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Cambiar conductas: El desprecio por las mayorías

Las mayorías, desde su ignorancia, son de andar violentando minorías. Pero hay un caso en el que la brutalidad se da a la inversa.

En las universidades, sin importar si en esas aulas se enseñan ciencias duras o blandas, las mujeres son más inteligentes.

En las universidades, sin importar si en esas aulas se enseñan ciencias duras o blandas, las mujeres son más inteligentes.

Fac. Ingeniería. Uncuyo.

Muchas veces, en distintas sociedades, hay (hubo y habrá) grupos mayoritarios de gentes que odian, minimizan y maltratan a las minorías. En nuestra “civilización”, esta discriminación la han sufrido (entre otros sectores) judíos, musulmanes, cristianos, negros, pueblos originarios, pobres, homosexuales, travestis, discapacitados y muchos otros grupos de humanos que han tenido la condición de ser pocos en una sociedad de muchos que, pensando que su mayoría los convierte en normales, ataca a esas “anomalías”, con distintas formas de violencia, desde verbales a físicas, pasando por varias categorías y situaciones, llegando en muchísimos casos (demasiados) a producir la misma muerte de esas personas, por el solo hecho de ser minorías.

En nuestra sociedad hay maltrato y desprecio

Esta ha sido y es una bestialidad, basada en la errónea lógica de uniformar a las sociedades desde el punto de vista de las mayorías. Pero lo que más me sorprende, y no deja de sorprenderme, es el maltrato que los varones heterosexuales ejercemos sobre las mujeres, que son la mayoría de personas que habitan en nuestra sociedad, y que en Argentina conforman el 52,8% de entre quienes vivimos en este bendito país. Esa violencia, cuando ocurre, somos de disfrazarla de hecho aislado, de acción cometida por un ser raro y no “normal”. Muchas veces, después de un femicidio, se dice que el asesino se comportó “como un animal”, lo cual para nada es cierto, porque los animales machos no son de andar asesinando a sus hembras, o al menos en mi escaso conocimiento creo que es así. Por el contrario, los varones humanos, aunque minoritarios en cantidad, somos de abusar de nuestro mayor tamaño físico promedio (ya que somos más grandes que las hembras, como en la mayoría de las especies animales) pero a esa mayor fuerza física que nos da la naturaleza, le sumamos la denominada “inteligencia” para ejercer sobre ellas todo tipo de discriminaciones.

PABLO GOMEZ1
No deja de sorprenderme el maltrato que los varones heterosexuales ejercemos sobre las mujeres.

No deja de sorprenderme el maltrato que los varones heterosexuales ejercemos sobre las mujeres.

Muchas veces comparamos al femicida con un animal

Y lo más grave es que, aunque cada vez menos, en nuestra sociedad está normalizada esta supuesta superioridad masculina, y más de uno acepta “rebajarse” a ser igualitario, porque al parecer está de moda. Pues vengo a traerles malas noticias a todos mis compañeros de sexo, género y elección sexual, varones heterosexuales hechos y derechos, bien machazos: los invito a observar el acto escolar de la Escuela de su barrio, o de la institución educativa que más les guste, y notarán que, salvo contadísimas excepciones, quienes llevan la bandera, y quienes las escoltan, son mujeres en la grandísima mayoría de los casos. Lo mismo ocurre en los colegios secundarios y en las universidades, sin importar si en esas aulas se enseñan ciencias duras o blandas, marcando una tendencia clarísima en relación a que las mujeres (siéntense por favor, no quiero heridos entre mis lectores varones) son más inteligentes que nosotros.

Son más inteligentes en el formato tradicional de la inteligencia, y son más inteligentes también para superar adversidades; son más fuertes además cuando les toca mantener a su descendencia, y solo van detrás nuestro cuando las obligamos, formal o tácitamente, a subordinarse al viejo y anquilosado poder del machismo, sobreviviente de un pasado en el cual la fuerza física varonil era fundamental para ejercer un trabajo o para defender a la familia en la guerra, lo que obligaba a las mujeres a una injusta sumisión de la que no podían escapar. Pero los tiempos han cambiado, y ya llevamos décadas y décadas en las que las mujeres pueden equiparar sus fuerzas con soportes tecnológicos, por lo que la supremacía varonil solo logra ser sostenida por la brutalidad individual de tipos que, solos o en manada, violentan derechos de mujeres, agreden a sus mentes, sus cuerpos y hasta les quitan la vida si es que no logran someterlas.

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Son más fuertes además cuando les toca mantener a su descendencia.

Son más fuertes además cuando les toca mantener a su descendencia.

El animal macho no mata a su hembra

Varones del mundo, uníos: demostremos nuestra inteligencia humana, y tratemos igualitariamente a las mujeres de nuestro entorno. Y no es algo que debamos hacer porque tengamos madres, esposas, hermanas o hijas, y no nos gustaría que a ellas las maltraten: es algo que tenemos que realizar simplemente porque corresponde, aunque no nos toque de cerca. Sin esperar aplausos a cambio, ni premios a la humildad. Muchos de nosotros, quizá todos (yo, al menos, me incluyo) hemos cometido injusticias contra mujeres por el solo hecho de que lo sean: hemos sido machistas. Pues bien, ha llegado la hora de pedir perdón y de cambiar. Nos ha llegado el momento de hacer una declaración pública, y a los gritos de ser necesario: pésame, mujer, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; me propongo firmemente no hacerlo más.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.

IG: @prgmez