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Después de la tormenta... siempre sale el sol

Una mirada espiritual sobre el dolor, la esperanza y la fe para atravesar las dificultades y encontrar un nuevo comienzo tras la adversidad.


Aunque mil veces hayamos comprobado, de manera literal, que después de una tormenta intensa vuelve a salir el sol, en el ámbito espiritual nos cuesta mucho encarnar esta certeza y mantener las actitudes adecuadas mientras el aguacero arrecia.

En Chile, las lluvias de las últimas semanas han golpeado con fuerza distintas zonas y me han llevado a meditar sobre esas otras tormentas que todos, tarde o temprano, debemos atravesar. ¿Cómo vivirlas sin dejarnos arrastrar por aluviones de lágrimas, gritos desesperados, acciones desafortunadas o decisiones apresuradas que después podemos lamentar?

Lo primero es tomar conciencia de que existen tormentas cuya llegada podemos prever, mientras otras nos sorprenden y apabullan sin darnos tiempo para prepararnos. Frente a las predecibles, así como limpiamos las canaletas, compramos sacos de arena y reunimos artículos de emergencia, también podemos prepararnos humana y espiritualmente: pedir ayuda a especialistas, conversar con personas sabias, recibir los sacramentos, orar y evaluar los posibles daños. Dimensionar lo que podría ocurrir nos permite reservar fuerzas y recursos para resguardar aquello que consideramos esencial.

Existen tormentas cuya llegada podemos prever

También es importante comprender que haber atravesado con dificultad una tormenta en el pasado no significa que la experiencia vaya a repetirse de la misma manera. Nosotros ya no somos los mismos: hemos aprendido, hemos curtido el cuero y contamos con nuevas herramientas. Además, cada temporal posee su propio origen y una intensidad diferente. Recordarlo nos ayuda a disminuir el temor, pensar con mayor claridad y concentrar nuestras facultades en capear lo que viene con más sabiduría y paz. El tiempo no pasa en vano, y la madurez es una capa protectora que jamás deberíamos subestimar. Una vez en medio del temporal, muchas veces solo podemos esperar a buen resguardo y observar por dónde corren las aguas. Cada río va encontrando su cauce, y conviene recordarlo para el futuro. En los momentos de incertidumbre y dolor también descubrimos la verdad de nuestros vínculos. Aparecen quienes pueden quedarse, quienes necesitan ser sostenidos y quienes, aun queriendo acompañarnos, carecen de las herramientas para hacerlo. También están aquellos que se ponen silenciosamente al servicio de los demás y se convierten en un apoyo firme.

Los temporales suelen dejar pérdidas, y las tormentas espirituales también tienen las suyas. Se pierden confianzas, vínculos, proyectos y seguridades que solo podemos poner en manos de Dios mientras aprendemos a esperar. A veces, con el paso del tiempo, también ganamos libertad, autenticidad, autoconocimiento y una experiencia nueva para seguir caminando. Cuando el agua amenaza con entrar en nuestro hogar espiritual y la inundación de angustia ya no nos permite pensar con claridad, ha llegado el momento de pedir ayuda y mostrar nuestra vulnerabilidad ante alguien capaz de auxiliarnos. Allí hacemos espacio para Dios, porque nuestros propios recursos se han vuelto insuficientes. Reconocerlo constituye una profunda lección de humildad y nos prepara para ser más misericordiosos con las tormentas que otros tendrán que atravesar.

Cuando finalmente sale el sol, aparecen dos caras del paisaje que debemos aprender a aceptar. Por una parte, está toda la belleza de lo nuevo: el tímido rayo de luz, el arcoíris, el brote verde, el aroma de la tierra mojada y la calma tan anhelada. Todo comienza a decantar, y podemos presentir que el agua caída está despertando una vida bajo el suelo que todavía no alcanzamos a observar. Por otra parte, la luz permite contemplar con mayor claridad los daños que dejó el temporal. Hay que recoger basura, retirar los restos quebrados y reparar aquello que se estropeó. Pocas imágenes resultan tan elocuentes para explicar lo que también sucede en el alma.

Los temporales suelen dejar pérdidas, y las tormentas espirituales también tienen las suyas.

Después de una tormenta intensa vuelve a salir el sol

Después de una crisis conviven sentimientos dulces y amargos: alivio y tristeza, gratitud y cansancio, esperanza y temor. Podemos alegrarnos porque la tormenta terminó y, al mismo tiempo, lamentar todo lo que se llevó consigo. Es entonces cuando el Señor nos invita a no quedar atrapados en lo que se perdió. Nos corresponde continuar, atesorando lo aprendido, cuidando los vínculos que permanecieron y confiando en la fecundidad de una tierra que resistió y vuelve lentamente a erguirse. Los árboles, las plantas y los animales están a punto de estallar en flores, crías y frutos. Nosotros también. Una tormenta puede convertirse en un capítulo más del ciclo de la vida y en una oportunidad para colaborar en la construcción del Reino de Dios: más humildes, más compasivos, más fecundos y liberados de la ilusión de controlar aquello que jamás estuvo completamente en nuestras manos.

Porque después de la tormenta, aunque a veces tarde más de lo que quisiéramos, siempre vuelve a salir el sol.

* Trini Ried Goycoolea. Periodista y escritora, especialista en vínculos.