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Adolescentes y bullying: mirar para otro lado es muy caro

La tragedia en Santa Fe nos llena de preguntas y tenemos que mirar a los ojos a esas respuestas: tenemos que hacer algo, esto no es saludable para nuestros hijos. Cómo orientarnos para hacer lo correcto.


En la mayoría de los casos, hubo señales, pero nadie las vio. Por momentos, la conmoción social frente a hechos de violencia extrema en adolescentes nos empuja a buscar explicaciones rápidas: “algo falló”, “nadie lo vio venir”, “fue un caso aislado”. Sin embargo, desde la mirada de la orientación familiar, estos episodios rara vez aparecen de la nada. Son, más bien, el desenlace de un proceso silencioso, acumulativo, donde hubo señales, pero no intervención.

Un adolescente que llega a un acto violento extremo no suele ser simplemente “un chico problemático”. Muchas veces es alguien que viene cargando durante meses o años una combinación de emociones difíciles de tramitar: bronca sostenida, sensación de rechazo, humillación, aislamiento, o una profunda desconexión emocional. Acá que entender algo: no siempre se habla esto que sucede. Muchas veces se calla, se repliega, la persona. simplemente deja de participar en todo lo que antes hacía. Y en ese silencio, muchas veces, se vuelve invisible.

Muchas veces se calla

La evidencia en salud mental adolescente viene señalando desde hace años el impacto del aislamiento y la falta de redes de contención. Según la Organización Mundial de la Salud, “uno de cada siete adolescentes en el mundo padece algún trastorno mental”, y muchos de ellos no reciben atención adecuada (OMS, 2021). Esto no implica que todos los jóvenes con malestar emocional desarrollen conductas violentas, pero sí marca un punto clave: hay sufrimientos que no están siendo vistos ni abordados a tiempo.

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Un adolescente que llega a un acto violento extremo no suele ser simplemente un chico problemático.

¿Cómo se ven estas señales y cómo actuamos en esos casos?

En la práctica cotidiana, los cambios bruscos de conducta, los comentarios violentos o fatalistas, el desinterés generalizado por todas las actividades (especialmente las sociales), las expresiones de enojo extremo o incluso contenidos agresivos en redes sociales o producciones personales, son las señales más relevantes de un malestar emocional que se está cultivando. También puede aparecer una historia previa de bullying, ya sea como víctima o como participante activo. El problema no es la ausencia de señales, sino la tendencia a minimizarlas.

“Es una etapa”… “ya se le va a pasar”…“son cosas de chicos”… Frases tantas veces repetidas, que no son más que mecanismos de negación, que tranquilizan momentáneamente a los adultos, pero dejan al adolescente solo con su malestar. Y el tiempo, en estos casos, esa soledad no suele jugar a favor. Aquí es necesario detenerse en un punto incómodo pero fundamental: el rol de los adultos. Tanto la familia como la escuela ocupan un lugar central y, sin embargo, muchas veces funcionan de manera fragmentada. En el ámbito familiar, puede haber presencia física pero no emocional: padres desbordados, con poco registro del mundo interno de sus hijos, con dificultades para poner límites claros y sostenerlos. En la escuela, los equipos suelen enfrentarse a limitaciones estructurales (alta cantidad de alumnos, falta de recursos, o protocolos que llegan tarde o quedan en lo formal) que causan que todas las acciones posibles queden en la superficialidad.

Los cambios bruscos de conducta son señales

En este contexto, las acusaciones cruzadas empiezan disparar las culpas de un lado hacia otro: la escuela señala a la familia, la familia señala a la escuela. Mientras tanto, el adolescente queda en un lugar de desamparo simbólico, sin adultos que logren articular una mirada conjunta sobre lo que le está ocurriendo. Se refuerza en su interior la idea de que es invisible, incluso habiendo pedido ayuda. La psicología del desarrollo ha sido clara en este punto: los adolescentes necesitan tanto contención emocional como límites consistentes. El psiquiatra Daniel Siegel sostiene que “la integración emocional y el acompañamiento adulto son claves para atravesar la adolescencia de manera saludable” (Siegel, Tormenta cerebral, 2014). Cuando estas condiciones no están, el malestar puede intensificarse y derivar en conductas de riesgo. Ahora bien, ¿esto significa que estos hechos son inevitables? No. Pero sí implica reconocer que la prevención no ocurre de manera espontánea. Requiere adultos dispuestos a involucrarse, a incomodarse, a mirar más allá de lo evidente.

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El libro de Daniel Siegel, "Tormenta cerebral"

Qué es lo que realmente necesitamos hacer

Escuchar en serio -no solo oír- es el primer paso. Frenar, prestar la mirada, el abrazo si es convocado, no comenzar con monólogos de “yo en mi época…” sino escuchar para conocer, entender y empatizar con la vivencia que nuestro hijo nos trae. Es sabido que los adolescentes son más difíciles para enganchar en dialogo abierto, por lo que cada oportunidad cuenta, no perder la ventana al dialogo por estar pegados a la pantalla (valido para padres e hijos). Tomar en serio el sufrimiento emocional de los chicos, aunque no encaje en parámetros “graves” a nuestra mirada adulta, para ellos sí lo es. No son adultos chiquitos: son personas en desarrollo, si queremos conocerlos verdaderamente, solo tendremos que escuchar. Involucrarnos en la vida de nuestros hijos implica eso, involucrarnos, meterle el cuerpo, la intención. Eso consume tiempo y energía, sí, pero no hacerlo puede ser catastrófico.

Algo muy importante: siempre intervenir frente al bullying, sin relativizarlo, ponerse en alerta, sostener límites claros, y construir espacios de diálogo real (con la escuela, con los otros padres y alumnos, con el circulo en el que esté sucediendo) son acciones concretas que pueden marcar una diferencia significativa. Pero, sobre todo, a tiempo. La pregunta, entonces, deja de ser qué falló en ese caso puntual, y pasa a ser otra, mucho más desafiante: ¿qué estamos haciendo —o dejando de hacer— en lo cotidiano para que un adolescente no llegue a sentirse completamente solo, invisible o sin salida?

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Siempre intervenir frente al bullying, sin relativizarlo

Siempre intervenir frente al bullying, sin relativizarlo

Porque más allá de la conmoción que generan estos hechos, la verdadera prevención no ocurre en los grandes discursos ni en las reacciones posteriores. Ocurre en los vínculos diarios, en las acciones cotidianas del día a día, en las conversaciones incómodas, en la atención a los detalles que parecen menores. Tal vez el punto más importante no sea entender por qué pasó, sino animarnos a mirar hacia adentro y preguntarnos, con honestidad: desde el lugar que cada uno ocupa, como padre, madre, docente o adulto referente, profesionales o medios de comunicación: ¿estoy realmente disponible para ver, escuchar e intervenir a tiempo?

* Lic. Milagros Ramírez. cadafamiliaesunmundo.com

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