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Catalina Hornos: "Elegí ser la madre de 11 hijos y transformar realidades"

Catalina Hornos es la fundadora de Haciendo Camino, convive con once hijos- siete adoptivos- y lidera una cruzada contra la desnutrición infantil.


Catalina Hornos es psicopedagoga, referente social y mamá de once hijos. Desde hace casi 20 años dedica su vida a acompañar a familias vulnerables del norte argentino. Su historia es un testimonio de empatía, entrega y coraje frente a las injusticias más crudas de la pobreza estructural.

El trabajo de Haciendo Camino, desde hace 19 años, es trabajar para romper el círculo de la pobreza y la desnutrición infantil, acompañando a madres y niños en Santiago del Estero, Chaco y Salta. En el Norte argentino, las condiciones de las familias que acompaña son críticas: 60% vive en hacinamiento, 78% no tiene los controles médicos al día y 57% atraviesa inseguridad alimentaria. Estas realidades impactan directamente en la salud, la nutrición y el desarrollo de los más chicos.

Por eso, Haciendo Camino interviene en los primeros años de vida, brindando acompañamiento integral, talleres de educación para la salud y estimulación temprana, y formación en oficios para fortalecer la autonomía de las mujeres. Cada encuentro es una oportunidad para que las madres puedan transformar su historia y la de sus familias.

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Entrevista Catalina Hornos

- ¿Cómo nació tu compromiso con la infancia vulnerable y el proyecto Haciendo Camino?

- Fue un llamado que no busqué, pero que no pude ignorar. Estaba terminando Psicopedagogía cuando un grupo de voluntarios me invitó a Santiago del Estero, a una escuela albergue. Yo iba con la idea de hacer orientación vocacional, de ayudar a los más destacados. Pero la directora nos frenó en seco: “Acá lo que necesitamos es alguien que trabaje con los que están en riesgo de no terminar la escuela, con los que nadie elige”. Esa frase me atravesó. A los pocos meses, me mudé y empecé a vivir con esos chicos. Ahí descubrí lo que es la pobreza real, no la de los informes, sino la que te obliga a enseñarle a un niño a usar un inodoro, una cama o a bañarse con un balde. Me cambió la vida para siempre.

- ¿Cuál fue el hecho que te marcó para involucrarte tan profundamente?

- Una tarde visité a una mamá que había estado internada con su beba. La hija mayor había dejado la escuela para cuidar a los hermanitos. Cuando la vi, la beba tenía tres meses y pesaba apenas dos kilos. Al hablar con la madre, me explicó que le daba leche diluida con agua, creyendo que era leche en polvo, como le habían indicado en el hospital. Dos semanas después, la beba murió. Me costó mucho procesarlo. Me di cuenta de que esa mamá no sabía cómo cuidar a su hija, no por falta de amor, sino por falta de herramientas. Sentí una enorme responsabilidad. No podía haber tenido tantas oportunidades y no hacer algo por esos chicos que nacen sin ninguna.

- ¿Por qué es tan difícil revertir la desnutrición infantil en estos contextos?

- Porque la pobreza condiciona desde antes de nacer. La desnutrición tiene tres variables que la agravan: la edad de inicio, la duración y la gravedad. Si un chico empieza a estar desnutrido desde los primeros meses de vida, si esa situación se prolonga y es severa, el daño puede ser irreversible. El cerebro se desarrolla principalmente en los primeros años y, sin nutrición, salud ni estimulación, ese desarrollo se ve fuertemente afectado. Después, aunque haya esfuerzo, el aprendizaje se dificulta y las oportunidades se alejan. Por eso decimos que cuanto antes se intervenga, mejores son las chances.

"Pasaba el tiempo y ellos empezaron a tratarme como su mamá"

Empezó a pasar el tiempo y ellos empezaron a tratarme como su mamá y yo a considerarlos mis hijos.

- ¿Cómo fue tu camino para convertirte en mamá de siete chicos de contextos tan extremos?

- Fue algo que se fue dando. Cuando vivía en Añatuya, me pidieron que recibiera a unos chicos que habían sido separados de su familia por situaciones de violencia. No había hogares disponibles y los terminé cuidando en mi casa, como algo temporal. Llegaban con miedos muy profundos, escondían comida por temor a no tener al día siguiente, se peleaban con cuchillos. Después llegaron dos nenas de una comisaría: su padre había matado a su madre. Llegaron rapadas, con los pelos arrancados. Yo tenía 26 años. No estaba en mis planes ser mamá de tantos, pero sentí que no podía dejarlos ir. Con el tiempo empezaron a llamarme “mamá”, y fue natural empezar a considerarlos mis hijos.

- ¿Cómo fue para tu pareja aceptar esa familia que ya habías construido?

- Cuando conocí a mi actual marido, yo ya vivía con los chicos. Él vivía en Buenos Aires. Cuando decidimos formar una familia, le conté mi historia. Le dije que yo ya era mamá de siete. Y él, con una generosidad enorme, me dijo: “Vamos para adelante”. Cuando nos casamos, nos mudamos todos juntos a Buenos Aires. Después tuvimos cuatro hijos biológicos y él ya tenía una hija, así que hoy somos una familia ensamblada, enorme, diversa y profundamente unida.

- ¿Qué es lo más desafiante de criar a once hijos?

- Cada uno necesita algo distinto. Lo más difícil es poder estar presente emocionalmente con cada uno, darles tiempo de calidad. No es lo mismo lo que necesita un bebé que un adolescente. Hay que estar disponible, hablar de temas difíciles, contener, cuidar. Además, muchos de mis hijos vivieron situaciones de violencia, y parte del desafío es enseñarles a vincularse desde el respeto, a resolver conflictos sin reproducir lo que vivieron. Eso requiere tiempo, paciencia y un acompañamiento muy activo.

- ¿Cómo combinás tu maternidad con el trabajo en Haciendo Camino?

- Tengo la suerte de trabajar en algo que me apasiona y de tener flexibilidad. Busco a los chicos del colegio, almorzamos juntos, voy a los actos. A veces tengo que viajar al norte, y ahí nos organizamos con mi marido. En Haciendo Camino tenemos 14 centros, más de 200 personas trabajando y más de 100 voluntarios. Trabajamos en mejorar viviendas, poner baños, paneles solares, tapar tanques. Cada niño tiene un padrino que financia su tratamiento. Es muy exigente, pero muy gratificante también.

Visitaba a los que habían dejado para que vuelvan a estudiar

Yo visitaba mucho a los que habían dejado para tratar de que vuelvan a estudiar.

- ¿Qué aprendiste en estos años de trabajo y maternidad?

- Que no vamos a cambiar el país de un día para el otro, pero sí podemos cambiar la historia de alguien. Y eso ya es muchísimo. Termino el día agotada, claro, sobre todo a las siete de la tarde, que es el momento más caótico. Pero también me voy a dormir feliz. Sé que estoy haciendo algo que tiene sentido, y eso me da fuerzas. Trato de que mis hijos crezcan con conciencia social, que no se olviden de dónde vienen y que aprendan a valorar lo que tienen y a compartirlo.