Lanata, cuando hizo historia
Hubo un Lanata que hizo Historia. Así, con mayúscula: Historia. Hemos escuchado decir a muchos, con razón, en este duro momento de su adiós, que hizo historia en el periodismo argentino. Que destapó ollas que históricamente nadie tocaba. Que creó programas y diarios históricos por su trascendencia. Qué acuñó frases y expresiones icónicas que quedarán para la historia. Pero hubo también un Lanata que escribió sobre Historia. Es decir, más allá de su trayectoria, escribió libros de historia.
Y lo hizo ayer. Cuando enfrentarse a un sector de la “academia” era impensado. Cuando no tener el óleo consagratorio de una facultad que otorgaba el título profesional te catapultaba a ocupar un estadio inferior: Lanata fue un divulgador, se sentenciaba desde los púlpitos. “Frivololiza los hechos”, “le quita solemnidad a lo sagrado”, “humaniza a los próceres y los baja del pedestal de impolutos”, “incorpora a los indios y negros en los procesos trascendentes”, “se burla de la religión”, “le otorga protagonismo a las mujeres” y para colmo, lo más terrible: “tiene el tupé de titular su obra como “Argentinos”, como si lo que él nos cuenta nos abarcaría a todos”. Eso también se decía de Lanata. Pero como siempre una vez, los cientos de miles de libros que vendió le dieron la razón.
Fue un pionero también en esto de hacer llano el concepto y de extender su transposición didácticamente para que los hechos históricos no solo fueran el tema exclusivo de los eruditos profesionales, sino que estuvieran predispuesto y escritos para la interpretación de todos. Contó en aquel momento con un abrumador éxito editorial. Sus obras Argentinos I y Argentinos II abarcaron un tiempo de la historia argentina desde Pedro de Mendoza hasta la caída de De La Rúa. Sus subtítulos provocadores, tentadores, geniales. Su análisis sobre el menemismo, es imperdible.
Aquel Lanata, historiador, estaba saliendo de “Página 12” e iniciando otros proyectos. Escribió esos libros tras la durísima crisis del 2001. Ya era polémico. Era “divulgador”. Todavía no llegaba el kirchnerismo al poder, Macri era presidente de Boca, no se había establecido aún el concepto de grieta, Alberto Fernández ya coqueteaba con todos y estaba lejísimo de ser el pésimo presidente que fue y Milei, ex arquero por ese entonces, tenía alrededor de treinta años. Era el principio del siglo XXI. Y como ironía cruel del destino, a aquel escritor masivo lo amaban los que se decían que eran progresistas. Los mismo que luego él desenmascarará y lo trataron de traidor.
Entre otras cosas (recuerdo haber ocupado sus textos como disparadores pedagógicos para iniciar algún tema puntual. Tengo ciento de testigos que lo confirmarán) escribió cosas como las siguientes:
“Terminar un libro es un esfuerzo inútil. Un libro no termina nunca. Los hombres necesitamos fechas ciertas, cuadros sinópticos, datos concretos: de otro modo nos ahogaríamos en la angustia por el infinito. Somos argentinos: reyes de la improvisación, ególatras, ingenuos, trágicos como nórdicos, apasionados, inseguros. Perón no pudo haber sido sino argentino, pero también Borges lo fue, argentina, dos ambos en su contradicción, exiliados adentro y afuera, con odios antiguos sobre los hombros y la fatalidad del destino guiando sus pasos. Argentinos como el Che, y como Gardel, y como los soldados correntinos de las Fucklands. Los hechos que se relatan en este libro corresponden al siglo XX, y la aparición sombría de la sangre cruzando la bandera en la tapa de esta edición sintetiza la herida de aquellos años, que se mantiene abierta. Hemos caído, inevitablemente, en la trampa del espectador contemporáneo: gran parte de la tristeza y de la indignación y de la felicidad que este libro exhibe no ha sido sino tristeza, felicidad o indignación propia del autor, circunstancial protagonista o testigo de los hechos que relata. Argentina dolió, y duele, pero también suena, y es sonada ahora mismo, en esta y en otras casas, alrededor, arriba, abajo, a los costados de esta máquina de escribir. Argentina se reescribe sola, en cada uno de los que no quieren darse por vencidos” (Prologo de Argentinos II – Ediciones B – 2003).
Siempre recomiendo releer los libros del “zurdo Lanata”, como le decían quienes ahora lo lloran. Él ya nos veía contradictorios. Quienes lo amaban, hoy lo odian (afortunada minoría) y los que lo observaban con cierto recelo, hoy mayoritariamente los admiran y extrañarán. Es el destino de los grandes. Será por eso que Lanata invitaba a leer Historia.