HISTORIAS DE MALVINAS

Malvinas: la carta que le cambió la vida al soldado que quería morir en las islas

“Lupin” Cerezuela fue el soldado que, junto a Esteban Tries, le salvó la vida al sargento Villegas en el campo de batalla. Villegas, previamente, había tenido un gesto igual de heroico con su aprendiz

Agustina Castro
Agustina Castro martes, 2 de abril de 2024 · 11:35 hs
Malvinas: la carta que le cambió la vida al soldado que quería morir en las islas
La República Argentina continúa reclamando la soberanía de las Islas Foto: Archivo MDZ

Los últimos días de batalla se acercaban. El frío era más despiadado que nunca, congelando, la nieve, a sus pies, manos y narices. Sentían hambre, miedo y la necesidad de ganar la batalla para dejar de sufrir, para volver a estar rodeados de los que más querían. Pero tenían un objetivo, y no iban a irse sin intentar cumplirlo, poniendo sus cuerpos, sus mentes y corazones en cada movimiento. De los 23.000 soldados que habían viajado desde cada ciudad del país a las Islas Malvinas, a pesar de los lamentables fallecimientos, miles seguían luchando en ese terreno hostil contra el ejército británico en defensa de la soberanía de las islas.  

Manuel Villegas tenía 23 años en 1982, cuando se desempeñaba como sargento de la Compañía A durante la guerra que lo marcaría de por vida. En su casa, su esposa y su hijita, de 3 años, lo esperaban. No quería tener miedo. Tenía fe en su equipo de soldados que, durante la batalla se convirtieron en hermanos y amigos. Pero el armamento británico, sus estrategias y las naves que traían provocaban en él un escalofrío que nunca antes había sentido. Allí fue que volvió a hablarle a dios, pidiéndole a diario que lo dejara dar con el objetivo antes de que decidiera su destino.

Todo se complicó la noche del 13 de junio, exactamente un día antes del cese del fuego, cuando tuvieron que atravesar el valle Moody Brook, debido a que el ejército británico atacaba la base de Puerto Argentino. El sargento, que había tomado la delantera en territorio desconocido y en medio de una lluvia de balas, se encontró muy cerca de la muerte y, por unos minutos, así lo deseó. Quería dejar de sufrir, tras haber recibido el impacto de dos trazantes, uno cerca de la cadera y otro en la muñeca. Sin embargo, dos de sus soldados no se irían sin antes rescatarlo, aunque así pusieran riesgo sus propias vidas.

Esteban Tries, el Sargento Manuel Villegas y Fernando Santurio en Malvinas. Foto: Gentileza Esteban Tries

Esteban Tries y José Luis “Lupin” Cerezuela caminaron unos metros en búsqueda del sargento Villegas, sin escuchar la negativa por parte de su jefe que no quería que arriesgaran sus vidas y que, a su vez, quería acabar con su propio dolor. Los soldados hicieron caso omiso, siguiendo su instinto de hacer todo lo posible para salvar la vida de los suyos. Lo cargaron a lo largo de 8 kilómetros hasta llegar al hospital, mientras la lluvia de balas se imponía en el cielo e impactaba contra otros combatientes.

Sus dos soldados le habían salvado la vida. Desde entonces, el sargento siempre se sintió agradecido por su accionar. Tries y él empezarían una hermandad que perduraría, de forma inquebrantable, a través de los años. No sucedió lo mismo con Cerezuela, puesto que le perdieron el rastro por unos años. Villegas quería encontrarlo para mostrarle su aprecio y hacerle una pregunta que le había quedado pendiente.

Sucede que el sargento le llamaba la atención constantemente a Lupin en aquellos duros días de guerra. Cerezuela no limpiaba su fusil y, en alguna que otra oportunidad, se olvidada dónde lo había dejado. Villegas, al notarlo, lo castigaba, hasta que decidió que se quedara a su lado en toda ocasión, a modo de supervisión. Pero Cerezuela no quería vivir más, le suplicaba a su sargento que le quitara la vida; quería dejar este mundo en el que ya no tenía nada ni nadie por qué luchar.

En una ronda grupal, el soldado Cerezuela se había sincerado con sus colegas, contándoles su dura historia de vida y cuán solo estaba. A sus 9 años se había ido de su casa y, desde entonces, había vivido, por mucho tiempo, en la calle. Estaba harto de los maltratos por parte de su madre y se fue a buscar refugio a lo de una tía, donde no aguantó más de tres días. No había conocido ni tenía ningún tipo de contacto con su padre, por lo que la calle fue su paradero por un mes. Al cabo de ese tiempo, un hombre se interesó en cuidarlo hasta los 16 años, cuando decidió seguir su camino y dejar, nuevamente, el paradero de Lupin en manos de la suerte.

Mirá la entrevista al veterano de Malvinas Manuel Villegas

Ante ese contexto desolador, sin saber a dónde ir ni qué hacer de su vida, Lupin escuchó las publicidades radiales que invitaban a los jóvenes a unirse al Ejército Argentino para pelear en el conflicto bélico. La idea lo cautivó. Ir a la guerra, para él, era una alternativa mejor a seguir sosteniendo “malas juntas”, y tener la posibilidad de terminar en la cárcel o morir en la calle. Así fue que, en abril de 1982, Cerezuela llegó a Malvinas, a luchar junto al sargento Villegas, quien sería su guía y a quien, aquella noche del 13 de junio, salvaría.

