ver más

La sobredosis de celular nos impide mirar la vida a los ojos

La soledad y el amor eterno tal vez nos estén esperando a la vuelta de distintas esquinas; de nosotros depende definir por cual de esas dos veredas doblaremos.

Por andar observando tanto al celu, quizá nuestra mirada no se cruce ya con otros ojos, perdiendo así la capacidad de descubrir en las demás personas tristezas y alegrías, angustias y esperanzas, pedidos de ayuda y lealtades inquebrantables. El problema de observar tanto a ese aparatito, es que gastamos el tiempo que bien podríamos haber utilizado para mirar a las estrellas, a las nubes, a las aves y hasta al chorro que deja ese avión que pasa a diez mil metros de altura, con su estela fugaz que contamina y embellece los cielos al mismo tiempo. La complicación de mirar tanto para abajo, está en que tal vez nos perdamos de conocer a alguien que pueda llegar a salvarnos en cuerpo y alma, por una noche o para siempre, que no es lo mismo, pero no por eso resulta ser menos grave: podrá nuestro corazón seguir latiendo, pero será quizá ya sin poesía, como bien dijo alguna vez un filósofo disfrazado de músico.

Al parecer, en los orígenes de la humanidad se escribió un libro mágico, que fue enterrado en las profundidades de una caverna, y en el que fueron anotados todos nuestros nombres: los de quienes ya murieron, los de aquellas personas que aún seguimos en el mundo de los vivos, y los de todas las gentes que están por nacer. Pero lo realmente importante de ese escrito es que, utilizando un lazo inquebrantable, une a nuestro nombre con el de otra persona, quien todo indicaría que es ese ser mágico y único, predestinado a ser nuestro complemento, nuestra media naranja o como sea que se le quiera llamar. El libraco fue puesto allí con sus textos eternos, en las profundidades del planeta, esperando a que cumplamos con sus designios de unirnos para siempre con ese otro ser, y ser felices sin términos medios.

Quizá nuestra mirada no se cruce ya con otros ojos, perdiendo así la capacidad de descubrir en las demás personas tristezas y alegrías. Foto: Freepick

De todos modos, ignorando lo que el universo me tenía reservado, iba yo una mañana caminando por la vereda hacia la ofi, tranqui, como si nada. En eso, dobla en la esquina esa persona, la que el libro había atado a mi nombre, y se acerca de frente hacia donde estoy, emanando luces desde el mismísimo interior de su ser, apagando el entorno con su sola presencia, brillando como un loco diamante, invisibilizando a la vida que en ese breve espacio parecía no tener más sentido que el de solo estar para que nos cruzáramos y nos amáramos por siempre, como bien escrito estaba en aquel eterno libro que desde las profundidades nos
guiaba. Los olores de ese ser único e irreemplazable estaban ya a punto de penetrar por mis fosas nasales para impregnarme de un éxtasis que no podría ser explicado ni con imágenes ni con mil palabras, cuando ocurrió lo esperado: leo en el celu la noticia de que bajó la inflación, aunque no encuentro el párrafo en el que se aclara, por supuesto, que en los cementerios no hay oferta ni demanda, y que el índice de precios al consumidor se desvanece entre las tumbas mientras el déficit cero mueve delicadamente las hojas de los árboles de este camposanto en el que transcurrimos los días.

Así fue como, mientras yo leía las noticias de ese problema real del mundo real, esa persona, la que me tenía predestinada aquel libro, que iba a ser quien sonriera conmigo en los momentos de dicha, pero que no por eso iba a dejar de llorar junto a mí cuando las tristezas nos acongojaran, pasó a mi lado como si nada y siguió con su vida, y yo con la mía, si es que así puede llamársele a eso que queda después del desencuentro. Un sismo de grado tres en la escala Richter modificada, sacudió levemente al barrio; aunque un micro que justo pasaba por ahí disimuló al movimiento telúrico. De todos modos, y aunque al parecer nunca nadie recibió
notificaciones al respecto, ese pequeño temblor abrió una grieta en las profundidades del planeta que se tragó al libro mágico, desgajando sus hojas y quemándolas en los fuegos eternos del centro de la Tierra.

El planeta que se tragó al libro mágico, desgajando sus hojas y quemándolas en los fuegos eternos del centro de la Tierra. Foto: Freepick.

Porque al final para qué sirve la magia si no la vamos a andar utilizando: si preferimos descubrir el supuesto truco con el cual al parecer el ilusionista esconde la moneda, bien merecemos seguir caminado por la vida mirando al celular, sin levantar la vista, hasta que los tiempos se acaben, hasta que la pálida muerte nos separe de nosotros mismos.

Pablo R. Gómez.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.

Instagram: @prgmez