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El pintoresco pueblo de Chile donde los pescadores artesanales resisten

El Quisco está en el "litoral de los poetas" y allí los pescadores artesanales mantienen su actividad. Cada día, mar adentro, buscan su vida.

Pablo Icardi
Pablo Icardi sábado, 30 de marzo de 2024 · 13:00 hs
El pintoresco pueblo de Chile donde los pescadores artesanales resisten
Guillermo selecciona los pescados y ordena la red, luego de estar varias horas en Pacífico adentro. Foto: Pablo Icardi

La llovizna dulce se mezcla con el rocío salado que levanta el viento. Ya tiraron las redes y en los alrededores hay sólo mar abierto; en cada punto del horizonte no se puede ver otra cosa que olas que bambolean el bote de manera coreográfica. Los pescadores se toman una pausa: prenden un fuego adentro del bote en una llanta vieja convertida en cocina, ponen la sartén para los huevos revueltos y pan con mantequilla para completar un desayuno potente, varias millas Pacífico adentro. La pericia para cocinar en movimiento es envidiable, como todo lo que ocurre en ese bote pescador. Es, para ellos, el mejor momento: una pausa en medio del mar, comida caliente, con pan amasado hecho por las manos de quienes los esperan en la costa. “Es el mejor momento de la mañana”, dice Guillermo Álvarez, que lleva 35 años como pescador.

La pesca, aún en la red.

El Quisco es un pueblo costero de Chile ubicado en el Litoral de los Poetas. Pegado a Isla Negra, el Tabo y otros pequeños sitios que supieron recorrer Pablo Neruda, Nicanor Parra y Vicente Huidobro. Esas huellas están presentes, pero hay que buscarlas. En Isla Negra está la residencia más emblemática de Neruda, frente al mal, por supuesto. En el Litoral de los Poetas los pueblitos tienen su impronta. Familias en la playa, pequeños parques de diversiones y quermeses para entretenerse y la potencia del mar que dibuja la costa. La playa se llena, hasta que es la hora de la once. En el momento en que se apaga la actividad y todos duermen, los pescadores retoman su rutina.

Arrancaron a las 4 de la mañana en una rutina que no tiene pausa. Parten desde la caleta de pescadores de El Quisco, donde los pescadores artesanales aún resisten y mantienen la tradición y el oficio de adentrarse al mar para sacar el día. “Lo que se pesca es nuestro…esté quien esté en el Gobierno hay que trabajar igual, asique no pasa nada”, dice Guillermo. Habla cerrado y cuesta entenderlo, hasta que la musicalidad de la tonada chilena se hace costumbre. Los ojos se le han achinado con el tiempo y tiene el sol y la sal grabados en la piel. El mar es su vida: aunque puede cansarse de estar embarcado, al menos un rato por día se sienta en la costa a mirar. Ni siquiera aquella vez que se cayó mar adentro en medio de una tormenta tuvo miedo. “Lo único que me salió hacer fue nadar, nadar y nadar para entrar en calor. La adrenalina hizo que tuviera fuerzas de no sé dónde…”, recuerda de esa contingencia, mientras arranca las merluzas negras de la red para seleccionarlas.

Guillermo y Rodrigo trabajan en el "Luis Alfredo I".

Las mejores piezas van a un tacho destinado a la venta directa, donde él y su familia comercian con el consumidor. Las otras van a un contenedor para la distribución industrial. Y el descarte, algunos pescados mutilados por el rigor de la actividad, se transforma en comida de las gaviotas y pelícanos que merodean; una cadena alimentaria aggionada. Los botes comienzan a llegar al muelle desde las 8 de la mañana. Cada tripulación se autogestiona, incluido el trabajo en la grúa para subirlo desde el mar.

Rodrigo lleva una vida en el mar.

Hay 71 grupos de pescadores artesanales, todos están bajo la protección de San Pedro, el santo que los custodia desde la costa. Ellos sienten que tienen una gesta contracultural.  Van a contramano de la explotación industrial que hacen los barcos factoría en la misma costa y que pone a esa actividad como una de las bases de la economía chilena. Todos los días Guillermo se embarca en el “Luis Alfredo I”, su bote. Cada embarcación tiene nombre propio. La mayoría está bautizado como los hijos de los propietarios. La pesca artesanal es una cuestión familiar, en todo sentido. “Hace 35 años que lo hago y no hay otra. Me gusta el mar, hay que hacerlo”, repite. Saca el pescado, desenreda la red, las jaivas van a otro tacho y acelera el ritmo porque los clientes llegan al lugar para comprar. Mientras, su hijo busca un lugar y prepara el puesto donde venderán su producto.

El muelle, con la grúa.

Rodrigo también es parte de la familia y tiene una vida mar adentro. Con Guillermo discuten de todo; pero entre risas. Uno se reconoce de derecha, el otro más de izquierda. "Al final, con el gobierno que sea uno tiene que salir igual", resumen. Rodrigo dice que ha pasado cosas rara adentro del mar, pero muchas se las guarda. Tiene experiencia, pues ha estado en toda la costa chilena, de norte a sur. “Raineta en el sur, bacalao y muchas especies distintas. Conozco bastante Chile”, dice. Rodrigo ha navegado harto. Cruzó la zona del archipiélago Juan Fernández y hasta pescó en la isla Alejandro Selkirk, más allá de la Robinson Crusoe, donde el Pacífico es aún más salvaje. Tiene más amaneceres en el mar, que en la tierra. “Es pura agua nomás”, dice sonriendo y quitándole romanticismo a la idea de despertar en el mar cada día de la vida.

Parte de la pesca se ofrece directamente en el lugar.

Adentrarse al mar es solo una parte del trabajo; la más entretenida quizá. Muchas veces es más duro conseguir clientes, que pescado. Luego de sacar todo o ordenar las redes, el mismo equipo se encarga de vocear en el mercado lo que tienen para ofrecer. El precio es mucho mejor que en los comercios tradicionales y algo se puede hablar.  Es una exhibición de productos de mar de todo tipo. Incluso, un grupo de personas se encarga de limpiar los pescados para consumirlos, a cambio de propinas.

En la caleta se puede comprar pescado y hasta lo faenan en el lugar. 

Guillermo ya lleva casi 8 horas de trabajo desde que se levantó. Tendrá una pausa corta porque la rutina familiar sigue. En el continente lo espera la Alejandra, su compañera de vida. En chile también se antepone el artículo antes de los nombres propios. La mujer arrancó temprano también para amasar. Cuando llega hace el reparto y juntos mantienen la panadería. La Alejandra le guarda una parte de la producción; el pan amasado que será comerá en el desayuno dentro del mar en la madrugada siguiente.

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