Médico de pueblo, un cuento para cortar la semana
No soy médico de pueblo, nunca lo fui. Por varios motivos, el primero de ellos es porque nací en la ciudad, el segundo es porque nunca tuve la fantasía de vivir lejos de ella.
No tengo ningún prejuicio contra la vida pueblerina o telúrica, como tampoco lo tengo contra la montaña o el mar, fantásticos ambos para los eneros y los medio julios; pero mi vida está en otro lado.
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Tenía mi consultorio en lo que se llamó alternativa y a la vez simultáneamente barrio Norte, Recoleta, Retiro, y cuanto otro conejo saliera de la galera de los sagaces martilleros, productores inmobiliarios, vendedores y otros títulos que se rigen por el mismo código de simultaneidad o caducidad que la denominación de los barrios.
El caso es que algo de mi vida profesional transcurría entre el hospital, oráculo de Hipócrates, y mi ya mencionado consultorio.
Como varios de mis colegas, no tenía mayor inconveniente en pasar de la rutina algo impersonal de la mañana, al trato casi intimista que requería el paciente particular por la tarde. Abstracción hecha de cuestiones económicas que no hacen a la cuestión que nos hoy nos interesa.
Alternaba largos pasillos, eternas escaleras, y consultorios fríos y húmedos, o aterradoramente calientes, según la estación. No estoy seguro de que algún hospital conozca las estaciones intermedias.
Las habitaciones, siempre compartidas, tenían un olor particular, al que con los años el médico se acostumbra. ¿Por qué habrían de tener uno distinto?
La arquitectura hospitalaria es un tema sumamente interesante. Varios de los hospitales fueron construidos en épocas mejores, claro que podría uno viajar lejos en el pasado hasta encontrar algún tiempo que haya sido mejor que el anterior, dicho esto en términos relativos.
Volviendo a los hospitales, se podría decir que muchos de ellos son edificios realmente importantes. De gran valor arquitectónico e incluso, y también por ello mismo, material.
He descubierto dos plagas rabiosamente obsesionadas con estos monumentos de la salud pública. La primera de ellas, el abandono. La segunda, tan hostil como la anterior, las ampliaciones, también conocidas como “puestas en valor” o “remodelaciones”. Entiendo que la semántica de estas cuestiones estará directamente afectada a las partidas presupuestarias asignadas al oprobio.
En fin, también el médico debe acostumbrarse a esto, y de hecho, la mayor parte de ellos lo hacen. Minucias de la profesión.
Volviendo al tema, sabrá Dios por qué la peste del abandono se enamoró del hospital. Es decir, en algún momento la señorita Dejadez contrajo nupcias con el señor Nosocomio. Y vivieron felices, multiplicándose para preservar la especie.
En fin, y como dije, hablo de cuestiones nimias. Vestida de uno u otra forma, la preservación de la vida es la dueña de casa.
Recuerdo siempre a quien fue mi maestro, lo que no implica que necesariamente haya sido yo su discípulo. En rigor de verdad creo que no tuve el carácter, la abnegación para serlo. Pero lo escuchaba, y me importaba, sabía que en él había mucha virtud.
Repetía hasta el cansancio tan apasionada como admonitoriamente que “perderíamos la matrícula el día que nos creyésemos dioses de delantal blanco”. Toda una advertencia sobre la más contagiosa de las epidemias que azotaba a los matasanos.
La pirámide profesional, jefes de servicio, de piso y otros, se completaba con enfermeras, técnicos, mucamas, administrativos y otros que no por dejar nombrarlos, los tenga en menor consideración.
El consultorio era otro mundo. Otro el paisaje, los protagonistas, colores, olores. No había remodelaciones ni ampliaciones.
En una mesa de centro de la sala de espera, había doce catálogos de arte. Naturalmente los clásicos permanecían, los otros eran de exposiciones y muestras a las que eventualmente concurría.
Lo que no hubo nunca, y quizás no como un mandato moral, estético o alguna otra pretensión de esa especie, fue revistas semanales de artistas, de famosos, como les gustaba decir a los cultores de esa particular fauna.
