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Breve descripción del paraíso, entre las penumbras de una siesta

No siempre la felicidad se encuentra en donde se la busca, ni necesariamente aparece en grandes y luminosos momentos.

Ella duerme, una vez culminados los escarceos amorosos, apoyada sobre el pecho de su hombre.

Ella duerme, una vez culminados los escarceos amorosos, apoyada sobre el pecho de su hombre.

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Ella duerme, una vez culminados los escarceos amorosos, apoyada sobre el pecho de su hombre. Que no es que realmente sea de ella, porque la verdad es que ambos son libres e independientes, pero se han elegido mutuamente, y se ofrecen exclusividades tales que bien puede decirse, quizá exagerando un poco, que son el uno del otro.

La verdad es que ambos son libres

Allí dormida, relajando, su respiración va cambiando, suavizándose por momentos, pero reforzando cada exhalación, hasta llegar, circunstancialmente, hasta algo parecido a un ronquido. Él la abraza y se mueve lo menos posible para evitar despertarla, porque sabe de lo frágil de ese dormitar que la pone a descansar de tareas cotidianas, ese sueño que está atento a un mensaje entrante en el celu, o al menor cambio en las condiciones del entorno.

Literatura 3
Ella sigue allí, relajando, con su perfil de mujer escasamente reflejado por la luz que se cuela entre las cortinas.

Ella sigue allí, relajando, con su perfil de mujer escasamente reflejado por la luz que se cuela entre las cortinas.

Ese sueño que está atento a un mensaje entrante en el celu

El tipo la observa, en su desnudez (la de ella) con la vista ya acostumbrándose a la penumbra, y no puede creer que una mujer así, de tamaña belleza física y espiritual, con tanta actitud y calidad humana, pueda estar dándole pelota. “Ella es tan linda… no puede durar” cantó cierta vez un juglar, declarando que no es ni la primera ni la única vez que un hombre pasa por esta situación, de sentirse bendecido por los dioses del olimpo. Pero en definitiva, está durando; y bien puede haberse confundido el poeta, o haber vivido una relación con final diferente, cómo saberlo. Ella sigue allí, relajando, con su perfil de mujer escasamente reflejado por la luz que se cuela entre las cortinas, declarando al mundo que su amor la contiene en el descanso, la abriga con su abrazo, y le permite escapar a través del sueño, aunque tan solo sea por un rato, de las miserias cotidianas.

Su cabello (el de ella) cae deliciosamente sobre el hombro del ser deseado, y los dedos de él lo acarician, suavemente, disfrutando y calmando a ese cerebrito que se reordena a escasos centímetros bajo su mano, mientras la respiración sigue marcando la profundidad del relaje. Quizá cuando ella despierte, piense equivocadamente que ha estado molestando a su compañero, o haciéndole perder el tiempo, ahí, sin hacer nada, atrapado bajo su cuerpo mientras ella descansaba. Difícil explicarle a esa persona (“la” persona) el placer, profundo y sincero, de poder estar velando el sueño de la mujer que se quiere, tarea que dista mucho de poder ser denominada como una pérdida de tiempo, y que se recomienda realizar, a quien guste aprovechar el consejo y tenga la suerte de tener en sus cercanías a una pareja hermosa, de esas que tienen una hermositud completa; porque pocas cosas hay más placenteras que tener la aceptación de “ella”, y la posibilidad de resguardarla, en silencio y sin grandes aspavientos, de las inclemencias del universo, aunque tan solo sea por un ratito, aunque el universo colabore y no intente dañarla, ese no es el punto: uno la protege y le permite descansar, que circunstancialmente haya o no cataclismos a evitar, es lo de menos.

Literatura 2
 El tipo la observa, en su desnudez (la de ella) con la vista ya acostumbrándose a la penumbra.

El tipo la observa, en su desnudez (la de ella) con la vista ya acostumbrándose a la penumbra.

La respiración sigue marcando la profundidad

Su brazo (el de él) se adormece bajo la cabeza de la mujer. Nada importa; es necesario mantener la inmovilidad para no molestarla, porque en definitiva, ¿qué es un simple brazo en comparación con la felicidad eterna? Ya veremos, en un futuro cada vez más cercano, cómo lo reavivamos, qué tan grave fue el daño, pero siempre con la certeza de que será menor en comparación al placer obtenido. Ella se despierta, suavemente, mira a su hombre a los ojos, y le dice:

-Ey, estás despierto… ¿en qué estás pensando?

Él le contesta, con una sonrisa de oreja a oreja, sin poder dejar de mirarla, quizá con un pequeño brillo en los ojos, que algún desprevenido puede llegar a confundir con lágrimas de alegría:

-En nada mi amor… en nada.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.

IG: @prgmez