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AMIA, símbolo de resiliencia y reclamo de justicia

El 18 de julio de 1994, el sangriento ataque terrorista perpetrado contra la AMIA dejó el doloroso saldo de 85 víctimas fatales y más de 300 personas heridas.
Frente del edificio de Pasteur 633 Foto: AMIA
Frente del edificio de Pasteur 633 Foto: AMIA

El atentado no fue un hecho aislado. El 17 de marzo de 1992, la Embajada de Israel en la Argentina ya había sido blanco del terrorismo internacional. Argentina no era un país, por tanto, inadvertido. Sin embargo, fallaron los controles; fallaron las alarmas. Y el horror se repitió, dos años después.

Treinta años han pasado, y resulta inadmisible reiterar que no hay culpables condenados ni encarcelados por el crimen de lesa humanidad que cometieron. El atentado a la AMIA fue un acto de odio y barbarie, que conmocionó a todo el país, y que dejó una profunda herida en la sociedad, una asignatura pendiente de nuestra democracia y una afrenta al Estado de derecho.

Plagada de desidia, irregularidades y encubrimientos, la causa AMIA es una de las más complejas de la historia judicial argentina, y la impunidad que reviste la vuelve cada año más oscura y lacerante. Sin embargo, el paso del tiempo no ha logrado debilitar el ejercicio de la memoria, ni atenuar el reclamo de justicia.

Daniel Pomerantz, director ejecutivo de AMIA.

Gracias a la fortaleza de los familiares de las víctimas fatales que se han mantenido en pie, la labor de las instituciones comunitarias y el apoyo de la sociedad, la denuncia de la impunidad vigente en la causa se ha sostenido y se hace escuchar a viva voz, en cada foro, en cada encuentro. Así, lo haremos nuevamente en el Acto Central que llevaremos adelante, este jueves 18 de julio, a las 9:30 frente a Pasteur 633, el mismo lugar que fue destrozado, 30 años atrás, por el fatal impacto del coche-bomba, que fue preparado para matar.

Año tras año, la AMIA se ha ocupado de visibilizar la falta de justicia, y de poner el foco en la importancia de recordar y rendir homenaje a las 85 personas que fueron asesinadas. A su propósito de proveer asistencia social a la población más vulnerable y de trabajar por promover la equidad y la inclusión, AMIA sumó -a su misión- la búsqueda de justicia y el fomento del ejercicio de la memoria colectiva.

La AMIA se ha ocupado de visibilizar la falta de justicia.

El mismo día que atentaron contra la sede de la institución, la pulsión de vida y de continuar con la labor no se apagó. Quienes estuvimos allí, el 18 de julio de 1994, recordamos los días posteriores al atentado como jornadas de mucha acción y actividad. La comunidad se unió para enfrentar la tragedia y comenzar la reconstrucción. La sede transitoria de la AMIA se convirtió en un símbolo de resiliencia y de lucha por la verdad y la justicia.

Desde el primer momento, AMIA no bajó los brazos. Siguió proveyendo ayuda, acompañando, sosteniendo, tendiendo redes y reclamando. Es verdad que AMIA cobró notoriedad en toda la sociedad debido al atentado del que fue víctima, pero también es verdad que, gracias a los valores que puso en acción, y a la labor social y profesional que desplegó –y lo sigue haciendo en diferentes ámbitos–, se ha convertido en una voz respetada por la sociedad civil.

En estos 30 años, la Argentina ha vivido momentos de extrema complejidad, que han resaltado el papel de la AMIA como una organización social, que brinda respuestas concretas, que establece mesas de trabajo, diálogo y cooperación con otras instituciones argentinas, que trabaja por la inclusión desde un enfoque de derechos. 

Sabemos que es responsabilidad de todos construir una sociedad más justa e inclusiva, sin discriminación ni impunidad. Como institución, realizamos nuestro aporte a diario, a través de nuestros programas sociales y a través de las banderas que levantamos, en defensa de la paz, de la vida, de la memoria de las personas que ya no están, y del compromiso que tenemos con ellas para no olvidar, y para seguir manteniendo vivo el reclamo de justicia.

Daniel Pomerantz.

*  Daniel Pomerantz, director ejecutivo de AMIA.