AMIA: yo llamaba a Diego, y él ya se había ido
Después de 30 años hay muchas cosas que ya no son como eran. La música la escuchábamos en cassette o como mucho en CD. Un peso era un dólar. Subíamos a los colectivos y nos daban un boleto. Los celulares eran un lujo y hablar era carísimo. Íbamos al cine al estreno de Pulp Fiction y, los más chicos, el Rey León. Muchas cosas eran en 1994 y ya no son. El Diego, ese Diego que es tan nuestro, jugaba su último partido en un mundial, en ese mundial tan triste y tan gris que ganó Brasil, en una final también gris, que ni siquiera mereció un comentario entre Diego, es Diego que es tan mío, y yo.
Después de 30 años hay muchas cosas que ya no son como eran
Ya 30 años pasaron y se llevaron muchísimas cosas, pero hay algunas cosas que no. Podría, por supuesto, caer en el lugar común de decir que no se llevaron los recuerdos, que no se llevaron la amistad, que no se llevaron el amor. Pero hay otras cosas que esos 30 años no se llevaron. Dejaron en mi cabeza esos horribles ruidos de vidrios rompiéndose, esas sirenas desesperantes, como el latido del corazón delator de Poe, los gritos y las voces del miedo, los escalofriantes aullidos del dolor ajeno. Todos esos sonidos quedaron encerrados en mi cabeza durante 30 años.
Tal vez haya sido porque yo escuché todo eso por el teléfono, porque estuve presente sin estarlo, porque un Dios, o un destino, o como cada uno de nosotros lo llame, quiso que yo en ese momento no estuviera en esa calle que recorría a menudo, sino hablando por teléfono con mi amigo Diego, con mi hermano, con ese ser humano lleno de vida, con sus 23 años plenos de juventud, que se esfumaron en un segundo. Ahí estaba yo, sin estar, hablando con mi amigo que, sin saberlo, estaba esperando para darme su último suspiro.
Diego me llamó y hablábamos como todos los días, como cualquier día de nuestras vidas, sin que supiéramos que no lo era. De pronto, y casi sin darme cuenta, la llamada se llenó de un estruendo sordo, y después el horrible vacío del llamado sin respuesta. Marta llamaba a Diego. Yo le gritaba a Diego. Pero Diego no respondía porque ya se había ido. En un segundo. Yo estuve ahí. A la distancia, claro, y con esa horrible culpa de saber que estuve ahí sin que pudiera recibir un solo rasguño. Pero estuve ahí. En una despedida que no nos dio tiempo a que lo fuera, en un horrible vacío de Marta llamando a Diego y Diego sin responder.
Diego me llamó y hablábamos como todos los días
Pasaron 30 años, y ese paso del tiempo que se nota en el pelo, en la piel, en los huesos, no se nota en los afectos ni en los sentimientos. Es cierto que el amor puede ser eterno. Yo aprendí, en estos 30 años, que ese silencio de Diego al llamado de Marta es el horrible silencio de la ausencia. No importa cómo se llamen los Diegos ni cómo se llamen las Martas.
Hay un silencio de ausencia que hace un ruido ensordecedor en nuestras vidas
Pero también hay un recuerdo. Algo que nos une entre nosotros y a ellos y que los mantiene vivos. Mis hijas no conocieron a Diego, pero conocen al “tío Diego”, ese que no está físicamente, pero que necesariamente está en la memoria. No en los actos, que se dan como homenaje. Todos los días es el día de nuestra memoria, y así los atesoramos. Porque sabemos que la memoria los mantiene vivos. La memoria les da vida e identidad.
* Gustavo Montanini es profesor en la Universidad de Buenos Aires y amigo de Diego de Pirro, una de las víctimas del atentado a la AMIA