Se vuelven parte de nuestra historia personal. Incluso aquellas que no salieron perfectas pueden transformarse, con el tiempo, en una anécdota, un aprendizaje o una memoria valiosa. Un objeto que decepciona se descarta; una experiencia difícil puede resignificarse. También son menos comparables. Un celular, una cartera o un auto invitan a medir modelos, precios y versiones. Una vivencia, en cambio, pertenece a quien la atravesó. Nadie puede vivirla exactamente igual.

La neurociencia también aporta una mirada interesante

La Teoría de la Selectividad Socioemocional, desarrollada por Laura Carstensen, profesora de Stanford, plantea que con el paso de los años las personas se vuelven más selectivas con sus objetivos. Priorizan aquello que da sentido, bienestar y emociones positivas. A esto se lo conoce como “efecto de positividad”. En esta etapa, invertir en experiencias que nutren emocionalmente no es un capricho. Es una forma de acompañar mejor lo que el cerebro empieza a valorar: vínculos, disfrute, aprendizaje, presencia y sentido. La neuroplasticidad también importa. Aprender algo nuevo, viajar, hacer un curso, iniciar una actividad o descubrir una habilidad alimenta la mente madura y la mantiene activa.

El mundo ya está mirando este cambio. En 2025, la población global mayor de 50 años alcanzó los 1.200 millones de personas, y para 2050 superará los 2.000 millones. Este grupo impulsa la llamada economía plateada, vinculada al turismo, la gastronomía, la cultura, la salud, la educación continua y el bienestar. No se trata de viajes caros ni de lujos exclusivos. Comprar experiencias puede ser una clase de cerámica, un taller de escritura, una entrada al teatro, una cena larga con amigas, un masaje mensual, una tarde en un museo o un curso online postergado durante años. El cambio está en la pregunta: ya no es “¿me gusta esto?”, sino “¿esto me va a dar algo que pueda recordar, aprender, sentir o contar?”.

MUJERES COMPRADOREAS

En 2025, la población global mayor de 50 años alcanzó los 1.200 millones de personas, y para 2050 superará los 2.000 millones.

En la madurescencia, esa gran transformación de la segunda mitad de la vida, aparece una posibilidad liberadora: dejar de acumular y empezar a elegir. Muchas mujeres 5.0 sienten culpa por gastar en un viaje o en una experiencia, pero no por llenar el armario con objetos que casi no usan. La culpa no siempre está en el gasto; muchs aveces está en el permiso. También aparece una frase conocida: “lo dejo para cuando tenga más tiempo”. Pero el tiempo pasa. La clase no se toma, el viaje no se hace y la experiencia queda pendiente. Por eso, antes del próximo gasto, conviene hacerse tres preguntas: ¿lo voy a recordar en cinco años? ¿Me conecta con alguien o con algo que me importa? ¿Me da algo que soy o solo algo que tengo?

Las experiencias forman parte de nuestra identidad

No somos nuestras posesiones, pero sí somos todo aquello que vimos, vivimos, sentimos y compartimos. Este giro no es solo una tendencia de consumo. Es una nueva forma de invertir en una misma. Una manera de decirle “sí” a lo que construye vida y “no” a lo que solo ocupa espacio.

compras

No somos nuestras posesiones, pero sí somos todo aquello que vimos, vivimos, sentimos y compartimos.

Porque, a los 50 y más, lo único que nadie puede quitarte es lo que todavía estás por vivir.

* Daniela Rago. Lic. en Psicopedagogía y Relaciones Públicas. Creadora del Movimiento Mujeres 5.0 — 330.000+ mujeres en comunidad global.

X: @Mujeres50

Instagram: @danielarago9k

Mail: mariadanielarago@gmail.com