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Aarón, el niño huarpe que sabe cosas que Google ignora

En el secano de Lavalle, donde el agua es un bien escaso, un niño huarpe vive su vida haciendo convivir polvo con pixel y saberes ancestrales con Google.


Aarón levanta la vista y comenzamos a caminar por el desierto del monte de Lavalle, allí donde nació, vive sus días y despliega sus aventuras. Avanza suelto de cuerpo, con un palo en la mano, como quien camina por el patio de su casa. A los pocos metros, a los cinco minutos, yo ya estoy perdido: cualquier lugar puede ser otro lugar, como sucede en todo laberinto. Un niño de diez años, parte de la etnia de los huarpes, sabe descifrar los senderos de los animales, los mensajes de las plantas, las estrellas en el cielo, los hitos referenciales del secano y, sin Google, dónde se planta el norte que siempre lo devuelve a casa.

El lugar parece deshabitado, pero el desierto sabe proteger a los suyos: zorros grises, ñandúes, pumas, liebres, vizcachas, siete cuchillos, piches, tortugas, gatos monteses viven allí confabulados en la épica de sobrevivir cara a cara con la escasez.

Llegamos a un bosque de chañares que, por el grosor de sus troncos, se remonta a fines del siglo XIX. A pesar de la edad, conservan su asombroso verde siempre joven y una suavidad indecible al tacto. Sobre uno de ellos, en lo alto, hay un nido, hecho con espinas agudas y palos de punta, impenetrable. “Son así para que las víboras no se coman los huevos; debe ser nido de chimango o de águila”, suelta Aarón, en voz baja, para no perturbar la posible incubación de huevos que no nos atreveremos a perturbar.

Mientras andamos, continúa: “la otra vez me crucé con una falsa coral y también con una verdadera y una cascabel, que son raras, una vez que buscábamos animales cerca del Troncoso”. El Troncoso es uno de los “puntos” del campo, un sitio de referencia, donde hay una duna alta, con un tronco seco para subirse a rastrear los animales del corral o familiares haciendo tareas.

Nosotros usamos los “puntos” para saber dónde estamos o dónde juntarnos. Hay otro que se llama “El pozo con Carrizo”, otro se llama “La bebida” y así...

Aarón en su mundo épico, lejos de Google y en lo que quedó del río. Foto Ulises Naranjo

Aarón sabe leer el monte y sus secretos. Esta es una enseñanza ancestral que no se ha perdido, porque la vida depende de esa lectura. El niño vive en un mundo inaudito que prácticamente ningún niño de ciudad conoce: el de las once comunidades huarpes del secano mendocino reconocidas por el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas. Allí, caen apenas unos cien milímetros de precipitaciones por año y por eso es uno de los sitios más áridos de Argentina.

A la vez, el niño es parte de otro mundo que se planta en las antípodas de sus conocimientos habituales, uno que irá manifestándose, conforme avancen nuestras caminatas en el desierto y las noches en familia. Aarón aprende, a la vez, dos abecedarios distintos, polvo y pixel, dos maneras de resolver el mundo y sus acertijos.

La memoria del desierto

Estamos en tierras huarpes de la familia Azaguate, en El Puerto, Lavalle, cerca del río donde los peces murieron tiritando con sus bocas abiertas. Estamos, más bien, junto a una cicatriz tumbera: seca, ancha, mal resuelta, que separa San Juan de Mendoza. Desde principios del siglo XX, el agua de los ríos se desvió para regar las ciudades capitales y sus oasis agrícolas y el complejo de lagunas de Guanacache, un millón de hectáreas de pura vida, fue condenado a la desolación.

Ahora mismo, caminamos por suelo arrasado. El GPS nos ubica pero no sabe qué hacer con nosotros y nuestro entorno: apenas somos un punto azul flotando en la nada virtual, la voracidad satelital que nos desprecia. Ese vacío digital quiere convencernos de que estando en medio del desierto, no existimos. Sin embargo, vaya si existimos, caminando serenos sobre la arena, entre plantas que son santuarios de la terquedad, que no saben mendigar favores, pero sí construir sus propias versiones de la belleza, una elegancia sobria, un deslumbramiento sin artificios.

