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Cómo acompañar a un hijo adolescente en el inicio de clases sin invadir ni controlar

La vuelta a clases con adolescentes no es solo un tema de rendimiento. Es el momento de generar espacios de confianza, diálogo y acompañamiento sin presiones.


Con los chicos de jardín y primaria, el inicio de clases se ve: llantos en la puerta, fotos del primer día, madres y padres emocionados. Con un adolescente, todo es más silencioso. Hay cara de nada, auriculares, monosílabos. Ellos parecen imperturbables; nosotros no sabemos si están relajados, angustiados, saturados… o todo junto.

Ahí aparece una primera trampa adulta: tomar ese silencio como desinterés. No es que no les importe. Es que a los 13, 15 o 17 años mostrar vulnerabilidad tiene costo social. Decir “estoy nervioso por volver” no entra fácil en el guion adolescente. Pero que no lo digan, no significa que no lo sientan. Desde mi trabajo como educadora, acompañando a equipos directivos y docentes en varias escuelas secundarias, lo veo cada año: madres y padres que arrancan marzo con una mezcla de ilusión y miedo. “Ojalá este año se organice”, “que se enfoque un poco más”, “que el grupo no lo arrastre”, “que levante las notas”. Del otro lado, la respuesta típica suele ser un “ya sé, má, dejá”, que parece desinterés pero muchas veces es defensa: “no quiero abrir este tema, porque si abro, se viene un examen oral sobre toda mi vida”.

Detrás de ese “dejá” conviven varias cosas: presión académica, miedo a quedarse afuera del grupo, comparaciones constantes, expectativas sobre el futuro y un radar finísimo para detectar cuánto aguante emocional tienen los adultos de su vida. Si cada vez que intentan decir algo les cae encima una avalancha de sermones, se callan. No porque no confíen en nosotros, sino porque nos están probando: “¿Sos un lugar donde puedo hablar o un lugar donde solo me evalúan?”.

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Con un adolescente, todo es más silencioso. Hay cara de nada, auriculares, monosílabos.

No es solo “la adolescencia”: también somos nosotros, los grandes

Hay una sensación incómoda que la secundaria nos pone delante: ya no manejamos todo. En la infancia decidíamos casi todo el mapa. En la adolescencia aparecen zonas donde no entramos: pasillos, recreos, chats, redes, grupos a los que solo accedemos por comentarios laterales. Frente a eso, muchos adultos oscilamos entre dos polos: querer saberlo todo o corrernos del tema porque nos angustia. En un extremo, presencia que asfixia; en el otro, ausencia con excusa de “ya está grande”. En ninguno de los dos se construye diálogo.

Al inicio de clases esa tensión se nota. Queremos que “este año sí” se organice, rinda, elija bien, “no se complique”. Pero muchas veces lo único que les llega es una lista de pendientes: “ponete las pilas”, “no podés seguir como el año pasado”, “es tu futuro”. Ellos escuchan algo distinto: “lo que sos no alcanza”. Y cuando uno siente que no alcanza, no habla más, se defiende.

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Madres y padres que arrancan marzo con una mezcla de ilusión y miedo.

La vuelta a clases como oportunidad, no como juicio final

El comienzo del ciclo escolar podría ser un gran momento para revisar el vínculo, no solo el rendimiento. La pregunta no es solamente “cómo va a ir este año”, sino “cómo quiero estar yo en este año con él o con ella”. Pequeños cambios ayudan mucho. Cambiar el “a ver cómo vas a encarar este año, porque el pasado fue un desastre” por un “¿qué te gustaría que salga distinto este año?” genera otra escena. Preguntar y dejar espacio para que no respondan en el acto también es parte de la conversación. Muchas de las mejores charlas con adolescentes aparecen en momentos laterales: en el auto, cuando cocinan, mientras ordenan la mochila, cuando nos ven mínimamente disponibles.

Hablar algo de nuestra propia adolescencia, sin transformarla en una clase magistral, nos humaniza. Contar que alguna vez estuvimos perdidos, que no teníamos todo claro a los 15, baja la vara de perfección que a veces sienten que les exigimos todo el tiempo.

Presencia que acompaña

Acompañar no es controlar cada paso, pero tampoco mirar desde lejos como si no tuviéramos nada que ver. Es seguir de cerca sin invadir todo, interesarse por lo que les pasa sin revisarles la vida como si fueran sospechosos permanentes. Ver boletines, hablar con la escuela, acordar ciertos límites, claro que sí. Pero desde un lugar de alianza, no de amenaza. Es distinto decir “veamos juntos qué cosas te cuestan más y cómo organizarte mejor” que tirar el clásico “si seguís así, vas a arruinar tu vida”. Lo primero abre una puerta; lo segundo la cierra de golpe. También implica aceptar que no vamos a ser su única referencia importante. Habrá docentes, amistades, parejas, incluso gente que siguen en redes que influye en lo que piensan. En lugar de pelear por el monopolio, podemos trabajar para seguir siendo una voz confiable: la que escucha, marca límites y no humilla.

La secundaria como campo de prueba

La escuela secundaria es menos un veredicto y más un campo de ensayo. Ahí prueban quiénes son, qué lugares ocupan, cómo reaccionan ante la presión del grupo, qué hacen cuando algo les sale mal. El inicio de clases abre, cada año, una nueva ronda de ensayos. Nuestro rol no es garantizar que no se equivoquen nunca. Es algo más complejo: que sepan que un error, una materia mal, un año difícil, no los define para siempre. Que pueden ajustar, pedir ayuda, recomenzar. No vamos a evitar todos los portazos ni todos los “no entendés nada”. Vienen con el paquete adolescente. Pero sí podemos cuidar que, detrás de esos momentos, ellos sigan sabiendo algo fundamental: que tienen un lugar al que volver cuando el ruido baja y necesitan hablar en serio.

Ese lugar somos nosotros. Y en plena adolescencia, eso no es un detalle: es una diferencia enorme.

* Mg. Eugenia Cossini: Especialista en innovación educativa. Educadora.