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Un siglo de éxito: la historia de las heladerías Soppelsa en Mendoza

Soppelsa es indudablemente un pedazo identitario de Mendoza. Es sinónimo del encuentro. En cualquier barrio; en cualquier calle; en cualquier sucursal. Aquí, un repaso por su rica historia.
Cerró uno de los locales emblemáticos de Soppelsa Foto: Santiago Tagua / MDZ
Cerró uno de los locales emblemáticos de Soppelsa Foto: Santiago Tagua / MDZ

Mendoza siempre tuvo una rica tradición en la industria de la heladería. Y si bien el origen del helado se remontará a Medio Oriente y llegará a la Europa medieval de la mano del viajero Marco Polo, será Venecia la cuna del helado europeo. Precisamente de esa zona italiana, varios siglos después arribaron los Soppelsa a Mendoza para fundar una verdadera marca iconográfica en el corazón de la memoria mendocina. Decir Soppelsa en Mendoza, es decir helados. 

A tal punto están identificados los Soppelsa con la región del Veneto, que su propio apellido nació con una fuerte rúbrica que los caracterizará de por vida. Aquella centenaria familia es oriunda de Forno di Zoldo (Veneto), villa enclavada en las proximidades del Monte Pelsa; así los primeros pobladores del pequeño condado fueron reconocidos como los que vivían en la zona baja del Pelsa. “So” puede ser interpretado en italiano “como los de abajo”, por ende, los “so – pelsa”, eran los que moraban debajo de ese monte.

Aquella tradición como heladeros

Una noticia reciente conmocionó a la sociedad mendocina: cerró el histórico Soppelsa de la emblemática esquina de calles Las Heras y España. Lo que no implica que el apellido Soppelsa desaparezca del mundo del helado, y menos aún que las decenas de franquicias Soppelsa que cubren distintos lugares de Mendoza dejen de deleitarnos con sus manjares. Existen tres marcas independientes entre sí de esta familia: “Soppelsa Helados”, “Soppelsa Hermanos” y “Dante Soppelsa”. Cada una de ellas con su proyección y características propias.

Pero empeñados en buscar los orígenes de los Soppelsa en Mendoza sostendremos que el calificado oficio de heladeros lo tomaron de unos parientes que vivían en el pueblo de Gras (frontera entre Italia y Austria). Así fue como, primero Pedro, luego Güerrino, hermanos ambos, serán los primeros que se embarquen a “hacerse la América” llegando a Buenos Aires por la década del 1920. 

Cerró el local ubicado en la esquina de Las Heras y España.
Santiago Tagua / MDZ

Y desde el puerto rioplatense, tras una incursión por San Juan, Güerrico que había llegado solamente con su hijo Ernesto, decidió afincarse definitivamente en Mendoza, para abrir su primera heladería en la capital mendocina en 1927. El lugar con piso de tierra, que servía de fábrica y venta al público de helados, estaba ubicado en Avellaneda y Belgrano. 

Por ese tiempo como nota curiosa, solo podían vender helados de cacao y limón. Los controles municipales eran muy severos, ya que existía un trágico antecedente de 1926 donde en la consagrada heladería “Atenas” sobre la calle Las Heras (“la calle de la estación”, que por ese tiempo tenía un boulevar central) se había producido una intoxicación masiva que se cobró vidas. 

Pero existió un antecedente destacado sobre el empírico inicio en el rubro. Por ende, podríamos exponer que, tras el ya comentado arribo a Buenos Aires, su corta estadía en San Juan, ante de esa heladería de Avellaneda y Belgrano, el primer lugar de Güerrino Soppelsa en Mendoza fue en Cacheuta, donde trabajó de obrero y que, como un complemento de las labores de peón, en las temporadas de verano se trasladaba a Luján de Cuyo para vender helados con aquellas recetas caseras y artesanales traídas del Veneto.

Lo cierto será que las ventas de los Soppelsa cobraron mucha popularidad pues fueron precursores en la venta callejera que les dio una notoria masividad. Los lugares de esparcimiento de la ciudad siempre encontraban un cucurucho de Soppelsa, ya sea el Cerro de la Gloria, Los Portones del Parque o la Plaza Independencia. 

È arrivato Ferruccio

Al tiempo de ya estar instalados en Mendoza, Güerrino y su hijo Ernesto, llegará el resto de la familia: la madre y los pequeños Italo y Ferruccio.

Ya había inaugurado un nuevo emprendimiento en España y Las Heras (1930), y a los años abrirá el clásico de Emilio Civit y Belgrano (1954).

El local era uno de los emblemas, pero sigue habiendo una gran cantidad de sucursales funcionando.
Foto: Santiago Tagua / MDZ

A partir de ahí comenzará una verdadera multiplicación del prestigio adquirido y también de los emprendimientos familiares con la impronta propia de sus sucesores. Se extenderán las franquicias y, la bien ganada fama de la familia y de sus exquisitos helados, llenará miles de recuerdos que cruzan cuatro generaciones de mendocinos. 

La rama familiar de Ítalo no continuará demasiado tiempo en el rubro; pero si la de Ernesto, proseguida por Dante y su esposa Noelia, quienes abrirán la sucursal en calle Lavalle 24 de Ciudad. Una cuarta generación de esta rama estuvo representada por Flavio y sus hermanas.

Mientras que la línea de Ferruccio tiene en Héctor y sus cuatro hermanos (con 18 franquicias) la continuidad histórica de una familia que hace rato dejó de definirse solamente por su apellido: Soppelsa. Y por su rubro: los helados. 

Soppelsa es indudablemente un pedazo identitario de Mendoza. Es sinónimo del encuentro. En cualquier barrio; en cualquier calle; en cualquier sucursal. Es la cita obligada de los primeros pasos de un noviazgo. Es el postre de la reunión. Es la tertulia de los trasnoches. Es la convocatoria ineludible de los adolescentes. Es el abuelo que lo visitó a Soppelsa en sus cuatro facetas de vida: cuando pibe en sus años mozos; con su helado de chocolate y naranja para presumir a su amada; con sus hijos que se “enchastraban” la camisa nueva; y con su nieto, sentado en la mesita de la vereda, hablando de mil glorias pasadas, compartiendo un barquillo, emocionado, feliz, ultra permisivo, “chocho”, disfrutando cientos de gustos nuevos a los que nunca se imaginó pedir. Con esa cucharita que ayer de joven temblaba por la pasión y hoy se deshace de orgullos y emoción. 

Innegablemente, hay lugares que marcan la historia mendocina. Soppelsa es uno de ellos. Una huella insoslayable que cruzó nuestras vidas.