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Adolescentes solos en un mundo complejo

Bullying, autolesiones y violencia no siempre hablan de adolescentes rotos, sino de un mundo adulto desbordado y ausente.


Cada semana, una noticia sacude la agenda: un caso de bullying que termina en tragedia, un episodio de violencia escolar, adolescentes que se autolesionan o que ya no quieren vivir. Entonces aparece la pregunta, casi automática: ¿qué les pasa a los adolescentes de hoy?

Durante años se construyó un relato que ubica a los jóvenes como el problema: frágiles, desmotivados, excesivos, “de cristal”. Sin embargo, cuando se corre el foco y se observa con mayor profundidad, emerge una hipótesis que nos incomoda: los adolescentes no están fallando, están expresando ,a su manera , las grietas del mundo adulto. Cuándo un adolescente necesita ayuda, lo esperable dentro de un sistema familiar disponible, es que la pida, sin demasiados rodeos. Los seres humanos estamos diseñados para pedir ayuda en momentos de crisis.

Cuándo esa ayuda no llega, o sienten que no pueden comunicar sus necesidades, comienzan a utilizar otras estrategias de auxilio: malas conductas, conductas de riesgo, bajo rendimiento escolar. Justo en este momento, los adultos, faltos de herramientas emocionales, interpretamos estas conductas como un desafío. Entonces ejercemos mecanismos de control, castigos o directamente, ignoramos. Porque “ya están grandes” y deberían poder organizar su mundo. Y justo en el momento en el que más nos necesitan los dejamos solos.

alumnos

¿Qué les pasa a los adolescentes de hoy?

El cerebro adolescente es aún muy inmaduro

La psicología del apego viene a contarnos que la regulación emocional es una habilidad que todavía sigue en desarrollo, por lo cual, sus figuras de referencia serán claves para ayudarlos a transitar las adversidades propias de la etapa y del contexto. No se trata de culpabilizar a madres y padres, sino de reconocer un fenómeno más amplio. Los adolescentes crecen en un contexto atravesado por la inmediatez, la hiperconectividad y la sobreexigencia. Un mundo donde todo sucede rápido, donde el éxito parece urgente y donde el descanso pierde valor. Pero, sobre todo, crecen en un entorno donde los adultos también están desbordados.

Padres y madres que llegan cansados

Preocupados, muchas veces sin herramientas para procesar sus propias emociones. Adultos que intentan sostener rutinas exigentes mientras lidian con ansiedad, incertidumbre económica y presión constante. En ese escenario, el tiempo compartido se reduce y la presencia emocional, la que no se reemplaza con pantallas ni con soluciones rápidas, empieza a escasear. Los adolescentes, en pleno proceso de construcción de identidad, necesitan algo muy específico: referentes estables y emocionalmente disponibles. No adultos perfectos, sino coherentes. No discursos correctos, sino vínculos reales. Cuando eso falta, no siempre aparece en forma de pedido explícito. Muchas veces se manifiesta como enojo, aislamiento, conductas de riesgo o violencia.

Lo que se nombra como “problemas adolescentesbullying, impulsividad, desconexión, suele ser, en realidad, lenguaje emocional sin traducir. Una forma de decir: no sé qué hacer con lo que me pasa y no encuentro quién me ayude a entenderlo. A esto se suma otro factor clave: la transformación del espacio social. Las redes amplifican la comparación, la exposición y la validación externa. La escuela, por su parte, muchas veces queda exigida en un rol para el que no siempre tiene recursos suficientes: contener, educar y prevenir en simultáneo. El resultado es una red de sostén debilitada, donde cada actor intenta responder como puede.

violencia escolar

Los adolescentes crecen en un contexto atravesado por la inmediatez, la hiperconectividad y la sobreexigencia.

Insistir en que “los adolescentes están peor” puede ser simplista

Tal vez no estén peor: están más solos emocionalmente en un mundo que se volvió más complejo. La pregunta, entonces, cambia. Ya no es qué les pasa a ellos, sino qué nos está pasando a nosotros como adultos.

  • ¿Qué lugar tiene la escucha en la vida cotidiana?
  • ¿Qué espacio hay para el vínculo sin urgencia?
  • ¿Cuánta coherencia existe entre lo que se dice y lo que se hace?

Asumir esta perspectiva no implica cargar con culpa, sino con responsabilidad. Porque si los adolescentes expresan el malestar, también es cierto que los adultos tenemos un rol insustituible en la respuesta. En tiempos donde las soluciones rápidas abundan, este enfoque puede parecer insuficiente. Pero es, justamente, en esa aparente simplicidad donde reside su potencia. Porque un adolescente no necesita padres perfectos, los chicos necesitan que dejemos de mirar para otro lado y que los ayudemos a dejar de sufrir.

* Brenda Tróccoli. Coach ontologica. Especialista en crianza y familias. Autora “El nudo invisible” (Ed. Planeta 2025) Puericultora.

familiaspoderosas.com