"El baile del monito": teatro absurdo entre la improvisación y el humor político
La obra de teatro "El baile del monito" combina humor, crítica al poder y el regreso escénico de dos actores con una química única.
El baile del monito ofrece risas con críticas, presentando una obra de teatro casi única en su especie.
El teatro encuentra en El baile del monito una de esas rarezas difíciles de clasificar: un espectáculo absurdo, político y profundamente actoral. La obra dirigida por Pablo Lisandro Calvo se sostiene sobre el encuentro de dos intérpretes con oficio, para construir un universo propio, deformado y profundamente argentino.
Hay algo que sucede apenas empieza la obra y que termina definiendo toda la experiencia: la sensación de estar viendo a dos actores que no solo trabajan juntos, sino que se conocen desde hace años en escena. Eduardo Calvo y Mosquito Sancineto construyen un vínculo que no necesita explicaciones. El ritmo, las pausas, la forma en que se escuchan o se pisan parece surgir de una confianza trabajada durante décadas de recorrido artístico y búsquedas personales muy distintas, pero complementarias.
Aunque la referencia a Albert Camus aparece desde el inicio, la obra no intenta adaptar Calígula en un sentido clásico. Lo que toma es otra cosa: la idea del poder como delirio absoluto, como capricho sostenido por quienes lo rodean incluso cuando saben que todo está roto. El emperador interpretado por Eduardo Calvo funciona desde esa lógica. Es un líder infantil, cruel y errático, que cambia de humor constantemente y convierte cada escena en un espacio inestable. Pero Calvo evita construirlo desde la solemnidad tiránica; lo vuelve ridículo, vulnerable y monstruoso al mismo tiempo.
Hay algo profundamente físico en su actuación, una sensación de peligro constante, como si cada escena pudiera romperse o desviarse hacia cualquier lado. Calvo trabaja el humor desde el cuerpo y desde el riesgo, con una intensidad que evita la comodidad. Su actuación no parece buscar el remate fácil, sino habitar un estado de catástrofe emocional donde la risa aparece casi como mecanismo de supervivencia.
El teatro absurdo y el humor político
Mosquito Sancineto, por su parte, construye un contrapunto notable. Un abogado tibio, servil y reprimido, que encarna justamente esa zona gris. Su personaje parece aceptar cada humillación como parte natural del sistema, pero lentamente empieza a filtrarse algo distinto: una rabia contenida, una incomodidad que crece debajo de las formas correctas.
La rebelión nunca termina de ser heroica; aparece más bien como un espasmo desesperado. Mientras reprime, contiene y acumula violencia debajo de una apariencia rígida y ceremonial. Allí aparece una de las capas más interesantes de la obra: el humor no nace solamente del absurdo, sino de la tensión entre lo que los personajes dicen y lo que realmente están soportando.
Sancineto encuentra en esa incomodidad un campo muy fértil, donde cada pequeño gesto parece esconder una explosión futura. En definitiva, el poder no es presentado como algo lejano o inaccesible, sino como una maquinaria sostenida por vínculos cotidianos de obediencia, miedo y conveniencia.
Esa dinámica entre ambos personajes termina dialogando inevitablemente con la política contemporánea. No porque la obra nombre gobiernos o busque referencias directas, sino porque trabaja sobre mecanismos reconocibles: el personalismo, la obediencia absurda, la violencia verbal, la necesidad permanente de sostener ficciones colectivas incluso cuando se derrumban frente a todos. Y nuevamente el humor sale al rescate entonces como una forma de exponer la caricatura del poder y la complicidad social que muchas veces lo sostiene.
La dirección de Pablo Lisandro Calvo entiende perfectamente el material con el que trabaja, la crítica funciona mejor cuando no se subraya. Por eso el espectáculo nunca cae en la bajada de línea. Todo circula a través del juego escénico, el absurdo y una lógica de improvisación controlada donde los actores parecen moverse permanentemente al borde del accidente.
En ese sentido, la trayectoria de Calvo y Sancineto dentro del mundo de la improvisación resulta central: ambos manejan el tiempo de la escena con una elasticidad poco frecuente y convierten cada función en algo vivo. Eso se vuelve especialmente visible en los momentos donde involucran al público, como sucede con la pelota inflable que atraviesa el espacio y rompe la cuarta pared. Lo interesante es que ese recurso no funciona solo como gag participativo: también introduce la idea de una comunidad arrastrada dentro del delirio de los personajes. El espectador deja de observar desde afuera y pasa a formar parte del caos.
Algo similar ocurre con los reiterados intentos de construir una balsa para escapar de la isla donde transcurre la obra. Esa acción, repetida y siempre fallida, termina funcionando como una metáfora bastante amarga. Los personajes hablan de irse, organizan planes, discuten soluciones, pero nunca logran abandonar realmente el lugar donde están atrapados. La imagen dialoga inevitablemente con cierta sensación argentina de crisis perpetua: la idea de un país que imagina salidas todo el tiempo, aunque siempre termine chocando contra sus propios límites.
La música y el trabajo sonoro también ocupan un lugar central dentro del espectáculo. La presencia de Yago Sposetti en la creación musical aporta dinámica y respiración a las escenas, acompañando los cambios de tono sin remarcarlos de manera obvia. La obra trabaja sobre el caos, pero detrás de esa apariencia desordenada hay una estructura muy precisa donde cada intervención técnica ayuda a sostener el clima.
En tiempos donde gran parte de los espectáculos de humor tiende a buscar identificación inmediata o remates previsibles, El baile del monito elige otro camino: el del juego escénico, el riesgo actoral, la travesía ritual de hacer teatro y en el centro de todo eso aparecen Calvo y Sancineto, dos intérpretes históricos que no necesitan demostrar nada, pero que igualmente siguen buscando algo nuevo arriba del escenario.
En el fondo, El baile del monito trabaja sobre algo profundamente incómodo: la posibilidad de que el absurdo no sea una excepción, sino una forma habitual de organizar la realidad. Y quizás por eso el humor pega tanto. Porque detrás de la exageración y el delirio, la obra nunca deja de parecer peligrosamente cercana.
Después de una muy buena temporada en el Centro Cultural de la Cooperación la obra se puede ver los sábados de mayo a las 20.30 con entrada general de $6.000. En el Teatro UOCRA Cultura, en la calle Rawson 42 de CABA. Los interesados se pueden comunicar por WhatsApp al 1173657508 o por el sitio cultura@uocra.org.