A quemarropa: el Mundial 2026 y todo lo que vuelve en un abrazo
Siempre asocié un Mundial con reunirme con amigos a festejar, hasta que descubrí que la alegría más grande es esperar que mi hijo vuelva feliz a casa.
El Mundial 2026 es excusa para hablar de padres y de hijos. Imagen IA
ArchivoViendo el Mundial 2026, recuerdo cómo viví el Mundial de 1986: organizando juntadas con mis amigos, con asados, bebidas y la emoción desbordada a quemarropa. No podía haber mejor plan que mirarlo con mis amigos y después salir a festejar a las calles, hasta la noche y llegar cansado a casa, donde mis padres me esperaban con una cena caliente y un abrazo.
Hasta que fui más grande, en ningún momento pasó por mi cabeza que, tal vez, mis padres hubiesen querido ver esos partidos conmigo. Después, sí, viví partidos con ellos, casi todos con finales tristes, salvo aquel partido ante Brasil, con jugada de Diego Maradona y gol del Pájaro Caniggia. Jamás en mi vida olvidaré el abrazo que me di con mis viejos, en la cocina hogareña.
Ahora soy grande y aunque mis amigos siguen estando, cada quien organiza por su lado. De hecho, mi hijo de 22 años también organiza sus propios planes con amigos para ver estos partidos, mientras yo recupero viejas emociones y no evito ponerme feliz, porque Eliseo tiene un grupo de estupendos cabrones con quienes celebrar los días y las noches y ver el Mundial 2026.
Hace tres años, vimos con él y sus amigos la final del Mundial 2022 en casa. Yo no podía más de los nervios por algo que iba más allá de mi expectativa: en realidad, yo quería que Argentina ganara a Francia para que mi hijo y sus amigos vivieran esa alegría inmensa de saberse campeones, después de la tristeza vivida en la final de 2014. Por sobre todo, quería verlos abrazarse y gritar y llorar de alegría y que guardaran ese momento para el resto de sus vidas, tal como sucedió.
Desde que mi hijo nació y de que, años después, naciera mi hija, mi felicidad está subordinada a la felicidad de mis hijos. No es nada raro ni sublime lo que siento. Así le sucede a la inmensa mayoría de los padres, que son los buenos padres y madres, con sus hijos.
De todas las formas del amor, la única incondicional es la del amor de padres a hijos y supongo que luego se extiende a nietos. Ha de ser que proyectamos en ellos esto que somos y que marcha a paso firme hacia su disolución, al no ser, a parar la pata, morir, sin más.
Nuestros hijos son nuestros herederos, aquellos que nos recordarán. En el inmenso y absurdo universo que habitamos, morir es ser condenado al olvido, pero a todos nos pasará, tampoco es para tanto. Cuando seamos un puñado de cenizas, durante un breve lapso, habrá aún quienes recuerden que alguna vez existimos: nuestros hijos.
Hay epifanías que llegan tarde. La mía fue comprender que mis padres hubiesen querido ver los partidos de los mundiales conmigo, pero tal vez ya percibían que había empezado a dar los primeros aleteos para abandonar el nido.
Es de noche y todavía hay festejos callejeros tras el triunfo de Argentina ante Inglaterra. Vi solo el partido, como perro malo, porque mis dos gatos decidieron abandonarme después del primer grito. Podría haberlo visto con gente, pero preferí verlo solo. Cuando llegó mi hijo, nos dimos un largo abrazo y le dije que la cena estaba lista, empanadas al horno. Me dijo qué bueno, no sabés el hambre que tengo.

