Caso Ángel López: después de cada tragedia, todo parece claro
El caso del niño Ángel López expone una falla repetida: las señales estuvieron, pero la protección no llegó a tiempo y la reacción volvió a ser tardía.
Ángel López.
Archivo.El caso de Ángel López vuelve a exponer una falla estructural de la sociedad: entiende cuando ya es demasiado tarde. Después de cada tragedia, todo parece evidente. Pero ese justamente el problema. El caso de Ángel López, un niño de 4 años muerto en un contexto de violencia, vuelve a mostrar una estructura que ya conocemos demasiado bien.
Después del hecho, aparecen las explicaciones, las responsabilidades, la indignación, las reconstrucciones. Todo encaja. Todo parece adquirir sentido de golpe. Luego se irá desvaneciendo como nos recuerda la frase que no hay nada más antiguo que el diario del día anterior. Pero antes, nada llamó la atención… a pesar de las señales que gritaban su pedido de ayuda. Antes hubo señales. Hubo conflictos, advertencias, intervenciones, indicios que, vistos retrospectivamente, hoy resultan imposibles de ignorar. En el área forense vemos con “el diario del lunes”, todas las señales, y más grave, como se pudo haber evitado Y, sin embargo, nada de eso se transformó a tiempo en protección efectiva. No faltó información. Faltó lectura, escucha. Y, sobre todo, faltó actuar cuando todavía era posible.
En la mitología griega hay una forma simple y poderosa de entender este fracaso. Dos hermanos, Prometeo prevé. Epimeteo entiende pero después. Así Epimeteo abre la caja de su mujer, Pandora y ya sabemos lo que paso, Sabia que no debía abrirla. Uno piensa antes del daño; el otro, cuando el daño ya ocurrió. Y siente culpa, pero ya es tarde. Nuestra sociedad se parece cada vez más a Epimeteo. Reacciona con gran despliegue moral, judicial y mediático cuando la tragedia ya se consumó, pero se muestra torpe, fragmentada o ciega cuando todavía había margen para prevenirla.
Por eso el caso de Ángel no conmueve sólo por su brutalidad. Conmueve porque activa una memoria reciente: Lucio Dupuy aparece casi de inmediato. También allí hubo señales. También allí, vista en retrospectiva, la historia parecía cargada de advertencias. Y también allí la reacción fue fuerte, contundente, pero tardía. Incluso hay una ley que no protegió a Ángel, quizás el fragor por promulgar leyes no alcanza a entender que luego hay que ponerlas en práctica.
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El problema es no se trata de hechos aislados, sino de un patrón
Cuando una sociedad repite la misma secuencia frente a la violencia infantil, señales previas, intervenciones parciales, comprensión tardía, deja de estar frente a excepciones. Está frente a una estructura. Y eso nos aleja de pensar en el caso, único, en la patología mental individual, para en caso de querer usar esa estructura, debemos pensar en temas psiquiátricos pero sociales que emergen en un punto pero definen a una sociedad fragmentada. Algo similar ocurrió durante la pandemia. Durante meses, la televisión convirtió la muerte en una contabilidad cotidiana. Cada jornada tenía su cifra. Cada pantalla repetía el número como una forma de medir la realidad. Pero mientras se contaban muertos, de varias otras patologías, pero solo se veía el Covid, sorprendentemente había dejado de morir personas por otros temas. Así mucho menos espacio ocupaban otros procesos que ya estaban deteriorando a la sociedad: la salud mental, el aislamiento, la desorganización familiar, el impacto sobre niños y adolescentes, la fragmentación del lazo social. Intentar abordar el tema era ser destinado al ostracismo, al exilio de los mediático. Mientras otras repetían sus mantras tan bien aprendidos, pero había todo tipo de cuestiones, entre ellas, menores encerrados en sus casos, que no morían de Covid sino de las consecuencias de su encierro.
La lógica es siempre la misma: entender después
Ese es el núcleo del problema. La evidencia no aparece sola. Las señales de riesgo no se presentan como certezas absolutas, sino como configuraciones ambiguas: relatos contradictorios, síntomas difusos, conflictos persistentes, intervenciones fragmentadas. Requieren una inteligencia capaz de actuar sin certeza plena. Y esa es precisamente la inteligencia que estamos perdiendo. En los casos de violencia infantil, esta falla adquiere una crueldad particular. Porque allí el tiempo no es un detalle. Es un factor decisivo. Intervenir tarde no es intervenir mal: muchas veces es no intervenir. Hay daños que no admiten reparación posterior. No hay comprensión tardía que devuelva lo que no fue protegido a tiempo.
Por eso la lucidez retrospectiva tiene un límite severo. Puede servir para narrar, para juzgar, para indignarse, para prometer reformas. Pero no salva a la víctima que quedó atrapada en el punto ciego de un sistema que sólo comprende plenamente después del desastre. La fragmentación institucional agrava todavía más ese problema. Cada actor posee una parte: la familia, un relato; la escuela, una conducta; la salud, un síntoma; la justicia, un expediente. Pero integrar esos fragmentos exige una decisión anticipatoria. Exige actuar antes de la prueba plena. Exige tolerar la incertidumbre.
Y allí es donde el sistema suele retroceder. Por eso espera. Y al esperar, llega tarde. Desde ya se escuchará “ hicimos lo que había que hacer”, ¿en serio?, o los resultados debieran plantera un profundo mea culpa, por parte de estas estructuras que veían lo que pasaba, pero repetían el manual ideológico aprendido. Tal vez el problema, sea éste: hemos perfeccionado el comentario posterior, pero no la anticipación. Somos eficaces para reconstruir la catástrofe una vez consumada, pero notablemente débiles para pensar en términos de prevención real. Somos comentaristas del desastre. Y el precio de esa falla no se paga en teoría. Se paga en cuerpos., en infancias, y en vidas que, una vez perdidas, sólo generan discursos tardíos.
Prometeo y Epimeteo no son, entonces, una digresión erudita. Son una clave para entender el drama contemporáneo. Una sociedad prometeica organiza, prevé, integra señales, sospecha a tiempo y protege antes. Una sociedad epimeteico cuenta muertos, reconstruye expedientes, se indigna ante cámaras y promete reformas cuando ya todo ocurrió.
La pregunta de fondo no es sólo qué pasó con Ángel López
La pregunta más incómoda es otra: cuántas veces más vamos a necesitar ver repetido el mismo horror para dejar de pensar después y empezar, de una vez, a pensar antes.
* Enrique De Rosa Alabaster es psiquiatra forense médico legista MN 63406. Presidente Asociación Argentina de Victimología
IG. @enriquederosa