"76", de Felipe Pigna: la dictadura, los desaparecidos y el duelo que Argentina aún intenta nombrar
El libro de Felipe Pigna, reconstruye el terror de Estado y expone cómo la desaparición forzada quebró la relación social con la muerte y la memoria.
Felipe Pigna, presenta su nuevo libro "76"
Archivo MDZEn su último libro, 76 (Editorial Planeta, 2026) Felipe Pigna, Profesor de Historia por el Instituto Nacional Joaquín V. González, no sólo reconstruye el inicio del terrorismo de Estado en Argentina, sino que deja ver algo más sutil y persistente: la forma en que la dictadura alteró la relación de toda una sociedad con la muerte, el duelo y la memoria.
El quiebre no fue únicamente político o institucional; fue, sobre todo, profundamente humano. Hay una frase que resume esa ruptura con una claridad brutal. Cuando al dictador Jorge Rafael Videla le preguntaron por los desaparecidos, respondió: “No está ni muerto ni vivo, está desaparecido.” No es un eufemismo. Es una definición. Y, más aún, una confesión del método. Durante el Proceso de Reorganización Nacional, la desaparición forzada no fue un exceso ni un desborde: fue una política deliberada. Nombrar a alguien como “desaparecido” implicaba expulsarlo del orden de lo humano reconocible. Sin cuerpo, sin acta de defunción, sin rastro, esa persona quedaba fuera incluso de las categorías básicas con las que una sociedad procesa la pérdida.
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La dictadura alteró la relación de toda una sociedad
La muerte, en condiciones normales, habilita rituales: velar, enterrar, despedir, decir. La desaparición, en cambio, suspende todo eso. Instala un vacío que no es solo ausencia, sino incertidumbre permanente. Y ese vacío no es neutro, es una forma de violencia que se prolonga en el tiempo. El duelo, tal como lo entendemos, implica un trabajo (así es como lo propone Freud en su artículo “Duelo y Melancolía”), reconocer la pérdida, atravesar el dolor, reorganizar la vida en ausencia del otro. Pero ¿cómo hacer ese trabajo cuando no hay confirmación definitiva? El desaparecido queda en un umbral ambiguo entre la vida y la muerte. No está, pero tampoco puede ser plenamente despedido. Por eso, más que un duelo inconcluso, lo que se configura es un duelo suspendido.
Ese impacto no se limita a las familias directas. La desaparición forzada es, por definición, un trauma social. Rompe un pacto básico: el de que la vida humana tiene un valor y que su pérdida será reconocida. Cuando ese pacto se quiebra, toda la sociedad queda afectada. Se instala el miedo, pero también algo más profundo: una dificultad para simbolizar la pérdida, para nombrarla, para procesarla. Frente a esa ruptura, Argentina fue construyendo —con tensiones, avances y retrocesos— formas de elaboración colectiva. Las rondas de las Madres de Plaza de Mayo y la búsqueda incansable de las Abuelas de Plaza de Mayo no fueron solo actos de denuncia. Funcionaron también como rituales alternativos. Caminar en círculo, repetir nombres, sostener fotos: allí donde no hubo tumba, hubo plaza; donde no hubo cuerpo, hubo memoria activa.
Argentina fue construyendo
Algo similar ocurre en espacios como la ESMA, donde el horror se vuelve narrable. Y narrar es fundamental: poner en palabras lo sucedido permite que el trauma deje de ser repetición muda y se transforme en historia compartida. No es casual que la consigna haya sido “Memoria, Verdad y Justicia”: sin verdad no hay relato; sin justicia, el relato queda herido. El Juicio a las Juntas marcó un punto de inflexión. No cerró las heridas —probablemente nada pueda hacerlo del todo—, pero estableció algo indispensable: el reconocimiento público del daño. Nombrar a los responsables, escuchar testimonios, construir una verdad judicial: todo eso permitió reinscribir el dolor en un marco social que lo valida.
Sin embargo, sanar no es olvidar. Tampoco es superar en el sentido de dejar atrás. En este caso, la sanación tiene más que ver con integrar que con cerrar. Se trata de encontrar una forma de vivir con esa ausencia sin que lo arrase todo. En el plano individual, eso implica muchas veces procesos largos, incluso transgeneracionales. Hijos y nietos de desaparecidos heredan no solo historias, sino también silencios, preguntas sin respuesta, duelos no elaborados. Trabajar esas marcas supone reconstruir lo que fue interrumpido.
En el plano colectivo, la memoria cumple un rol central
Cada vez que una sociedad recuerda, no solo evita la repetición: también le da un sentido a lo ocurrido. Recordar no es quedar atrapado en el pasado, sino sostener una ética en el presente. Tal vez, entonces, la pregunta no sea cómo cerrar ese dolor. Porque hay dolores que no se cierran. La pregunta es otra: cómo convivir con él sin que destruya, cómo transformarlo en una fuerza que sostenga valores comunes. La frase del dictador Videla, buscó instalar una ausencia sin nombre, sin entidad, sin humanidad: alguien que “no está”. Décadas después, la respuesta de la sociedad argentina fue, y sigue siendo, exactamente la contraria, nombrarlos, recordarlos, hacerlos presentes.
Porque frente a la desaparición no es sólo recordar
Es una forma de justicia. Y también, quizás, la única forma posible de duelo. De lectura indispensable, el libro de Felipe Pigna resulta un modo continuo de ejercitar y mantener nuestra memoria activa. Invito a todos los lectores a escucharlo personalmente el 22 de abril a las 18.00 hs en la Escuela Clínica de Psicoanálisis en la sede de la Alianza Francesa de Palermo, Billinghurst 1926. Allí estaremos con la participación de Cynthia Wila, Silvana Zaccaro y Carlos-Gustavo Motta. Los esperamos. La entrada es libre y gratuita.
* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.