Los argumentos en la conversación pública: en vías de extinción
Así como la calculadora nos permitió completar a gran velocidad complejos cálculos, a la par que nos hizo olvidar de las operaciones involucradas en ellos, la Inteligencia Artificial está facilitándonos llegar con gran rapidez a resultados, sin necesidad de aprender los procesos. Se puede hacer cálculos estadísticos ignorando las leyes de las probabilidades y también programar una página web sin haber aprendido códigos de programación o traducir cualquier idioma sin conocer su gramática o diseñar hermosas presentaciones ignorando criterios elementales de diseño. La velocidad para obtener el producto se paga con la pérdida de la competencia sobre el proceso: las competencias cognitivas perdidas, podrían ser los planteamientos necesarios para calcular, traducir o diseñar. También puede afectar a nuestra capacidad de conversar con amabilidad y con razones.
Efectivamente, la revolución de los algoritmos y de la Inteligencia Artificial afecta también a la estructura lógica de nuestro lenguaje natural. En la tecno-cultura actual nuestras conversaciones cara a cara y aún nuestros razonamientos (los cuales se dan siempre por medio de palabras) son indiscernibles de nuestro continuo uso de los medios digitales, de las redes sociales, del WhatsApp o del ChatGPT.
En relación con el lenguaje público, asistimos en la actualidad a una notable pauperización de la conversación racional, de los planteamientos lógicos, de los argumentos. Efectivamente, en la conversación pública la argumentación parece una competencia en vías de extinción. Por supuesto que no hay que achacar toda la responsabilidad a las tecnologías de la comunicación. Estas están omnipresentes en el hogar, la escuela, la información pública, sí, pero no son determinantes de nuestros hábitos intelectuales. Lo que sí se puede es verificar una retroalimentación entre las conversaciones exaltadas y desestructuradas a las que asistimos en el entorno mediático digital y nuestras propias formas de informarnos y opinar sobre los temas públicos.
Es una gran pena que un consenso amplio conseguido sobre el rumbo del modelo económico del país, al menos en lo que se refiere a la prioridad de combatir la inflación y el déficit fiscal, a la vez que un visto bueno mayoritario a la desregulación de la economía se haya alcanzado con un discurso prevalente crecientemente agresivo, dogmático y muchas veces falaz.
En este mismo momento se está produciendo un cambio de fondo en las condiciones de posibilidad del debate público. Por un lado, el discurso del presidente cada vez más incivil y que apunta cada vez a más enemigos (los legisladores, los periodistas, los científicos), corre sus propios límites en materia de insultos vulgaridades, como en el discurso en Mendoza del viernes 6 de setiembre en el que, especialmente alterado, salió a contestar la carta de Cristina Kirchner. Afirman que a ella le gusta cuando el Presidente se enoja con los medios, pero Milei es aún más explícito que Cristina en sus agravios y denuncias a periodistas con nombre y apellido.
“El terrorismo verbal, los abusos de lenguaje, el sarcasmo encarnizado, no conducen a nada bueno. Más bien disponen en contra de quien recurre a tales expedientes. Vistos con objetividad, parecen recursos retóricos dirigidos a ocultar el hecho de que no se cuenta con buenos argumentos”, sostenía el prestigioso ex Juez de la Corte, Genaro Carrió.
Por otro lado, los trolls cada vez se exhiben con más impunidad. En una entrevista, Francisco Cerimedo, responsable desde la campaña de las granjas de trolls de Javier Milei, explica cómo se crea una relevancia artificialmente para algunas publicaciones auto laudatorias o profundamente negativas contra los opositores, con independencia de su interés público real y, agrego yo, de su verificada relación con la verdad de los hechos. En la postverdad, verdad ya no quiere decir adecuación con la realidad, sino con la ideología desde donde se crea la narrativa. Esto produce una desregulación completa del discurso público. Hannah Arendt afirmaba que mentir constantemente no tiene como objetivo hacer que la gente crea una mentira, sino garantizar que nadie crea en nada. Santiago Caputo gestiona varias de esas cuentas furibundas, una de las cuales es la del gordo Dan que, a pesar de haber sustituido completamente los argumentos por la amenaza –incluso y sobre todo a los propios- recibió un Martín Fierro Digital.
En este contexto se están discutiendo en el Congreso algunos temas que hacen relación a la libertad de expresión y pueden cambiar estructuralmente las posibilidades de ejercer y crítica responsable y control sobre los abusos de poder. Uno de ellos es la reglamentación del Poder Ejecutivo de la ley 27.275 de Acceso a la Información Pública, la cual tiene por objetivo habilitar que “toda la información en poder, custodia o bajo control del sujeto obligado debe ser accesible para todas las personas”. La reglamentación altera ese objetivo de transparencia al redefinir lo que NO considera información pública como "aquella que contenga datos de naturaleza privada que fueran generados, obtenidos, transformados, controlados o custodiados por personas humanas o jurídicas privadas o por la ausencia de un interés público comprometido" y al crear la figura “abuso del derecho de acceso a la información pública”, contradictoria con el espíritu de la ley. Las críticas de numerosas instituciones sostienen que "no puede haber información privada de los funcionarios públicos”.
Si se presta la debida atención se verán operando muchos mecanismos que buscan condicionar el debate público. Ya existían, pero hoy se plantean a cara descubierta, aunque no todos. Por eso también es importante que se haya rechazado el DNU que pretendía asignar 100.000 millones de pesos, de fondos reservados a la Side, y así trabar posibles operaciones contra los límites que se quiera poner a los excesos del poder (no sólo de parte de los políticos, sino también de la Justicia o de los medios).
Además de buscar información verificada y opinión experta, es necesaria una continua alfabetización digital para que nuestro juicio crítico no sea arrasado por esta ola de abolición de los argumentos. Y estar atentos a cómo la convergencia entre el autoritarismo y la tecnología digital condicionan nuestra conversación racional.
* Damián Fernández Pedemonte (Profesor de la Escuela de Posgrados en Comunicación e Investigador del CONICET)