Nuevamente, no había de mi parte, en esto de las revistas, una pretensión de superioridad moral ni de otro tipo, simplemente no tenían nada que pudiera interesarme. ¿Por qué entonces habría de ofrecerlo a mis pacientes?.
En el hospital o en mi consultorio, en uno y otro lado, mi misión era la misma, cuidar la vida.
Nunca fui especialmente emotivo, tampoco mi gestualidad era especialmente expansiva.
No por ello dejaban de importarme mis pacientes. Guardaba un detallado registro de las circunstancias personales que compartían conmigo y que podían ser de interés respecto de su salud. Lo hacía cuando se retiraban, para regocijo de los ansiosos de sala de espera.
Procuré, evitando la frivolidad, estar siempre prolijo, y a mi modesto entender, bien vestido. Asomaban al delantal blanco, rigurosamente almidonado, el cuello de camisa con pie y solapas firmes, que acompañaba con un nudo de corbata levemente dispuesto hacia arriba. Los puños de la camisa, siempre se dejaban ver muy modestamente, más allá de las mangas del delantal blanco. Y aunque tenía una respetable colección de gemelos, no los usaba en el consultorio. No eran cómodos ni correspondían a las prácticas habituales de un médico. Imagínese usted uno de estos chirimbolos anudados en el botón de un pantalón o embarazosos accidentes similares.
Insisto en que no tenía en mi cabeza un prototipo de médico vestido de una u otra forma, sólo me remito a los hechos y a aquello que recién hoy, pasados los años, vuelve a mi cabeza sin saber demasiado por qué.
Una línea especial merece la secretaria. En sus sesenta, los ochenta de estos días, era una mujer correcta, siempre respetuosa. Jamás escuché que Amalia levantara la voz, supongo que tenía el don de absorber los golpes ajenos sin dejarse afectar en lo más mínimo. Como decía, siempre fue una mujer respetuosa, dedicada. No me atrevería a decir amable, aunque nunca disimuló sus preferencias.
Así fue la historia con Amalia, respeto mutuo, profesionalismo y un afecto sincero y distante.
Volviendo a mis costumbres, conservaba dos grupos de amigos. Uno, del colegio, caracterizado en el último tiempo por una progresiva merma en el plantel. La longevidad no es un derecho, sigue siendo un fenómeno.
El otro grupo era un popurrí interesante. Algunos colegas, viejos compañeros del fútbol, otros de paleta, y otros más que resultaban ser amigos de los amigos. En fin, una variopinta mesa de vermouth con una picada mínima. No todos los bolsillos tenían el mismo tamaño.
Mis vacaciones habituales eran en la playa. Mujer, hijos, el fastidio de cargar el auto, y a compartir lo que la rutina del año nos negaba.
Respecto al lugar, nunca fui muy afecto a tomas de posición similares a “este es mi lugar en el mundo”, o “no podría imaginarme pasarlo en otro lado”. Ese tipo de máximas me molestaban tanto como algún intento de mis hijos por subirse al auto “en cuero”.
Siempre tuve la idea que el mar era sanador, otro lugar común esta bendita frase. Tenía la seguridad que era cierto, aunque nunca se me hubiera ocurrido decirlo en voz alta.
Según la época alterné hijos y nietos en la misma rutina. Salía temprano a caminar, luego pasaba por la casa, recogía los pertrechos necesarios, y a la playa.
Es curioso cómo me había impuesto la carga del almuerzo para todos. Pan, fiambre, eventualmente una tortilla, alguna milanesa y fruta. Tenía un orden marcial: cantidades, organización, horarios, nada se escapaba del deber que había adquirido por cuenta propia.
Ya como abuelo cambiaron algunas costumbres. Playa por la mañana, almuerzo en la casa, y regreso a la playa alrededor de las cinco.
