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Cuando sea niño, quiero ser como fui: un libro íntimo para volver a la infancia y reconciliarse con lo que somos

El libro de Sebastián Santamaría usa la infancia como eje narrativo, donde la literatura y la memoria exploran el pasaje del niño que habla al adulto que escribe.


Publicado por Luminosa Ediciones, este libro, Cuando sea niño, quiero ser como fui se inscribe dentro de una narrativa autobiográfica contemporánea que apuesta por la intimidad sin estridencias y por la palabra como espacio de restitución de la infancia y la adultez. Con apenas sesenta y ocho páginas, el libro no busca abarcarlo todo ni cerrar sentidos, sino dejar una marca persistente. Su potencia no está en la acumulación de episodios, sino en la forma en que cada recuerdo se vuelve presente y dialoga con quien lee. Santamaría entrega un texto breve pero denso, que se lee en una tarde y permanece mucho más tiempo en la persona, como esas preguntas que no exigen respuesta inmediata, pero que ya no se pueden ignorar.

Hay libros que no se escriben para ser leídos, sino para ser sobrevividos. Una infancia siempre llena, llena de tanto, que siempre está ahí. Cuando sea niño, quiero ser como fui pertenece a esa estirpe incómoda y necesaria: textos, que no buscan agradar, sino decir; que no aspiran a la corrección literaria, sino a la verdad emocional. El libro de Sebastián Santamaría no se presenta como una autobiografía clásica ni como un ejercicio nostálgico sobre la infancia. Es, más bien, una escena íntima sostenida en el tiempo: un adulto que vuelve, con miedo y con culpa, al lugar donde dejó a un niño esperando.

Lo que conmueve desde las primeras páginas no es lo que se cuenta, sino desde dónde se cuenta. Hay una voz adulta que narra, sí, pero esa voz está permanentemente atravesada por la fragilidad de quien todavía no terminó de crecer. Santamaría no escribe sobre el niño que fue: escribe con él. Lo sienta a su lado, lo mira, lo escucha respirar. Y ese gesto —tan simple como brutal— es el corazón del libro. La infancia, aquí, no es un territorio idealizado. No hay postal, no hay edulcorante. Hay marcas. Algunas aparecen rápido, casi sin anunciarse. Otras se esconden detrás de escenas aparentemente menores, recuerdos cotidianos que, con el paso de las páginas, revelan su peso real. Y luego está eso otro, lo que no se dice del todo, lo que se insinúa como herida: el punto donde el relato tiembla, donde escribir deja de ser un acto creativo para convertirse en una decisión ética.

Tapa libro Cuando sea niño - libro de Sebastián Santamaría

La tapa del nuevo libro de Santamaría, Cuando sea niño.

El gran movimiento del libro es ese pasaje silencioso —pero irreversible— del niño al adulto. No como una evolución, sino como una pérdida. El adulto que escribe sabe cosas que el niño no sabía, pero también sabe que, en algún punto del camino, eligió callar. Guardar. Postergar. Dejar ese cuaderno en un cajón durante años. Por eso este libro no funciona como memoria sino como ajuste de cuentas: con la propia historia, con los silencios heredados, con las versiones edulcoradas que a veces inventamos para poder seguir adelante. Hay algo profundamente honesto en la forma en que Santamaría asume ese miedo. El libro no nace del impulso de publicar, sino de la necesidad de completar. De cerrar. De soportar la ansiedad que genera volver a leer lo escrito y descubrir que todavía falta algo. Ese algo —la herida— no se expone para provocar, sino para dejar de doler en soledad. Y ahí el libro se vuelve generoso: porque lo que sana al autor interpela al lector.

El título condensa, con una sencillez engañosa, toda la tesis del libro. Cuando sea niño, quiero ser como fui no mira hacia adelante ni hacia atrás: rompe la idea del tiempo lineal. Plantea que crecer no es dejar atrás al niño, sino aprender a volver a él sin vergüenza. Que la identidad no se construye negando lo que dolió, sino aceptando que eso también nos hizo quienes somos. En esa elección —volver a ser ese niño, exactamente ese, con todo lo que implica— hay una ética de vida que atraviesa cada página.

Formalmente, el libro se apoya en una prosa limpia, directa, sin alardes. Se nota que viene de alguien que trabajó con la palabra en muchos registros —radio, teatro, cine— pero que acá decide despojarse de cualquier artificio. No hay personaje. No hay máscara. Hay voz. Y eso, en tiempos de literatura cada vez más calculada, es un gesto político. La reflexión final que deja el libro no tiene forma de moraleja. No enseña. No explica. Acompaña. Invita a preguntarse qué hicimos con el niño que fuimos, en qué momento dejamos de escucharlo, qué precio pagamos por ese silencio. Y, sobre todo, si todavía estamos a tiempo de pedirle perdón.

Cuando sea niño, quiero ser como fui no promete respuestas, pero ofrece algo más raro: la posibilidad de reconciliación. Con la propia historia. Con las cicatrices. Con esa parte nuestra que creyó que no iba a sobrevivir y, sin embargo, sigue ahí, esperando que alguien —por fin— la nombre.