Dichos sobre bichos: de dónde vienen las frases populares que se referencian en animales
Decenas de dichos y frases populares usan a animales como referencias. De dónde vienen y qué significan.
"A cada chancho le llega su San Martín" es una de las frases populares más utilizadas.
EFE“El que come y no convida tiene un sapo en la barriga”. Desde niñitos comenzamos. Hay también un recuerdo adolescente cuando en los campamentos aparecía un clásico: “El oso” de Moris. Y más tardecito aquel “Un gato en la ciudad” de Miguel Mateos, y ni que decir, de las tertulias y las peñas, cuando surgía el “sapo de la noche / sapo cancionero”.
Siempre así. Mis padres con Discépolo: “Lo mismo un burro que un gran profesor” del inmortal tango Cambalache o en “Justo un 31”: “Entre la cachada de todo el café /le tiraban nueces, mientras me gritaban: ahí va Sarrasani con el chimpancé”. En tanto las tonadas suplicaban “deja de llorar paloma”. Ahora, lo que sigue vigente fue lo que compuso Yupanqui en “El arriero va”: “las penas son de nosotros, las baquitas son ajenas”. Qué vas a hacer. Si seguimos así, vamos a terminar más desplumados que “la gallina Turuleca” de Gaby, Fofo y Miliky.
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Hay cientos de frases, y me quedo corto (“como patadita de chancho”). Deberá haber mil expresiones más que relacionan la cultura popular y los animales.
Pero desde dónde provienen esas frases, expresiones, dichos populares o refranes que en forma automática repetimos hasta el cansancio, cotidianamente, muchas veces de manera sarcástica, aleccionadora, comparativa o burlona. Será tarea de esta nota intentar descifrarlo. Espero “no hablar por boca de ganso”, ni vender pescado podrido. No crean que “les meto la mula”, y si bien los refranes nunca fueron mi caballito de batalla, voy a intenar descubrir ciertas curiosidades. En la cancha se verán “los pingos”. A trabajar “porque cocodrilo que se duerme, amanece cartera”.
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A cada chancho le llega su San Martín
El dicho nada tiene que ver con nuestro héroe José de San Martín. Desde tiempos lejanos, especialmente en Francia y España, cada 11 de noviembre se festeja el día de San Martín, recordando a San Martín de Tours (316-397), santo francés de origen húngaro que fuera militar y luego sacerdote. Para dicha ocasión, era tradición sacrificar a un cerdo y compartirlo en un almuerzo familiar.
Una particularidad con relación a los cerdos, será que existen muchos dichos que los mencionan: “la chancha y los veinte”, “tuve que romper el chanchito”, “cada lechón en su teta”, “la culpa no es del chancho, sino de quien le da de comer” o “innecesario, como darles margaritas a los chanchos”. Felicitaciones; son tan populares como Porky o aquellos tres cerditos y el lobo feroz.
Lágrimas de cocodrilo
Una vieja leyenda sostenía que el cocodrilo lloraba mientras devoraba sus presas, razón por la cual se convirtió en el emblema del cinismo universal, más allá de que se trate de un animal y, como bestia que es, no lo podamos condenar por hipócrita. Lo que sí es real es que el cocodrilo vierte lágrimas mientras realiza la tarea de masticación, pero no lo hace por lástima ni, mucho menos por demostrar pena a su entorno, sino porque sus famosas lágrimas son una secreción acuosa que mantiene humectados sus ojos mientras está fuera del agua. Para completar la explicación, hay que agregar que los cocodrilos tienen las glándulas salivales y las lacrimales situadas en lugares muy cercanos, razón por la cual se estimulan mutuamente con suma facilidad y ese es el motivo por el cual el animal produce y vuelca lágrimas mientras come. La expresión se usa para condenar a quienes se lamentan o victiman con el único objetivo de conmover a los demás, queriendo demostrar un sufrimiento o un arrepentimiento que en realidad no sienten.
Los típicos caraduras que te meten “gato por liebre”, creyendo tener la vaca atada. Pero no. Son los característicos “lobos con piel de cordero”. Cuidado con esta gente, son más peligrosos “que mono con navaja”. Con ellos siempre hay “gato encerrado”.