Nos movemos sin tecnologías y conectamos con la naturaleza despojada y generosa. Los estímulos nacen de la contemplación y la acción: el desierto no entretiene, comparte presencia. No hay obra humana a la vista ni manufacturas para el consumo ni carteles publicitarios ni exigencia simbólica de credos que deban ser ejercidos. Aarón es un príncipe deslizándose sobre el polvo, con un palo en la mano, dirigiéndose hacia un punto del desierto que lo conecta con sus ancestros de otros siglos. Este niño y los de su sangre forman parte de una historia muy antigua de hombres y mujeres que aprendieron a subsistir en un territorio exigente y siguen haciéndolo día a día.

Aarón junto a Pablo, su padre y maestro en albañilería. Foto Ulises Naranjo

Mientras caminamos, el niño acepta algunas preguntas rápidas.

— ¿Qué querés ser cuando seas grande?

Albañil, como mi papá. Ya lo ayudé en una casa que estaba haciendo. Le pasaba las cosas y también iba hasta el río a traer agua en baldes. También hicimos un gallinero.

— ¿Tu papá, el Pablo, te está enseñando albañilería?

.

— ¿De qué equipo sos?

De Boca.

— ¿A qué escuela vas?

Acá, a la del puerto, la Máximo Arias. Vamos a la mañana y comemos ahí y nos quedamos un rato más después de comer y dibujamos o jugamos a la pelota o a que montamos caballos de palo. El otro día pasé a la bandera.

— ¿Tenés mascotas?

Tengo el caballo Charly Chaplin, el burro Jesús, la ternera Lolita, la gata Manchita, el pato Cristian, el cordero Lino, el potrillo Pájaro Loco, los perros son Chupete y Culebra. Y tengo una vaca, dos gansos, veinticuatro cabras, cuatro chivos, un piche y unas arañas tigre. Me gustan las arañas.

— ¿Y qué te gusta hacer?

Jugar con mis hermanos y mis primos a la pelota, en un arco que hicimos. Y también me gusta jugar jueguitos con el teléfono.

Niños huarpes del secano lavallino concentrados en un smartphone. Foto Ulises Naranjo

El monte se fractura

La última frase de Aarón queda resonando en el polvo y mi cabeza: “jugar jueguitos con el teléfono”. Entonces, el idilio bucólico con el monte se fractura. Luego de su detallado inventario animal, no esperaba esa respuesta. A Aarón le gusta jugar Minecraft y Plantas vs Zombies en el teléfono de su madre, el único de la casa. También mira videos de aventuras en la naturaleza y otros que le parezcan graciosos o de humoristas contando sus chistes. Aarón se orienta siguiendo Las Tres Marías y Youtube: polvo y pixel son los elementos de su destino.

La señal que baja de la antena satelital junto a la ruta vino a interpelar siglos de aislamiento. Al niño le tocó en suerte pertenecer a una generación bisagra: la que cruza rastros de pumas en la arena con algoritmos predictivos, plantas medicinales con ciencia ficción y viajes en el tiempo, cuevas activas de piches y vizcachas con aplicaciones y plataformas, quejidos de cabras pariendo en los rincones del corral con superhéroes de Marvel con trajes de aleaciones y nanotecnologías.

Está bueno, ahora con mis hermanos más chicos Alan y Nahuel podemos ver partidos de fútbol y películas. Mis favoritas son Madagascar, la Máscara y Rango, que es una de un lagarto que se viste de vaquero. Redes sociales no tengo, porque mis papás no me dejan hasta que sea grande.

El secano cambió; vaya si lo hizo. Hay electricidad y un acueducto que acerca agua a los ranchos —con exceso de arsénico, pero agua al fin—; la internet trajo pantallas y conectividad para organizarse ante las urgencias y la vida diaria. Silvia Azaguate, cacique huarpe, madre de Aarón y celadora de la escuela, es quien administra la dosis diaria de virtualidad al atardecer.

Hay que poner límites a los niños con las pantallas y transmitirles lo que sabemos, lo que nos enseñaron nuestros mayores. Es bueno estar comunicados y divertirse, pero no podemos olvidar quiénes somos —sentencia la mujer.

Aarón, junto a Silvia Azaguate y el fuego, en el desierto. Foto Ulises Naranjo

La noche llegará al campo con fiesta. Tendremos carnes sobre las brasas, pasteles fritos en una olla de hierro, vinos mendocinos y amigos con guitarras cuyanas, para que no falten tonadas, cuecas y gatos.

