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Paternidad responsable: qué tan correcto ser amigos de nuestros hijos

¿Los padres podemos ser amigos de nuestros hijos? Al establecer una relación entre iguales, ¿se puede perder el control sobre los menores?

En la búsqueda constante de criar hijos felices en una sociedad en la que la amistad tiene un valor indiscutido, muchos padres nos planteamos el desafío de querer ser los mejores amigos de nuestros hijos. Un buen amigo es cercano, confiable, apoya incondicionalmente, es sincero, comparte y se comparte, escucha activamente, perdona, acompaña, se divierte. ¿No son acaso todas estas cualidades absolutamente deseables en un padre o una madre? Sin lugar a duda lo son. Compartir tiempo, emociones y experiencias con nuestros hijos, darles apoyo constante, escucharlos y comprenderlos les proporciona una base de seguridad y confianza. Les permite desarrollar una autoestima sólida y habilidades sociales fuertes. 

Sin embargo, aunque la cercanía es vital, los padres debemos recordar que nuestro rol implica también ser guías y modelos. En este sentido, la relación debe ser asimétrica. Somos los padres -y no los amigos- quienes tenemos la responsabilidad ineludible de educar; es decir, conducir a la plenitud a cada uno de nuestros hijos. Así, por un lado, tenemos que “nutrirlos” en todos los niveles: físico, afectivo, cognitivo, social y espiritual. Por el otro, les debemos marcar el camino, los debemos conducir y guiar, estableciendo límites y normas de conducta claras para que puedan vivir en armonía. Tenemos el gran desafío de ser accesibles, cercanos y comprensivos, pero a la vez, firmes y consistentes. 

Aunque la cercanía es vital, los padres debemos recordar que nuestro rol implica también ser guías y modelos. Foto: MDZ.

Los padres debemos recordar que nuestro rol implica también ser guías y modelos

Al igual que los padres con sus hijos, un entrenador es cercano a los jugadores de su equipo, los conoce en cuanto a sus virtudes y los aspectos que deben fortalecer. Los apoya, los alienta y los contiene. A su vez, los organiza, los guía, plantea desafíos, los hace ejercitar y les exige. Pero no está dentro de la cancha con ellos, sino que permanece afuera, para poder observarlos con cierta distancia y mantener la perspectiva para, así, poder guiarlos. ¿Qué pasaría si el entrenador entrara al campo de juego? Claro está que perdería la objetividad necesaria para poder conducir a su equipo al triunfo. 

Del mismo modo, ponernos a la par de nuestros hijos, queriendo ser sus amigos dificulta el buen ejercicio de la autoridad, dificulta la crianza. Si los padres nos posicionamos como iguales, nuestros hijos sentirán la falta de una guía clara y consistente, fundamentales para su desarrollo pleno. Se sentirán inseguros y confusos. Los niños y adolescentes pueden tener un millón de amigos, pero solo tienen dos padres, y nos necesitan como figuras de autoridad para poder alcanzar la plenitud. 

María Victoria Steverlynck.

* María Victoria Steverlynck es profesora del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.