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El "escritorio dorado": cuando el ascenso de mujeres al liderazgo también trae soledad y presión

Aunque crecen los cargos para mujeres, persisten la doble vara, el aislamiento y la autoexigencia. Claves para sostener liderazgos diversos.

El desafío es transformar la cultura para que el liderazgo no sea una prueba permanente.

El desafío es transformar la cultura para que el liderazgo no sea una prueba permanente.

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Durante los últimos años, las organizaciones celebraron un avance histórico: más mujeres accediendo a posiciones de decisión. Directorios más diversos, gerencias lideradas por mujeres, espacios que antes estaban vedados y hoy son símbolo de conquista profesional.

Sin embargo, junto con ese avance emergió un fenómeno silencioso que merece análisis: el llamado “síndrome del escritorio dorado”, concepto difundido por la psicóloga organizacional y coach ejecutiva Kathy Caprino. La metáfora es potente: el escritorio es dorado porque representa éxito, reconocimiento y poder. Pero también puede convertirse en una jaula elegante, donde la exposición, el aislamiento y la presión constante generan un alto costo emocional.

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Durante los últimos años, las organizaciones celebraron un avance histórico: más mujeres accediendo a posiciones de decisión.

Durante los últimos años, las organizaciones celebraron un avance histórico: más mujeres accediendo a posiciones de decisión.

No se trata de una incapacidad individual

Muchas mujeres que alcanzan posiciones de liderazgo relatan una experiencia similar: cuando finalmente llegan, descubren que el entorno cambia. Las conversaciones se vuelven más políticas que colaborativas. Los pares se reducen. La confianza se mide con lupa. Y cualquier error se sobredimensiona. Un ejemplo frecuente ocurre en comités directivos donde la única mujer ocupa un rol estratégico. Su desempeño no solo es evaluado por resultados, sino también por estilo. Si toma decisiones firmes, puede ser catalogada como rígida. Si prioriza la escucha, puede ser percibida como poco resolutiva. La doble vara persiste, aunque el cargo sea el mismo.

Se trata de un fenómeno sistémico

Otro caso habitual se da en empresas familiares o estructuras tradicionales donde una mujer accede a la dirección por mérito propio, pero debe demostrar continuamente que “merece” el lugar. La exigencia no termina con el ascenso; recién comienza. La presión por no fallar se vuelve crónica. Desde la perspectiva de la inteligencia emocional, el impacto es claro. Aparecen altos niveles de autoexigencia, dificultad para pedir ayuda, sensación de soledad en la toma de decisiones y un desgaste silencioso que rara vez se verbaliza. El escritorio brilla hacia afuera, pero por dentro puede haber ansiedad, sobrecarga y miedo a perder legitimidad.

Además, muchas líderes sienten que representan a “todas las mujeres”. Esa carga simbólica amplifica el estrés. El error deja de ser personal y pasa a vivirse como colectivo. Esta responsabilidad implícita genera una tensión constante entre desempeño y representación. Frente a este escenario, la pregunta clave no es si las mujeres están preparadas para liderar. La pregunta es si las organizaciones están preparadas para sostener liderazgos diversos.

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Muchas mujeres que alcanzan posiciones de liderazgo relatan una experiencia similar: cuando finalmente llegan, descubren que el entorno cambia.

Muchas mujeres que alcanzan posiciones de liderazgo relatan una experiencia similar: cuando finalmente llegan, descubren que el entorno cambia.

El liderazgo no puede sostenerse en soledad

  • En primer lugar, dejar de romantizar el acceso al poder como punto de llegada. El ascenso debe ir acompañado de estructuras de apoyo reales: mentorías cruzadas, espacios de supervisión ejecutiva y redes internas de pares.
  • En segundo lugar, promover culturas donde el error sea parte del aprendizaje y no un veredicto definitivo. Cuando la tolerancia al fallo es baja, la presión impacta con mayor fuerza en quienes aún son minoría en los espacios de decisión.
  • En tercer lugar, trabajar la seguridad psicológica a nivel organizacional. Equipos donde se pueda disentir sin temor, pedir ayuda sin perder estatus y expresar vulnerabilidad sin quedar expuesto generan líderes más sostenibles en el tiempo.
  • Por último, es fundamental que las propias líderes desarrollen redes horizontales genuinas. Espacios de conversación entre mujeres en posiciones similares permiten descomprimir la presión, compartir estrategias y reducir el aislamiento. No es debilidad buscar apoyo; es inteligencia emocional aplicada.

El desafío no es ocupar el escritorio dorado. El desafío es transformar la cultura para que el liderazgo no sea una prueba permanente, sino un ejercicio saludable de influencia y construcción colectiva. Cuando el poder deja de ser un espacio solitario y se convierte en una red, el escritorio ya no es una jaula. Es una plataforma de transformación.

* Verónica Dobronich, autora de “Desconéctame por favor”. Cómo escapar de la presión de las redes sociales y la hiperconectividad.