Por la plata baila el mono
Venimos de un mono audaz (con navaja). Vamos a un mono artista: el que baila. La expresión es un típico argentinismo. La metáfora provendría de la pintoresca Buenos Aires de principio del siglo XX, donde algunos vendedores callejeros solían animar la vía pública con melodías. Ellos manipulaban una máquina denominada “organito”, instrumento musical mecánico que se accionaba girando una manivela, lo que permitía escuchar piezas musicales predeterminadas. Habitualmente, estos simpáticos personajes llevaban un organito y eran acompañados por un monito que, astutamente adiestrado, solía bailar para llamar la atención de la muchachada. Esos monitos también portaban un jarro, una gorra u otro recipiente, para recaudar algunas monedas que los transeúntes gentilmente donaban al ejecutante. Formaban parte del folclore tradicional porteño de aquella “belle époque”. Señoras y señores, ¿quieren escuchar música? “¡Poniendo estaba la gansa!”.
Y nombrando a los gansos, y sus primos directos, como son los patos, tenemos una extensa batería de dichos, y no estoy hablando “gansadas”. Ejemplos: “ser el pato de la boda”, “salga pato o gallareta”, “pagar el pato”, “ser el pato rengo”, la mala fama de “los patos criollos” o “andar con los patos volados” (equivalente a “más loca que una cabra”. El mismo sentido, pero referido a otro bicho).
Canto de sirenas
Lo mitológico siempre ocupó el espacio popular. La expresión se refiere a los lindos y acomodados discursos que, todos sabemos que en el fondo son “un verso”. Palabras bonitas para persuadir. Promesas, sarasa, biri biri. Canto de sirenas se relaciona con La Odisea, historia atribuida al escritor griego Homero (siglo VIII AC). En cierta escena, Ulises en su viaje de retorno a la Isla de Ítaca, tras participar en la Guerra de Troya, escucha el canto de las sirenas. En este caso, se trataba de mujeres bellas que, de la cintura hacia abajo, poseían forma de pez. Todos comentaban que tenían una voz preciosa y un canto irresistible para los hombres. Pero estos encantos eran una mera trampa, por lo que Ulises pidió a sus marineros que lo atasen al palo mayor del barco para escuchar el canto de las sirenas y saber de qué se trataba. En tanto los marinos se taparon los oídos con tapones de cera. Ulises, quien desconfiaba de su propio control (“por si las moscas”) prefirió permanecer amarrado mientras transitaban frente a la costa donde vivían las sirenas. Bien ahí, Ulises. “El zorro pierde el pelo, pero no las mañas”. Afortunadamente, “no se le escapó la tortuga”.
Ser el chivo expiatorio
El dicho proviene de una práctica ritual de los antiguos judíos. Esta referida al Día de la Expiación (purificación de las culpas por medio de un sacrificio) donde se elegía un macho cabrío, y se echaba a suerte su sacrificio en nombre del pueblo de Israel. El animal elegido era llamado “el Azazel” (el chivo que se va) al que se le imputaban todos los pecados y abominaciones del pueblo hebreo, siendo abandonado a su suerte en el Valle de Tofet, donde la gente lo perseguía entre gritos, insultos y pedradas. Por extensión, la expresión “ser el chivo expiatorio” adquirió entre nosotros el valor de hacer caer una culpa colectiva sobre alguien en particular, aun cuando no siempre éste haya sido el responsable de tal falta.
Pobre chivo, “cayó como peludo (quirquincho) de regalo”. Lo senteciaron, desterraron y vapulearon “en menos que cantó un gallo”. Es que estos ritos nunca fueron “moco de pavo”. Ahora, entre nosotros, y sin “levantar la perdiz”, me contó un pajarito que esto pasó siempre. Digo, por la necesidad de buscar culpables. Siempre igual (el mismo perro con distinto collar). Todo se repite. Estamos acostumbrándonos a la “ley del tero”, por la “rara avis” que ponía los huevos en un lado y cantaba en otro. Pareciera que la clave fue que siempre será el otro quien cometió el error. Si total en la noche “todos los gatos son pardos”, y perdón por la redundancia, entre gallos y medianoche, al pobre chivo lo tiran a los leones, pero se justificaba porque era la manera para que todos quedáramos perdonados. Cuánta ironía.
Por eso hay que preocuparse lo necesario. No gastar pólvora en chimangos, ni criar cuervos porque te sacarán los ojos. Y aunque, sabiendo con que bueyes se ara, deberemos ser optimistas, y aunque sea solamente una “la golondrina que hace verano” (tergiversando el dicho original), hay que ocuparse, pues la compasión por los animales y su protección, reflejará la grandeza de nuestro carácter y la esperanza de un mundo mejor. Eso es un signo de alta cultura y hablará bien de la educación de una sociedad. Ya el general San Martín lo exponía en una de sus “Máximas a Merceditas”: “Humanizar el carácter y hacerlo sensible aún con los insectos que nos perjudican. Sterne ha dicho a una mosca abriéndole la ventana para que saliese: Anda, pobre Animal, el Mundo es demasiado grande para nosotros dos”.



