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Año Nuevo y balas perdidas: cuando festejar también pone en riesgo vidas

Los disparos al aire no son tradición ni accidente: son una violencia tolerada que cada Año Nuevo deja víctimas invisibles y evitables.

Las balas perdidas son una forma de violencia sin destinatario, pero con víctimas reales.

Las balas perdidas son una forma de violencia sin destinatario, pero con víctimas reales.

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Llega un año nuevo se repite la misma escena. Brindis, música, fuegos artificiales y, en muchos lugares, disparos al aire. No hablamos de delincuentes ni de situaciones marginales. Hablamos de festejos familiares, reuniones entre amigos, celebraciones que buscan marcar un cierre y un comienzo. Lo que algunos viven como una forma de celebración es, en realidad, una de las prácticas más peligrosas y naturalizadas de nuestra cultura festiva.

Las balas perdidas no son hechos aislados ni accidentes inevitables. Son la consecuencia directa de una violencia ritual que seguimos tolerando, aun sabiendo que puede matar.

El origen del disparo festivo

Disparar al aire no nació como un acto criminal. Su origen está ligado a contextos bélicos y rurales, donde el arma funcionaba como símbolo de supervivencia, victoria y poder. El disparo era lenguaje. Anunciaba presencia, celebraba haber sobrevivido, marcaba dominio territorial. El ruido no era accesorio, era el mensaje.

Con el tiempo, cuando el Estado moderno monopoliza el uso legítimo de la fuerza, estos rituales no desaparecen. Se trasladan al ámbito privado, se informalizan y se vacían de sentido. El gesto permanece, pero el contexto cambia. Lo que antes ocurría en espacios abiertos hoy sucede en ciudades densamente pobladas, donde cada bala tiene un destino posible. La tradición persiste, pero ya no cumple ninguna función social positiva.

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La tradición persiste, pero ya no cumple ninguna función social positiva.

La tradición persiste, pero ya no cumple ninguna función social positiva.

Cuando la tradición se vuelve riesgo

Desde una mirada criminológica, las balas perdidas responden a una lógica de imprudencia consciente. No hay una víctima buscada, pero sí hay conocimiento del peligro. Quien dispara sabe que la bala no se evapora, que vuelve a caer y puede matar. Aun así, decide hacerlo. Por eso insistir en la idea del “accidente” resulta funcional a la impunidad cultural. No se trata de mala suerte ni de desconocimiento. Se trata de una conducta peligrosa que la sociedad aprendió a minimizar.

Las balas perdidas son una forma de violencia sin destinatario, pero con víctimas reales. Personas que estaban festejando, descansando, circulando por la calle o simplemente dentro de sus casas. La bala no discrimina y justamente por eso resulta tan letal.

Celebrar sin convertir la alegría en amenaza

Aceptar las balas perdidas como parte del paisaje de Año Nuevo implica asumir que la alegría puede expresarse a costa de la vida ajena. Llamarlo tradición no lo vuelve menos violento. Llamarlo accidente no lo vuelve menos evitable.

Tal vez el verdadero desafío cultural sea aprender a celebrar sin armas, sin imponer ruido, sin convertir la emoción en una amenaza para otros. Porque si cada Año Nuevo deja una víctima que nadie quiso dañar, tal vez el problema no sea la bala, sino la forma en que aprendimos a celebrar.

* Lic. Eduardo Muñoz. Criminólogo. Divulgador en Medios. Análisis criminológico aplicado a temas sociales de actualidad y seguridad.

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