“A la tercera noche me pidió que lo matara. Me dijo: ‘Sargento, yo no aguanto más esto. Máteme”, recordó Manuel Villegas en diálogo con MDZ, y, continuó: “Yo le di un abrazo bien fuerte y le dije: ‘Hijo, atorrante. Mirá a lo que llegamos porque vos no querés cumplir con tu obligación de limpiar tu fusil’. Al otro día, llega correspondencia y estaba el cuartelero cuidándola. Cuando me voy con el resto de los soldados, me acuerdo de que Cerezuela no tiene familia”.

Entonces, los soldados aprovechaban la llegada del cuartelero para enviarles cartas a sus seres queridos y recibir las que les mandaban desde el continente. Era un respiro, la oportunidad de sentir que, en casa, alguien los esperaba con los brazos abiertos, lo que los impulsaba para poder seguir luchando. Cerezuela, en cambio, no sentía eso. Él se sentía cada vez más solo al no recibir nada, mientras veía al resto con sus emotivas cartas. Pero su sargento tuvo un gesto que le cambiaría la vida a Cerezuela, que le daría esperanzas y ánimos para seguir en su camino.

Villegas, durante la espera del cuartelero, les dijo a los demás soldados: “Ustedes escucharon la situación de Cerezuela. Quiero que, cuando escriban al continente, le escriban a una hermana, a una prima, una vecina. Sería bueno que fuera una chica que le escriba una carta al ñato este”. Al tiempo, su orden se cumplió y, finalmente, Lupin oyó que el cuartelero repetía su nombre. El soldado, acostumbrado a que nadie lo llamara, pensó que había una equivocación, que buscaban a alguien más. Pero el sargento se encargó de demostrarle que, efectivamente, él era el destinatario. Con sorpresa, y algo de desconfianza, el joven recibe su primera carta.

Los soldados se volvieron a reunir con el sargento Villegas años después del cese del fuego. Foto: Gentileza Esteban Tries

“Cuando recibe, por primera vez, la carta, me di cuenta de que yo no era el único que hablaba con dios, porque él miraba para el cielo y gritaba: ‘¡Es para mí! Dios mío, ¡alguien se acordó de mí! ¡Gracias!’”, evocó Villegas.

Pasaron más de 22 años después de la guerra de Malvinas, hasta que, por fin, después de tanta búsqueda, Esteban Tries pudo contactarse con Lupin. “Yo siempre trataba de encontrarlo para mirarlo a la cara y decirle: ‘No me arrepiento de lo que hice. Yo hice lo que tenía que hacer’”, aseveró el excombatiente. Luego de llamar a todos los centros de veteranos, dieron con el número de Cerezuela y acordaron reencontrarse un día martes. En su casa, se encontraron con que el hombre había formado su propia familia, con esposa e hijos, pero tenía un nuevo pesar: padecía cáncer de pulmón avanzado.

“Él me decía ‘mi sargento’. Y yo, en un momento, le digo: ‘Escuchame una cosa, Cerezuela. Dejá de decirme ‘mi sargento’. Yo ya no soy más tu sargento. Decime Manuel; decime Villegas, como vos te sientas más cómodo, pero no me digás más ‘mi sargento’, porque no lo soy”, narró Manuel en la charla, a lo que recordó que Lupin le respondió: “Usted va a ser mi sargento hasta el último día de mi vida. Y, ¿sabe una cosa? Usted es mi papá”. En ese momento, ninguno de los tres pudo contener las lágrimas. Solo un abrazo podía consolarlos. Villegas, intentando calmarse, declaró: “Petizo, yo no entiendo por qué me estás diciendo esto. Yo quería hablar con vos porque quería saber si habías entendido el castigo que te había dado”.

Finalmente, Cerezuela le aseguró: “Yo al castigo lo entendí. Quizás, usted nunca entendió lo que significó esa carta para mí. Cuando yo le pedí que me matara, me sentía tan solo y tan abandonado que prefería morirme. Pero esa carta me hizo cambiar mis días. Por eso yo no dudé en ir a buscarlo. Y cuando volvimos al continente y yo me sentía bajoneado, me obligaba a pensar en esa carta”.  

Conmovido, Villegas no tuvo más remedio que abrazarlo y procurar seguir en contacto con quien fue su salvador, cuya historia generó un gran impacto en su vida. Desafortunadamente, al poco tiempo, el excombatiente José Luis “Lupin” Cerezuela falleció a causa del cáncer que había padecido por varios años. Su esposa llamó a Tries y a Villegas, esperando que concurrieran al funeral, para despedirlo y honrarlo como uno de los grandes Héroes de Malvinas.

“Yo siempre le cuento su historia a los chicos. Fijate con qué poquito uno puede hacer grandes cosas. Nos faltaba comida, y no conseguí porque no había; teníamos la ropa mojada y no conseguí ropa seca. Pero un pequeño gesto puede ayudar muchísimo a una persona. Por eso insisto que, con los pequeños gestos, que pueden parecer una pavada, pueden cambiarle el estado de ánimo, cambiarle el día a una persona. Ese es el mensaje que tratamos de llevarle a los chicos. Lo único que hacemos es, de esta manera, rendirles un homenaje y un recuerdo permanente a los hermanos que sacrificaron su vida en Malvinas”, concluyó Villegas. 

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