Día del Caballo: herramienta para el trabajo y compañero ideal
No podría pasar un 20 de septiembre sin recordar a este extraordinario ser que es el caballo, otrora “devorador de latitudes” con participación en conquistas territoriales del mundo y protagonista absoluto de la historia de la civilización.
La proeza cumplida por nuestros criollos “Gato” y “Mancha” ha inducido a la Federación Ecuestre Argentina, a impulsar que el caballo tenga su día, en Argentina, lo cual fue instituido el 20 de septiembre por Ley 25125, sancionada el 4 de agosto de 1999, en conmemoración a la hazaña cumplida por estos dos caballos criollos de don Emilio Solanet que, en esa fecha del año 1928, llegaron a Nueva York, llevados por el suizo Aimé Félix Schiffelly, luego de casi tres años y medio de marcha, con 504 etapas, atravesando trece naciones, con un promedio de marcha de 46 kilómetros por día demostrando las cualidades de la raza.
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El caballo genera una particular empatía por su forma de ser, digno de ser amado. No sabe de egoísmos, mezquindades, venganza, odio, resentimiento, malas intenciones, engaño, fraude, hipocresía, discriminación racial, social, corrupción, ambiciones materiales superfluas, competencia injustificada, conflictividad con sus congéneres, etc. El caballo, como el perro, vive el presente. Por lo tanto, no resulta exagerado decir que a su lado, podríamos aprender no solo a ser mejores personas, sino a resolver muchas situaciones de nuestra vida cotidiana.
No es por naturaleza, agresivo; es sumiso pero muy inteligente y con sentido de cooperación. Solo demanda confianza. Con frecuencia usamos para él, el calificativo de noble. La RAE, cita cinco o seis acepciones para la palabra noble y la más cercanamente aplicable al caballo, sería “estimable”; pero decir que el caballo es un ser estimable, es decir muy poco...; el caballo genera un sentimiento mucho más grande que la estima.
Por lo tanto, entiendo que, tratándose de un ser digno de ser amado, el calificativo más apropiado para él, debiera ser amable o adorable ya que, con sentido figurado, adorar, es amar en extremo; y el caballo, genera eso... amor inmenso. Y así lo sentimos, un ser adorable, poseedor además de la mayor belleza esperable en un animal y una mirada única sin considerar, claro, la expresividad de la mirada de nuestro otro gran amor: el perro.
Podría parecer una exageración decir que la relación con él, se acerca a lo sublime, pero no lo es, ya que “sublime” es: algo extraordinariamente bello que produce una gran emoción. Y ahí está el caballo, generándonos una gran emoción. De modo que, el calificativo de “fanático por los caballos”, es inadecuado, ya que el fanatismo en cualquier ámbito, incluye irracionalidad.
La belleza del caballo, cautivó siempre al humano; su mirada mansa que no puede pasar inadvertida, es un bálsamo, para cualquier mortal; es transmisora de las más sanas intenciones y modalidades dignas de ser emuladas. Tocarlo, acariciarlo, genera una emoción particular. Eso es el caballo.
Vaya para él entonces, nuestro homenaje en su día. “Se ha creado una Edad de Piedra y una Edad de Bronce, que marcaron el paso de la vida salvaje a la bárbara; se debe al hierro el comienzo de la civilización; ha debido crearse también, la Edad del Caballo”. Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888).
* Hugo A. Funtanillas. Médico veterinario. Podología equina.