Los niños serán parte activa de la celebración, que durará horas. En algún momento de la noche, el cielo, que lucía cerrado, traerá la atípica bendición de la lluvia y hará que los pequeños salgan a la intemperie a mojarse con las bocas abiertas hacia el cielo para que el agua les acaricie las lenguas y las palmas de las manos, bajo la noche inmensa.

Es hora de dormir. El silencio es tan cierto que sólo se resuelve a través de un zumbido azorado en mis oídos, que interpreto como el hilo con que la noche termina de cerrarse en este santuario salvaje.

Matilde, la cacique

Ha amanecido hace un par de horas largas. Aarón, sus hermanos y sus primos están levantados y con una propuesta de nueva caminata. Después de unos mates con galletas junto al fuego, nos echamos a andar y, otra vez, el laberinto hace de las suyas: unir confusión y maravilla. La lluvia ha provocado que las plantas luzcan espléndidas. Estoy en las manos de un grupo de niños: Aarón, sus dos hermanos menores y un primo que no tiene más de cinco años y tampoco miedo de caminar algunos kilómetros por el desierto.

Aarón me conduce hacia el rancho en el que, apenas asomaba el siglo XX, una solitaria mujer huarpe, su tatarabuela Matilde Azaguate, regía los destinos de un paraíso al que bautizó El Puerto, un punto de intercambio de mercancías en las márgenes del entonces caudaloso hasta lo bravo río San Juan.

Tan bravo era el río que se llevó a Esther, una de las hijas de Matilde, cuando fue a buscar agua y nunca más se supo de ella —escuché anoche, entre tonadas y cuecas, de boca de mujeres huarpes junto al fuego.

Matilde era jefa de cuadrillas de hombres duros que llevaban y traían productos hasta el borde del río. Ella sola, sin pareja alguna, según defienden las mujeres de la familia, articulaba el comercio de la zona y, como no había puente, armaba y manejaba grupos de nadadores expertos que, sin remos, cruzaban una balsa enorme, de quince metros, de una margen a otra, unos cincuenta metros, a nado y tirando de ella con sogas, llevando leña y carbón y trayendo verduras, muebles, animales vivos como caballos, mulas y vacas, además de personas, por supuesto.

En los alrededores de su casa, aquel rancho solitario del que ahora quedan ruinas, había bosques interminables, decenas de lagunas con canales que las conectaban, cardúmenes luminosos de truchas y pejerreyes, maizales interminables, totoras generosas, quinoa y zapallos y porotos y muchos miles de huarpes viviendo sus vidas, con sus chozas, sus cerámicas y sus balsas, sus arcos, flechas y boleadoras, arpones para la pesca y atardeceres de reflejos inolvidables en el agua.

Todo aquel paraíso fue llevado al estrago y, sin embargo, los huarpes que sobrevivieron se quedaron allí, en su tierra, y todavía se hacen llamar “laguneros”, aunque las lagunas no sean más que vientres vaciados. Ya en 1999, estos parajes, por el valor ecológico que todavía conservan, fueron incorporados a la Lista Ramsar de Humedales de Importancia Internacional.

Los niños en las ruinas del rancho de Matilde Azaguate. Foto Ulises Naranjo

Acá vivía mi tatarabuela

El niño huarpe, me muestra lo que quedó del rancho: palos enterrados, parte de un techo que se sostiene a fuerza de dignidad y aún da sombra, una ramada que sostiene su derrota, restos de corrales y de un carro que, en otros tiempos trasladó valiosas mercaderías ante la atenta mirada de Matilde, la cacique de El Puerto, quien tal vez caminaba con un palo en la mano.

Transitando el laberinto

Los niños quieren seguir con la aventura. Están contentos, desierto adentro. No puedo evitar pensar en mi hija de once, quien recibe estímulos urbanos y educación esmerada, tan distinta y tan similar a estos niños: una y otros, atravesados por semejantes desafíos existenciales y ante un futuro que no da señales, sino que irrumpe sin prólogos, a través de las pantallas.

Otra vez, caminamos sobre la finura de las arenas de un laberinto como el del cuento de Borges, “Los dos reyes y los dos laberintos”, en el que “no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso”.

