Las preocupaciones argentinas de cada día
Los sucesos cotidianos causantes de estrés, escapan cotidianamente a nuestro control y resultan innumerables, ensordecedores, enceguecedores: nos pasamos más tiempo preocupándonos que intentando analizar situaciones desde diferentes perspectivas y que dan por resultado el alejamiento de la comprensión y objetividad del problema.
Los argentinos tenemos muchísimas preocupaciones que giran mayoritariamente por la temática del dinero (en gran parte) aunque sabemos que éste es sólo una herramienta, un medio para alcanzar un fin. La salud es la preocupación que le sigue relacionada con su pérdida o con la imposibilidad de mantener un seguro de salud adecuado para uno mismo o para toda la familia.
Obviamente deseamos obtener felicidad, seguridad, alegría para nuestras vidas. Variables todas que resultan de estados internos y que increíblemente, el dinero no puede comprar. Entonces: la preocupación es directamente proporcional con la expresión de queja, transformándose en un hábito negativo y molesto, para uno mismo y también para los demás.
Esa preocupación no resulta eficaz para cambiar algo de lo que nos ocurre ni tampoco proporciona lo que podemos necesitar. Así es como lo expresan numerosos estudios de carácter psicológico y social: el dinero no es ni bueno ni malo. Es absolutamente neutro porque lo que hacemos con él le otorga su valor.
La lista de preocupaciones es más larga
- ¿Qué piensan los demás de nosotros?.
- ¿Cuáles son las opiniones, las críticas, los juicios que nos alcanzan?.
- ¿Cómo será nuestro futuro?.
- ¿Por qué tenemos tanto miedo al fracaso?.
- ¿Por qué pensar que un éxito verdaderamente lo es?.
Todo ello parece tener un único patrón. Un único modelo y es que la preocupación no produce cambios positivos, riquezas, bienestar en la salud. No. Nada de eso porque de este modo se construye en nuestro psiquismo un hábito de carácter inútil y estéril. Casi como un reflejo condicionado que remite a nuestros propios mitos familiares o como Freud señalaba, a la novela familiar individual. Claro, Ud. lector puede pensar que conscientemente eso se puede cambiar y listo. E incluso padeceríamos menos estrés. Sin embargo, algo parece ser motivo de esta clase de temperamento. Estas preocupaciones no son reales. Se constituyen desde una ilusión puesto que la creamos nosotros mismos. Y todos lo sabemos, como que existe algo que llamamos Inconsciente.
Estas percepciones negativas, inducen a una reacción de estrés de carácter relativo porque ese acontecimiento que para alguien resulta de carácter traumático, a otro no lo alcance en lo más mínimo. Nuestro libre albedrío determina la reacción frente a los sucesos. Y así también elegimos entre el malestar, los miedos o la confianza y la estabilidad. La serenidad comentaba, el filósofo Heidegger, se encuentra en el resultado por aplicar la percepción de otro modo. A partir de ello se podría disfrutar de las experiencias que uno las lee como amenazas y transformarlas en un reto propicio al bienestar donde la realidad es de carácter relativo y lo verdadero aún más.
Tampoco proponemos una tontería que alcance solo el optimismo generalizado. Es completamente cierto que estamos pasando por un momento de crisis de carácter vital pero la desesperación no nos conduce a nada, solo a querer transitar un camino inundado por las aguas donde no hay punto de referencia alguno. En ese caso, la acción también se determina por la espera. Liberarnos de lo negativo, de esas emociones que nublan nuestros pensamientos e ir descubriendo el equilibrio intentando construir (sí, construir) momentos de felicidad. Si lo conseguimos, nuestra vida será un poco más vivible, agradable y avanzaremos a nuestro tiempo que resulta único. Que no es el tiempo de todos. Esa singularidad que nos compromete y cómo podemos transfigurar la realidad de ese lugar común que a veces diariamente se nos impone.
Estas mejoras constituyen razones de carácter práctico. Cambio de actitudes le dicen. Podemos intentarlo y filtrar en el día a día, esos argumentos que nos envenenan, que sólo conducen a lo peor. Recuerden: podemos elegir. Elijamos un decir menos tonto.
¡Felices Pascuas!
* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.