AMIA: Mi hija soñaba que la querían matar... y la mataron
Se cumplen 30 años del atentado a la AMIA, el atentado más grave que sufrió la Argentina en toda su historia. 85 personas asesinadas y centenares de heridos por un ataque brutal e incalificable. Un hecho planificado e ejecutado por mentes perversas y enfermas. Una de las víctimas fatales fue mi hija, Andrea Judith Guterman, maestra jardinera de 28 años. Andrea nació un día lunes en el barrio de Once y perdió la vida un día lunes en el mismo barrio. Buscaba trabajo y por primera vez decidió anotarse en la bolsa de trabajo de AMIA, un edificio al que nunca había ingresado.
La bomba terrorista le dio el tiempo justo para entrar y al segundo la sepultó entre fauces de escombros. Siempre llevaré la vivencia de aquel día bajo la forma de una eterna pesadilla. Otra pesadilla hacía meses que empañaba la alegría innata de Andrea. Soñaba que la querían matar. No veía sus rostros pero allí estaban. Un sueño recurrente y premonitorio. Un aviso de lo que sucedió el 18 de julio de 1994. Andrea era una joven alegre, una amiga leal y solidaria, una hija cariñosa y preocupada por nosotros.
Siempre llevaré la vivencia de aquel día bajo la forma de una eterna pesadilla
A pesar de ser porteña, soñaba con radicarse en el interior del país, casarse, tener hijos y trabajar en un jardín de infantes propio. Quería vivir en un sitio tranquilo, disfrutar de la naturaleza y de la relación con los vecinos. 18 de julio de 1994, una fecha grabada con sangre en mi corazón. La muerte de mi hija barrió cualquier sentido que diferencia un día de otro. Luché por justicia. Junto a otros familiares participamos en cada paso de la investigación. Al ver que la impunidad desplegaba sus sombras, tomé partido por la memoria. Ella es, a lo largo de tantos años, nuestra forma de justicia. Como docente viajé durante 25 años a escuelas del interior del país y a Montevideo. Llevé conmigo la sagrada misión de hacer conocer los rostros, los nombres, los sueños de 85 víctimas inocentes. Traté de humanizar la frialdad del número 85.
La muerte de mi hija barrió cualquier sentido que diferencia un día de otro
A 30 años del atentado de la AMIA, la inmunidad sigue su camino y la justicia sigue su retroceso. Los años fueron pasando ante mis ojos. Escribí cinco libros que donando a escuelas e instituciones que visitaba. Más allá de la bomba, poesías del corazón al cielo, la gran mentira. En cada primavera renace la alegría de vivir y detrás del vidrio. Varios de mis poemas fueron traducidos a otros idiomas y tres fueron musicalizados. La imagen de Andrea y el profundo amor que nos unía se convirtió en el motor que me impulsa cada día a seguir la lucha. A 30 años del atentado a la AMIA siento indignación porque los culpables morirán como hombres libres, sin castigos por lo que hicieron.
Al ver que la impunidad desplegaba sus sombras, tomé partido por la memoria
Siento dolor por lo que se perdieron de vivir 85 personas y porque nos quitaron la posibilidad de vivir juntos un futuro. Siento agradecimiento hacia todas las escuelas e instituciones que me abrieron sus puertas y me brindaron solidaridad y empatía. Agradezco al periodismo que de forma permanente y respetuosa nos acompañaron siempre. Agradezco a los jóvenes que cada 18 de julio pusieron y ponen lo mejor de sí para recordar a las víctimas. Ellos y nuevas generaciones de familiares seguirán nuestra aposta. Que la memoria no muera nunca. A través de ella y con el apoyo de todos seguiremos rescatando del olvido a 85 víctimas inocentes con sus nombres y sus rostros.
* Sofía K. de Guterman. Madre de Andrea Judith Guterman, víctima del atentado de la AMIA.