Los niños han elegido un camino distinto de regreso y damos con un médano. Cualquier lugar sigue pudiendo ser otro lugar. Paramos a descansar, pero no lo hacemos: jugamos un rato allí a la mancha, corriendo entre espinas de chañar, subiendo las dunas y bajándolas, esas formidables lenguas de arena de las que brotan zampas, retamos, piquillines, junquillos. Nos revolcamos lengua abajo y giramos y reímos.

Para Aarón y los suyos, el secano no es una versión del vacío: es como un libro escrito en un lenguaje distinto. Nada allí se ha perdido, simplemente es así. Ahora, siguiendo huellas de animales, los niños inauguran un sendero desconocido incluso para ellos, pero bajo la certeza de que los llevará a casa.

Luego de dejar a los niños, que están cansados y se entiende, vamos con Aarón hasta el río, a lo que queda de él. Está cerca, a unos doscientos metros. El bravo río San Juan es ahora un costurón dibujado sin esmero. Unos hilos de agua con salitre es todo lo que hallaremos.

A veces, después de una crecida, aparecen algunos peces, pero la sal es mucha y los mata.

Es cierto, lo he vivido en otro paraje del desierto: cuando hay potentes crecidas, algunas lagunas vuelven a llenarse y el paisaje se transforma drásticamente. Se puede intentar pescar y hasta nadar en esos espejos, rogando la suerte de no dar brazadas sobre espinas de los chañares, pero esa maravilla se da muy cada tanto; a veces, hay que esperar décadas.

Tejer la trama

El quieto paisaje se presta para volver al diálogo con Aarón.

— ¿Has visto animales salvajes?

He visto huellas de jabalíes y de pumas, que son muy malos, porque matan de a muchos animales del corral. Los he visto, pero ya muertos. Un hermano más grande que tengo y sus amigos los cazan con perros y boleadoras. No se usan armas acá.

— ¿Qué otras cosas te gusta hacer?

Me gusta dibujar y hacer cosas con barro y meterlas al horno.

— ¿Qué te gustaría tener?

Una Play Station y una pileta de lona para bañarnos en el verano.

— Tu mamá no quiere que estén mucho enchufados con los jueguitos…

Sí, un rato cada uno, le hacemos caso. Ella quiere que aprendamos otras cosas, como tejer en el telar de palos. Todas las mujeres saben y ahora lo están enseñando a los hombres. Mi papá está aprendiendo.

El telar huarpe es una obra maestra. Son palos de un metro y medio, llamados estacas u horcones, incrustados en el piso de a pares, formando un pasillo de varios metros. Entre las estacas, hay palos cilíndricos, los travesaños, que se usan para enlazar los hilos de la urdimbre, manteniéndolos tensos y el piso funciona como bastidor. La lana se obtiene de ovejas y guanacos y las tejedoras más apegadas a la tradición fabrican tinturas con raíces de plantas, minerales y arcillas para teñir las madejas. La trama se va armando trenzando cientos de hilos unos a otros, una maravilla. Así, las familias huarpes crean mantas, ponchos, alfombras, alforjas y peleros para los caballos, jergones, cubrecamas y frazadas.

La cruzada de Silvia es que esa práctica cultural no se pierda, porque para perder, todo ya lo perdieron, empezando por el idioma, porque los conquistadores, además de armas y de cruces, trajeron la obligación de silencio, para que los vencidos no pudieran hablar de sus dolores. Drásticamente, el huarpe allentiac de San Juan y el huarpe millcayac de Mendoza, iniciaron su desaparición, lenguas que hasta recibían claras influencias del quechua, que llegó a estas tierras a través del Camino del Inca, que estas regiones integran.

Afanosas tareas de la Iglesia y los registros civiles hicieron que los huarpes fueran bautizados y llevados a renunciar a sus apellidos originarios. Y recibieron otros apellidos como Rodríguez, Martínez, Fernández. Muchos de ellos incluso empezaron a sentir vergüenza de ser “indios” y dejaron de hablar en sus lenguas originales.

La seducción de las pantallas

Iniciando el tercer milenio, la vida de Aarón y todos los niños huarpes del secano está mediada por la irrupción de la virtualidad y la información satelital, a través de la cual perciben no sólo un mundo que les resulta ajeno, sino también un mundo húmedo y atractivo al que no pueden acceder.

