Crisis de la autoridad parental: la trampa de ser "amigos" de los hijos
Entre la culpa y el miedo a frustrar, muchos padres renuncian a guiar. Recuperar la autoridad no es dañar: es ayudar a crecer.
Entre de la culpa frente a los límites y el fracaso si no los ponen. Vagan en un limbo intentando agradar a sus hijos.
Archivo.La sensación es ésta: es imposible sostener una autoridad parental moderna, con el fantasma de la idea de autoritarismo del pasado. El estrés de la negociación interminable y el barco que se maneja solo: ni los hijos ni los adultos Y están al timón. ¿Aún podremos revertir esto?
Como orientadora familiar, observo una escena repetida alarmante: padres agotados, al borde del colapso emocional, que llegan con una pregunta que esconde una profunda herida: “¿por qué mi hijo no me hace caso si yo le doy todo, si somos buenos amigos?”. Esta es la radiografía de la crisis de identidad más severa que atraviesa la paternidad moderna: la renuncia voluntaria a la autoridad. Vemos adultos que sienten que ejercer autoridad es algo negativo, casi dañino. Se ha instalado la idea de que poner límites es sinónimo de rigidez, de falta de amor o incluso de autoritarismo. Entonces, en un intento por no “traumatizar”, muchos padres eligen correrse de ese lugar incómodo y buscan convertirse en amigos de sus hijos (sobre todo en la adolescencia, para que se sienta la vida menos confrontativa). Hemos pasado de un modelo autoritario y rígido (a veces violento) a un extremo opuesto pero peligroso: el miedo a ejercer el rol de guía. Intentando no repetir el pasado, muchos confunden autoridad con autoritarismo. ¿El resultado? Una generación de adultos que busca la validación de sus hijos, cuando debería ser exactamente al revés.
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El error de la "amistad" con los hijos
Un niño o un adolescente ya tiene amigos. Lo que no tiene, y necesita desesperadamente para su desarrollo psíquico, es un borde, un límite claro y definido. La amistad es un vínculo simétrico y la paternidad, por definición, no lo es. Y no debe serlo. El problema no es la cercanía emocional (que es importante que exista y se desarrolle), sino la confusión de roles. Un padre puede ser afectuoso, empático y cercano sin renunciar a su lugar de conducción. Sin embargo, hoy muchos adultos tienen miedo a frustrar a sus hijos, de ser rechazados por ellos, miedo de “quedar mal”. Y así, lo que debería ser una guía firme se transforma en un vínculo frágil, condicionado por la aprobación del hijo.
Recuerdo a una madre que llegó a mi consultorio llorando, exhausta, después de una batalla de dos horas para que su hijo de 10 años dejara la play. Me dijo: le hablé con calma, le expliqué por qué era malo para su cerebro, le pedí por favor que me entendiera porque somos mejores amigos... y él, con un grito me respondió ‘te odio’. En ese momento comprendí que esa madre estaba buscando la aprobación de su hijo en lugar de darle seguridad. Ella no necesitaba ser su amiga: necesitaba ser el adulto que, sin gritar, apagara el equipo y sostuviera el enojo de su hijo porque sostiene que es lo mejor para su crecimiento y desarrollo. Cuando nos abandonamos el lugar de autoridad para ponernos a la par, dejamos a nuestros hijos huérfanos de referentes. Si yo soy igual a mi hijo, ¿quién lo protege de sus propios impulsos? ¿Quién le garantiza que el mundo tiene un orden? Al intentar ser amigos, les estamos trasladando una responsabilidad que no pueden cargar: la de autogestionarse sin una estructura que los sostenga.
El estrés de la negociación perpetua
Esta falta de identificación como autoridad genera un síntoma agotador: la negociación permanente. Hoy se negocia la hora de dormir, el menú de la cena, el uso de las pantallas y hasta el cumplimiento de las responsabilidades escolares. Lo que deberían ser certezas protectoras se convierten en debates parlamentarios que duran horas. Este estilo de crianza democrática mal aplicada genera un estrés crónico en los padres, sacando la energía que debería estar -bien puesta- en guiar el crecimiento de sus hijos. Sienten que deben convencer al hijo de que lo que se le pide es "bueno" o "justo". Pero hay cosas en la vida que son necesarias, saludables y formativas que no son negociables. Un padre que explica demasiado o que ruega por acatar la orden, no está siendo respetuoso: está mostrando su propia inseguridad. Y el hijo, que percibe ese miedo al conflicto, se vuelve tirano no por maldad, sino por necesidad de encontrar, por fin, un límite que no se doble.
El miedo a la palabra autoridad
Hay además una confusión importante en torno al concepto de autoridad. Se la asocia con imposición, con dureza, con falta de diálogo. Pero la autoridad bien entendida tiene que ver con sostener, con poder decir “esto es así” cuando es necesario, incluso si genera enojo momentáneo. Tiene que ver con priorizar el bienestar a largo plazo por sobre la comodidad inmediata. Muchos padres modernos sienten culpa. Temen que, si dicen "no" de forma firme, dañarán el vínculo o la autoestima de sus hijos. Sin embargo, la autoridad bien entendida es un acto de servicio. Proviene del latín auctoritas, que significa "ayudar a crecer". No se trata de someter, sino de sostener.
El estrés de los padres de hoy navega esa ambigüedad
Entre de la culpa frente a los límites y el fracaso si no los ponen. Vagan en un limbo intentando agradar a sus hijos mientras, secretamente, les temen a sus reacciones. Es hora de entender que el amor de un padre no se mide por la falta de conflictos, sino por la capacidad de sostener un "no" cuando ese "no" es lo que el hijo necesita para estructurarse. Educar implica, inevitablemente, generar frustración. No todo deseo puede ser satisfecho, no todo impulso puede ser validado. Y eso no es un daño: es una herramienta de crecimiento. Cuando los padres evitan sistemáticamente ese malestar, no protegen a sus hijos, los desprotegen frente a la vida real.
A pesar de este panorama de cansancio y confusión, hay una luz intensa al final de este laberinto. Papás: aunque sientan que perdieron el timón, que la dinámica en casa es insostenible o que el vínculo se ha desdibujado entre tantas discusiones, quiero llevares la certeza de que esto aún es reversible. No importa cuántas batallas sientan que han perdido: el rol de padres es una posición que pueden recuperar. Existe un camino para volver a ser ese faro que sus hijos necesitan, sin perder la ternura, pero recuperando la firmeza. Hay una forma de transformar el caos en calma, y esa posibilidad está mucho más cerca de lo que tu agotamiento te permite ver hoy.
¿Se animan a descubrir cómo recuperar el lugar que solo ustedes pueden ocupar en la vida de sus hijos? Y si creen que no pueden solos, estamos solo a un click de distancia.
* Lic. Milagros Ramírez. cadafamiliaesunmundo.com
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