El futuro del Parque General San Martín: qué dice su historia sobre el nuevo plan
Por sus 130 años, el Parque General San Martín se redefine mientras especialistas revisan su origen y su función real.
El impulso a nuevos servicios reabre el debate sobre qué es realmente el Parque General San Martín.
ALF PONCE MERCADO / MDZEn febrero de este año, el Gobierno de Mendoza presentó un plan integral para el Parque General San Martín que combina inversión pública y privada, con el objetivo de modernizar servicios, ampliar la oferta turística y consolidarlo como un espacio más activo durante todo el año.
El proyecto, incluye nuevas propuestas gastronómicas, recuperación de áreas subutilizadas, mejoras en infraestructura y la apertura a iniciativas privadas bajo un esquema regulado.
A 130 años de su creación, la propuesta busca proyectar al Parque como una “unidad turística” con más servicios, mayor circulación y nuevos usos, sin perder (según plantean desde el Ejecutivo) su carácter público, paisajístico y patrimonial.
El origen del Parque: una historia distinta a la que se cuenta
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Sin embargo, la renovación actual pone en primer plano una pregunta clave: ¿para qué fue pensado originalmente el Parque?
Según el arquitecto e historiador Ricardo Ponte, la idea de que el Parque nació como un “pulmón verde” es, en realidad, un relato construido con el paso del tiempo.
“Es un relato que se construye después y se manda al pasado para que vuelva como historia”, explicó a MDZ, al cuestionar una de las nociones más arraigadas sobre el principal espacio verde de Mendoza.
Lejos de una planificación ambiental, el Parque surge a fines del siglo XIX impulsado por una lógica diferente: una combinación de moda internacional y estrategia política para mostrar modernidad.
Un modelo importado y una puesta en escena
El diseño del Parque se inspira en modelos europeos como el Bois de Boulogne, impulsado durante el gobierno de Napoleón III, que buscaban integrar paisajismo, recreación y representación del poder.
En ese sentido, el Parque mendocino no fue solo una obra urbana, sino una construcción simbólica. Para Ponte, se trata de una verdadera “puesta en escena” de la modernidad en un territorio desértico.
“La obra busca domesticar la naturaleza y mostrar progreso”, señaló, en una lectura sobre los Caballitos de Marly como emblema del Parque y lo que este representa con una narrativa más amplia sobre civilización y desarrollo.
El negocio también estuvo desde el principio
La mirada histórica también revela un aspecto menos difundido: el componente económico en su concepción original. El proyecto inicial contemplaba la creación de 81 parcelas privadas alrededor del lago, una idea cercana a un desarrollo inmobiliario exclusivo que finalmente no se concretó.
Ese dato permite entender que el Parque nunca estuvo completamente ajeno a la lógica de valorización del suelo, una tensión que hoy vuelve a aparecer con el impulso a inversiones privadas.
Actividad, uso y seguridad: una mirada más compleja
En el debate actual, la incorporación de servicios y emprendimientos privados suele generar posiciones encontradas. Sin embargo, Ponte propone una mirada más matizada.
Desde su perspectiva, la presencia de actividad puede contribuir a mejorar la seguridad y el uso del espacio, evitando sectores vacíos o aislados. “Más movimiento implica más seguridad”, sostuvo.
Aun así, advierte que ese proceso debe tener límites claros para no afectar el carácter público del Parque ni generar ocupaciones permanentes que alteren su esencia.
Un debate abierto sobre el futuro
La renovación del Parque General San Martín abre así un debate que va más allá de las obras y los servicios.
La historia muestra que el Parque siempre fue una construcción atravesada por intereses, ideas y modelos de época, y que su sentido nunca fue estático.
En ese marco, la mirada de un historiador como Ricardo Ponte cobra especial relevancia: su trabajo propone leer la ciudad a través de las estructuras que la conforman, espacios que acumulan memoria y permiten entender cómo se construyen los relatos urbanos.
Entre ellos, el Parque aparece como un caso emblemático. Ponte lo define como un “área relicto”, es decir, un espacio que logró conservar, en gran medida, su espíritu original a lo largo del tiempo, casi como una pieza resguardada dentro de la ciudad.
Esa idea introduce una pregunta de fondo en medio del proceso de transformación: cómo intervenir hoy un espacio que no solo es utilizado por los mendocinos, sino que también funciona como testimonio vivo de la historia urbana.
En ese cruce entre pasado y presente, el Parque deja de ser solo un lugar de recreación para convertirse en un territorio en disputa simbólica, donde cada decisión sobre su futuro también redefine la forma en que Mendoza se piensa a sí misma.