Cuando crecen, algunos jóvenes huarpes intentan cumplir el sueño de estudiar alguna carrera en la ciudad, como enfermería, docencia primaria, trabajo social, peluquería o guardaparques. Pocos lo logran, porque, como explica Silvia, “tienen que irse y prueban con trabajar en la ciudad, pero es difícil pagando un alquiler y además intentando estudiar algo. Muchos se vuelven porque extrañan la familia y el campo. Y se quedan acá viviendo de los animales y un poquito de juntar junquillo para las fábricas de quinchos y escobas, pero nos pagan 80 pesos por atado, o sea, nada”.

Aarón tiene catorce hermanos, si se cuentan los vínculos de sus padres con parejas anteriores. Aquí, en el campo, nadie vive junto a nadie porque espacio sobra, pero se tienen los unos a los otros, porque las vidas terminan vinculadas a partir de la necesidad de conseguir el sustento, construir un sitio propio e ir ayudándose en las inclemencias. Sin embargo, ahora, resulta que tienen a mano el mundo fascinante de allá lejos, de las ciudades, que los seduce a través de las pantallas.

Es el atardecer y, ahora sí, veo a Aarón con el smartphone. Es como otro Aarón, encarando batallas contra zombies o peleando con espadas contra enemigos impiadosos o viendo películas de The Avengers o videos musicales de raperos en yates del Caribe o en escaleras mecánicas de rascacielos de Nueva York o tripulando naves en planetas de otras galaxias. Aarón también es el que mira a Messi convertir goles ante multitudes encantadas o documentales sobre el cuidado de la fauna.

El niño se concentra, luce fascinado y deja de ser por un rato el príncipe huarpe que interpreta el monte, dueño de una identidad, una cultura nutritiva y ancestral. No obstante, es muy necesario que viva esos mundos virtuales, se los ha ganado también y mucho puede aprender de ellos.

No habrá vuelta atrás, ya sabemos cómo funciona. Internet en El Puerto no es amenaza, sino oportunidad de que la gente esté más informada y entretenida y con más herramientas a disposición para resolver los desafíos de la existencia en sitios extremos. Los huarpes no tienen por qué permanecer ajenos a las bondades de la inteligencia artificial, las películas de acción o de romances o los consejos para evitar enfermedades o accidentes.

Saber volver a casa

Aarón Sosa Azaguate pertenece a una generación única: una que todavía sabe leer el monte, pero que también aprende a deslizar un dedo sobre una pantalla. No es un peligro que el niño sepa de internet, sino que internet venga a reemplazar la experiencia de contacto con su entorno natural. A él, no hay pantalla alguna que le explique cómo es que se vuelve del desierto hasta su casa.

A este niño y los niños que viven con él les ha tocado en suerte vivir en el exacto momento en que dos enormes formas de aprendizaje se encuentran. Una de ellas es legado de sus antepasados, que han vivido en la zona desde hace muchos siglos. La otra llega a través de una antena que se conecta con satélites alrededor del mundo e ilumina una cautivadora pantalla. Una cultura oral milenaria acaba de ser visitada por internet y su intención es quedarse a vivir.

Aarón aún tiene para sí la posibilidad de elegir si quiere correr hacia los médanos o alimentar al caballo Charly Chaplin o meterse en una estación espacial de un planeta con su espada luminosa para luchar contra malvados engendros y dejar que un algoritmo le organice su día. Ojalá los años por venir no apaguen las pantallas, pero tampoco su lucidez y su confianza para leer en el secano la escritura de los senderos que dejan los animales de corral.

Sobre una duna despojada, hay un tronco y, sobre el tronco, un niño que atisba el horizonte y allá lejos, descifra un rancho cuya chimenea exhala un alfabeto de humo. El niño salta sobre la costra de la tierra, recoge su palo y lo apunta hacia el humo.

Aarón sabe cosas que Google ignora: cómo se quejan las cabras cuando paren, cómo luce la agonía de un pez en un charco de salitre, a qué huele el silencio antes de la lluvia, cómo se resuelve el intrincado laberinto del secano y a qué sabe el patay que se hace con harina de algarrobo y parece miel o azúcar negra, parece harina tostada o fruto seco, parece rancho familiar hacia el que siempre se regresa. Esto es, a fin de cuentas, la cultura: saber volver a casa.

Ulises Naranjo (texto y fotos)