Pero lo realmente novedoso era el tiempo que dedicaba a mis nietos. Por cariño, seguro, pero creo que pudo haber también alguna pretensión de redimir lo que quizás no supe dar a mis hijos. En fin, nada que merezca un tratamiento psicológico ni largas charlas que pudieran cerrar alguna herida que ni siquiera sé si existe.
Cierto día fui testigo de un accidente espantoso. El chofer de un camión de reparto de lácteos, envistió a un ciclista en la ruta que costeaba la playa. lanzándolo a casi cinco metros por delante. Luego y sin tiempo para frenar, pasó por encima de sus piernas, que quedaron literalmente destrozadas.
Sobrecogido, espantado, desencajado, corrí hacia él para darle auxilio. No me detendré en detalles respecto a lo que sucedió inmediatamente después.
Las cosas del Señor son insondables. Mucho de eso repetía mi maestro. Yo mismo había sido testigo de situaciones que sólo la Providencia hubiese podido resolver.
Confieso que en este caso pensé que ni siquiera el mismísimo Dios se iba a ocupar de este buen cristiano. No tenía de la cintura hacia abajo un solo hueso entero.
Volviendo a las cosas del Altísimo, resulta que soy traumatólogo especialista en miembros inferiores. Hasta aquí, “muy bien, muchas gracias”.
Desde ya que me ocupé de toda la emergencia, incluso tuve la oportunidad de avanzar con una primera cirugía urgente que pude practicar en el hospital zonal.
Algo de mí se sintió especialmente interpelado por la situación de Sebastián, el heladero en bicicleta. Su situación era muy compleja. Literalmente habría que reconstruir esas piernas.
Yo viajaba periódicamente para ver su evolución. De hecho me hice cargo de cada una de sus operaciones.
Alguna vez, en realidad en varias oportunidades, le sugerí mudarse a la ciudad. Allí todo iba a resultar más sencillo. Quirófanos mejor preparados, aparatología, profesionales, rehabilitación y otros procedimientos, que lamentablemente no existían en aquel hospital zonal.
Lo intentamos. Trajimos a Sebastián a la ciudad y todo el procedimiento se coordinó en tiempo y forma como para asegurar distintas etapas de rehabilitación.
Pero el heladero de la bicicleta no mejoraba, muchas veces se negaba a comer, dormía excesivamente y rechazaba cualquier ejercicio que su terapeuta le indicara. En más de una oportunidad, entre llantos, pidió al kinesiólogo que no lo tocara.
A veces levantaba fiebre, aunque no hubiera ningún valor en los estudios de laboratorio que lo justificasen.
Sebastián era naturalmente callado, parco, sostener una conversación con él no era sencillo. Pero se necesitaba saber qué estaba sucediendo, porque no sólo no mejoraba sino que empeoraba.
Se estaba muriendo, se apagaba como una vela. Pero se estaba muriendo de tristeza, en realidad la muerte no lo buscaba, era él quien la llamaba.
Un día tomé la decisión de llevar a Sebastián al hospital zonal, muy cerca de su pueblo.
Sabía que profesionalmente estábamos retrocediendo en muchos aspectos. Si bien la institución estaba relativamente equipada, los profesionales no alcanzaban a atender la demanda que un zonal requería, la aparatología era insuficiente, y la rehabilitación se iba a prolongar mucho más de lo aconsejable.
Sebastián seguía interpelándome, a su modo, con pocas palabras y menos gestos todavía. Pero por algún motivo no podía dejarlo solo.
Quizás porque fui testigo de aquel fatídico accidente, porque estaba solo en el mundo, o porque mi vocación se había sacudido, salido de cierto letargo.
Desde aquel momento voy dos veces por semana a ver a Sebastián, a seguir su evolución, que va a ser larga. Aprovecho entonces para atender en el hospital zonal.
Quizás había descubierto que si bien había varios males que no hacía, era mayor el bien que dejaba de hacer.
No sé, quizás ahora pueda decir que soy también “médico de pueblo”.
* Mariano D’Onofrio, docente. marianodonofrio@gmail.com