Cuando todo llega tarde: qué pasa en la escuela después de la tragedia
Tras la conmoción, la escuela se enfrenta a un sistema que reacciona tarde y a la demanda de contención que excede sus límites.
Nuevas amenazas de tiroteo aparecen día a día en escuelas todo el país.
Lo primero es decirlo sin rodeos: lo ocurrido en la escuela de Santa Fe —donde un alumno disparó y causó la muerte de un compañero— es una tragedia. No debería haber sucedido. Y, en muchos sentidos, es casi imposible de prever. Por eso mismo, cualquier análisis apresurado corre el riesgo de simplificar algo que requiere mucha más profundidad y sensibilidad. Pero hay algo que sí podemos — y debemos — mirar con claridad: lo que está pasando después.
En los días siguientes comenzaron a multiplicarse situaciones en distintas instituciones: mensajes de amenaza, inscripciones en baños, desafíos virales, incluso episodios de alumnos exhibiendo armas o simulándolas. Y ahí aparecen, con bastante nitidez, tensiones que no son nuevas, pero que hoy quedan expuestas.
-
Te puede interesar
La contundente opinión de Pergolini sobre la educación en Argentina
Un sistema que reacciona, pero no sostiene
Frente a este escenario, las autoridades difundieron en pocos días protocolos y lineamientos para actuar ante amenazas o posibles situaciones de riesgo. Es lógico que existan. Ordenan, dan marco, evitan improvisaciones. Pero también dejan ver un problema que no es nuevo: el sistema aparece cuando el hecho ya ocurrió, y eso no es solo de ahora.
Desde hace años la escena se repite: irrumpe un tema —salud mental, suicidios, ludopatía, redes sociales, amenazas de bomba, violencia—, se instala en la agenda, se habla intensamente… y después se diluye. No hay continuidad. No hay construcción sostenida. Lo que queda es una lógica de reacción permanente.
La escuela en el centro… y sola
En ese contexto, la escuela queda en el medio. Las familias preguntan qué va a hacer la escuela. El sistema responde con lineamientos sobre qué debería hacerse. Y, en el medio, se espera que todo eso funcione.
Hace años que las instituciones vienen ampliando su campo de acción: no solo enseñan, sino que intervienen en situaciones de salud mental, acompañan conflictos complejos y trabajan sobre problemáticas sociales que impactan directamente en los alumnos. Pero hay un punto en el que ese corrimiento empieza a mostrar su límite.
Los protocolos recientes lo dejan en evidencia: en su intento de ordenar la acción, vuelven a ampliar lo que se espera del docente. Se espera que contenga, que intervenga, que gestione situaciones cada vez más complejas. Incluso aquellas que rozan escenarios extremos —sugiriendo cómo tranquilizar y contener a un alumno armado—. Ahí es donde la discusión se vuelve incómoda.
No se trata de si los protocolos están bien o mal. Se trata de hasta dónde puede llegar la escuela y cuánto más se le puede pedir a un docente. Porque hay situaciones que no pueden resolverse desde la escuela sola. Y actuar como si pudiera no solo es injusto: es ineficaz. Y, sin embargo, hay algo que queda en un segundo plano: chicos que tienen miedo, familias que dudan en mandar a sus hijos, docentes y directivos que intentan intervenir, pero también con incertidumbre.
Porque hoy nadie puede asegurar del todo que estos escenarios no vuelvan a aparecer. Y, aun así, las clases continúan. Las puertas se abren. La vida institucional sigue. Ahí está, quizás, una de las tensiones más difíciles de sostener: seguir funcionando en un contexto que, por momentos, genera miedo. Y, aun así, la escuela sigue ahí. Como una de las pocas instituciones que siguen en pie, intentando sostener lo que el resto no logra.
Una adolescencia —y una sociedad— sin marco claro
Los episodios que empezaron a circular —mensajes amenazantes, desafíos virales, escenas que se comparten en redes— no son solo hechos aislados. Hablan de algo más profundo.
Una adolescencia que empuja los límites, que prueba, que juega con el riesgo. Pero también hablan de algo más amplio: no es solo descontrol adolescente, es dificultad adulta para ordenar.
Cuando el límite no está claro, el límite se busca. Y muchas veces se busca de la peor manera.
Y en ese proceso aparece algo incómodo: muchas veces los adultos no intervienen, sino que observan. Son espectadores: padres que filman, comentan comparten, defienden incluso lo indefendible con tal de “cuidar” a sus hijos. Una sociedad que, en lugar de frenar, muchas veces baila alrededor de ese descontrol: lo viraliza, lo amplifica, lo convierte en escena.
No se trata de responsabilizar individualmente a las familias, pero sí de reconocer que sin adultos que modelen, marquen, orienten y sostengan, el vacío de marco se amplifica.
Un problema que no es escolar
Y ahí está, quizás, el punto más importante. Estas situaciones —que hoy se expresan dentro de las instituciones— no se originan en la escuela. Son sociales, y requieren un abordaje que esté a la altura de esa complejidad.
La escuela es parte, pero no puede ser el único actor. Hace falta un entramado real: políticas públicas sostenidas, sistemas de salud presentes, familias que ejerzan su rol, y una sociedad que no delegue su responsabilidad.
Hoy, ese entramado está debilitado. Y cuando eso pasa, lo que queda es una institución intentando sostener lo que no alcanza.
Después de cada episodio, la escena se repite. Se reacciona, se habla, se regula… y después se sigue. Y la pregunta ya no es solo qué hacer, sino hasta cuándo vamos a seguir esperando que la escuela sostenga, sola, lo que es de todos.